El Estadio Tamaulipas, una cancha de fútbol partida entre dos ciudades

Hay equipos de fútbol que no necesitan levantar títulos para ser recordados. Y hay estadios que quedan marcados en la memoria de los hinchas no por la modernidad de sus instalaciones, sino por el fenómeno invisible que los románticos llaman mística. En la década de los ochenta en México el Club América lo conquistó todo. Pero en el noreste del país se gestó también una escuadra de culto: el Tampico-Madero. Su guarida se convirtió en una fortaleza impenetrable blindada por el vaho del mar y el sofocante calor costeño, con temperaturas que en verano superan los 35 grados. La cancha, propiedad del sindicato de Pemex, también presume la singularidad de ubicarse en dos ciudades a la vez: Tampico y Ciudad Madero. Es el Estadio Tamaulipas.

La partición del campo —el centro de la cancha marca la división territorial de los municipios— no es un mero dato curioso. Representa la vida de toda una región, de poco más de un millón de habitantes. Las dos ciudades viven en constante interacción. Prácticamente como si fuesen una misma. Es quizás por esa forma tan perfectamente mezclada que un fenómeno como el de la Jaiba Brava, como se conoce al club, pudo eclosionar tan bien. Pero no siempre fue así.

El Estadio Tamaulipas está enclavado en el corazón de la Unidad Nacional, un barrio obrero en el que habitan las familias de los trabajadores de la petrolera estatal. Su construcción fue una declaración de intenciones en una zona que ha vivido dos momentos de esplendor económico: el primero durante la dictadura de Porfirio Díaz (la familia política del militar oaxaqueño era de ahí) y el segundo, más extendido en el tiempo, a partir del ‘boom’ petrolero.

De acuerdo con la cronista maderense Carolina Infante, el plan original era erigir el campo del lado de Tampico, pero sus dimensiones no lo permitieron. Fue por eso que se determinó que la cancha también habitara en esa bipolaridad geográfica. “Se puede decir que es casualidad. Pero al final del día, se toma la decisión sabiendo que en pocos sitios como en esta zona algo así podría tener sentido”, cuenta por teléfono. El Tamaulipas fue inaugurado en abril de 1966. Sus gradas se encuentran inteligentemente cerca del terreno de juego, custodiado por una estructura ovalada con poco menos de 20.000 asientos y una hilera de palcos.

El inmueble fue, durante poco menos de dos décadas, casa del Club Deportivo Tampico —campeón en la temporada 1952-1953— y del Club de Fútbol Ciudad Madero. El traumático descenso de ambos dio pie a la creación del Tampico-Madero en 1983. Todo cambió. El histórico entrenador chileno Carlos Reinoso, recientemente bicampeón con América, tomó las riendas. Con el sudamericano en el banquillo, la escuadra se volvió prácticamente invencible en el Coloso de la Unidad Nacional.

Para el final de la década, la Jaiba Brava se posicionó como el tercer equipo con más puntos en casa, solo por detrás del América y los Pumas de la UNAM. Promedió 54 goles por temporada en ese periodo de siete años y, en 1988, batió el récord de anotaciones en un mismo torneo: 88 tantos. También logró acariciar el título en 1985 y 1986. Para Marco El Chima Ruiz, jugador convertido en ídolo y ahora entrenador de la escuadra que vive una innecesaria penitencia en la Segunda División, el secreto estaba en la combinación de una plantilla aguerrida y el bochornoso clima de la zona.

“Sí creo que fue la plaza más complicada de su época. Se jugaban los domingos a las tres de la tarde… ¿Tú sabes lo que es jugar en Tampico a las tres de la tarde con casi 40 grados de temperatura y 80% de humedad?”, plantea Ruiz a EL PAÍS. Ahora como entrenador dirige su tercera final consecutiva con los celestes, que ya se alzaron con el campeonato en 2025.

Un estadio sauna

Las triquiñuelas de la época de los ochenta conviven entre leyendas urbanas y hechos bien documentados. Por ejemplo, que los trabajadores del club regaban el césped a minutos de iniciarse los partidos para que el sol sofocante convirtiera el campo en una sauna letal. “Eso sí es cierto”, confiesan Ruiz e Infante. Hay otras que son más difíciles de comprobar. Como que, bajo instrucciones de Reinoso, supuestamente se apagaba la ventilación en el vestidor de los visitantes, ahogados en sudor.

También están las anécdotas que describen los excesos de la dirigencia del sindicato petrolero, en ese entonces encabezado por Joaquín Hernández Galicia, La Quina. Aún queda en la memoria cómo el secretario general de la organización, Salvador Chava Barragán, lanzaba billetes desde su palco cuando el equipo marcaba un gol. “Era otra época… El sindicato tenía muchísimo poder político y económico. Regía los caminos de la economía de Ciudad Madero. Si una escuela necesitaba pintura impermeabilizante [para evitar corroerse por el salitre] se buscaba directamente al sindicato”, rememora Infante.

La caída de La Quina en 1989, detenido en un golpe de efecto al inicio del sexenio de Carlos Salinas de Gortari (1988-1994), también detonó una larga travesía en el desierto del equipo, entre cambios de dueño, descensos y mudanzas. Ruiz es la punta de lanza de un proyecto que se encuentra a un partido (la ida contra Tepatitlán quedó 0-0) de que la Jaiba Brava logre su tercer título de Segunda División desde que, en una decisión tomada en 2020, la Federación Mexicana de Fútbol desapareciera el ascenso. El Tamaulipas sigue acumulando historias seis décadas más tarde.

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