A México empezó a llegar en finísimos pliegos de papel ligero, como piel de cebolla sin más peso que las palabras que lo entintaban como Morse de hormigas en prosa periódica. Se aliviaba la imaginación adolescente con la sensación de que EL PAÍS entero cabía enrollado en la palma de una sola mano, mientras que la mayoría de la prensa azteca solía doblar cinco o seis secciones, la mayoría de sus espacios para pura publicidad y un peso total que sólo se justificaba por su utilidad para envolver vasos en mudanza o para entrenar cachorritos caninos. EL PAÍS aleteaba entre una selecta cofradía de lectores incondicionales que lo atenazábamos como iluso pasaje para volar en Iberia, nostalgia de exilios pasados o la ensoñación colorida que de vez en cuando se abría en EL PAÍS Semanal para ejemplo de entrevistas, moda, famoseo y mueblería. No pocos memorizaban nombres, teléfonos y ensueños cuadriculados en la ahora prohibida sección donde se anunciaba el inexplicable griego total o un pichichi impostado. Otros muchos buscaban qué de México resonaba en la Villa y Corte y cuál de todas las Españas ganaba la Copa del Rey.
Atesoro algunas portadas históricas y casi todas las crónicas de la magna pluma de Joaquín Vidal, uno de los escritores más chipén del diario que merecería un homenaje si no fuera porque el mundo se volvió antitaurino y así quiero empezar a celebrar medio siglo de una casa que me ha dado cobijo como lector desde el principio del placer. Hablo de reportajes alucinantes y editoriales de pensamiento puro y andante, de una reseña de golf de cuyo autor no recuerdo su nombre, pero que por unos minutos me hizo comprender que ese juego es contra uno mismo (y por ende, quien lo practica con trampa es no más que imbécil). En sus páginas este periódico enseñaba entresijos y vericuetos, rondas y revolcones de la política española mucho antes de que no pocos miembros de mi generación soñásemos con doctorarnos en la península y cuando aquello se cumplió ni soñar que el diario de papeles finísimos terminaría por consolidarse al paso de las décadas como un periódico mexicano, un portal de reflexión e información continental con tanto peso que ya ni se imprime en papel de este lado del Atlántico.
Publiqué mi primer columna hace 30 años para aplaudir sin conocer personalmente a Antonio Muñoz Molina con motivo de su ingreso como el miembro más joven de la Irreal Academia de la Lengua y al paso de las décadas nos hicimos amigos, aunque le debo tanto y al paso de esas mismas décadas he firmado tres columnas que me llenan de vida: “Café de Madrid” que se extendió como programa de televisión en México, “Estar sin Estar” que navega semanalmente con mis propios dibujos y estas “Cartas de Cuévano” que volví ocasionales y esporádicas para no alimentar más la clara envidia de quienes quizá no tengan el inmenso orgullo y gratitud que le debo a esta nao que conocí desde las épocas en que aún giraban sus rotativas en casa, la época en que la redacción era de niebla de humo y apenas sonaban los primeros móviles. Entre 2015 y 2020 asistí a diario al diario, compartiendo cubículo con un arcángel que echó a volar la modernísima edición digital y lidiando Madrid con la guía de un arqueólogo de joyas escondidas que insertaba mi café semanal con una minuciosa precisión de relojería. Había lectores que elogiaban el dibujo sin leer mis párrafos y otros que debatían con mi entrega sabatina sin fijarse en la imagen que intentaba aligerarla.
Quiero abrazar con estas letras a todos y cada uno de los protagonistas anónimos de EL PAÍS: a los de mono azul y escritorio secretarial, a los que han cargado bultos de ejemplares amarrados como pacas en madrugadas de frío y a todo el equipo de limpieza desde la era de los ceniceros atiborrados a la onda de la separación de basuras orgánicas. Agradezco a los compañeros de cafetería y camareros de comidas al vuelo. Quiero abrazar a quienes llevan la nómina de las piezas publicadas, las cuentas por cobrar y los dineros que sostienen con vida a las plumas, todas las plumas que informan y conforman un pueblo como EL PAÍS. Un lugar de la mancha tipográfica donde se honra la Verdad con mayúscula, preguntas en ristre, indagación de detectives, no pocas virtudes del oficio de historiar con prisa o contar como crónica lo que parece invisible en torno al arte del hecho.
Agradezco la libertad de expresión en una casa que ha sido trinchera en el lobby de un hotel de lujo para volvernos testigos de una infamia militarista y trasnochada que atentó contra la democracia y agradezco el respeto al derecho ajeno cuando el diario rompió con un protocolo impostado y permitió un homenaje para el mejor boxeador de todos los tiempos cuando ha tiempo que el diario había dejado de informar sobre ese deporte que algunos aún llaman la dulce ciencia. Agradezco cuando el periódico quedaba olvidado en las barras de los bares de Madrid o de algunos de los caminos de España con el Autodefinido intacto y los recortes del sabio del ajedrez que a veces servían para saciar una partida inolvidable en la banca de un parque. Me conmueve recorrer los arrugados pliegos que se van descolorando en talleres mecánicos de Vallecas o Iztapalapa, la fotografía de un gol de cabeza que mereció portada para eternizarse en una vieja panadería de Mixcoac o en un local que vende frutos secos en Chamberí.
Por estas páginas hemos leído a las mejores poetas y delicados cuentistas, novelistas de tirón y cronistas entregados a la narración tatuada del entorno. Por su Babelia nos hemos guiado en el ancho mar de las mil y una ediciones y en otras secciones nos han despertado el antojo con recetas que si no se recortan se memorizan con sartén… y sí, he de insistir que todo lo que tiene de cultura la tauromaquia se debe también a la sabia información sin prejuicios de estas páginas como ventana.
Está la dama que lo lee en su tablet para no perder ni un segundo de sus prisas y sigue vigente el canoso abuelo que lo lleva bajo el brazo en un trayecto corto del Metro nomás pa’que se sepa de qué lado masca la iguana; están los jóvenes que comparten como golosina las notas raras de lo inverosímil a contrapelo de lo inverificable que inunda este mundo de mentiras y están los ejecutivos que lo devoran en aviones o trenes donde todo se puede transfigurar y están los millones de fantasmas que leyeron diversas vidas de España y luego Hispanoamérica en un polifacético y sorprendente recorrido impreso o plasmado en pantallas de diverso tamaño como para nunca olvidar que 50 años son nada y que mañana habrá otro titular ondeando a ocho columnas para alivio de una incertidumbre.

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