El escándalo del capitán de fragata de la Armada Española destinado en el MARCOM de Northwood ha abierto la caja de truenos sobre las nuevas estrategias de inteligencia desarrolladas por Moscú. El oficial, que tenía acceso de alta seguridad y trabajaba en cuestiones relacionadas con las operaciones navales rusas y su ‘flota fantasma’, cayó con el tipo de espionaje más usual y viejo de todos: la relación amorosa. Así fue cómo Janina White, ciudadana británica y polaca nacida en la antigua URSS, conoció y embaucó al capitán español a través de la aplicación de citas Tinder.
Sin embargo, el oscuro mundo del espionaje ya no es un desfile de vidas paralelas como las que el escritor John Le Carré describió en sus novelas. La vieja generación de espías rusos con pasaporte diplomático es cosa del pasado, debido a la expulsión masiva que la Unión Europea llevó a cabo tras la invasión de Ucrania. No obstante, fue un tiro por la culata puesto que no redujo su capacidad operativa, sino que obligó a la inteligencia rusa a adaptarse y descentralizarse con una nueva hornada de agentes desechables y no profesionales que, actualmente, cuentan con “grandes inversiones para influir y manipular la opinión pública”, según la Oficina Federal de Protección de la Constitución alemana.
Este nuevo tipo de agentes permite llevar a cabo acciones manteniendo una distancia operativa que luego sirva para negar cualquier implicación. Por eso, Moscú está usando “delincuentes, desempleados, jóvenes influenciables, inmigrantes o personas radicalizadas”, según el MI5. Un hecho que también ha sido documentado por la inteligencia checa, cuyos informes describen el entramado de “colaboradores locales, periodistas y personas vinculadas a las relaciones públicas” afines al Kremlin, como el caso de Natallia Sudliankova, acusada de trabajar con la inteligencia militar rusa, el GRU, el cual es extrapolable al resto del continente, como demostró otro escándalo relacionado con un presunto periodista ruso-español: el espía Pavel Rubtsov, alias Pablo González.
Proxis y criptomoneda
En julio, un informe de la UE hizo hincapié en “la colaboración entre los servicios estatales rusos y los ciberdelincuentes, grupos de hackers y empresas privadas”. Algo también confirmado por el MI5: “Rusia está recurriendo a proxis reclutados online y dirigidos mediante aplicaciones cifradas”. Es decir, Moscú ya no necesita a rusos para ejecutar operaciones en territorio europeo. Ahora le basta con contratar a alguien a través de “las redes sociales, plataformas de búsqueda de empleo, foros, anuncios y contactos relacionados con voluntariado”, según el MI5, cuyos servicios son subvencionados y compensados a través de las criptomonedas, las cuales dan “una gran ventaja” porque “el ejecutor conoce al intermediario, pero no necesariamente al verdadero responsable”.
El Servicio Europeo de Acción Exterior indica que la nueva red de espionaje de Moscú tiene cinco puntos estratégicos básicos: el primero es “la obtención de inteligencia, especialmente sobre armamento, defensa aérea, movimientos militares, logística, política de defensa y capacidades industriales”. El segundo es “el sabotaje de infraestructuras de transporte, almacenes, fábricas, capacidades energéticas y de comunicaciones”, que lleva al tercer punto: “la intimidación para evidenciar que Rusia puede llegar a cualquier lugar”.
El cuarto objetivo se basa en “la creación de divisiones internas, especialmente alrededor de la guerra de Ucrania, las oleadas migratorias, el precio de la energía o la propia OTAN”. Y, este, a su vez, sirve para completar el quinto y último punto: “generar incertidumbre con campañas de guerra híbrida contra Occidente”, como las que, de un tiempo a esta parte, viene sufriendo Polonia. Solo entre noviembre de 2024 y agosto de 2025, la agencia de seguridad polaca documentó “47 acciones”. Y, el pasado julio, el Gobierno polaco presentó cargos contra un ciudadano ucraniano acusado de realizar “acciones de sabotaje y preparar una operación con drones”.
Mientras, el espionaje en Alemania ha vuelto a niveles dignos de la Guerra Fría. Como el caso de Ilona W., la ciudadana germano-ucraniana que, el pasado 6 de septiembre, fue acusada por la Fiscalía Federal de “colaborar con los servicios rusos para conseguir información sobre política de defensa alemana, identificar personas de interés, facilitar el acceso a determinados acontecimientos e intentar establecer contactos con funcionarios del Ministerio de Defensa”. Sin embargo, en Bruselas las alarmas no saltaron hasta que, el 4 de agosto, un dron equipado con carga explosiva atacó el aeropuerto Leipzig, el cual contiene uno de los grandes centros logísticos de la OTAN.
Europa teme que las nuevas tácticas del espionaje ruso sirvan para escalar y extender la guerra ucraniana hacia su territorio. El jefe de la inteligencia checa, Michal Koudelka, aseguró el sábado que la UE se enfrenta a “ataques con drones, provocaciones y campañas de influencia”, los cuales ya están sucediendo, así como a “operaciones de falsa bandera que lleven a una incursión limitada”. Ese es el verdadero temor: una guerra abierta y convencional entre Bruselas y Moscú. Sin embargo, los responsables de inteligencia de Letonia y Estonia (los dos países que, junto a Lituania, están en mayor peligro) fueron mucho más prudentes que gran parte de los medios europeos y aseguraron que “no existen indicios de un ataque inminente”.
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