Ciudad de México se hunde, pero los datos publicados recientemente por la NASA no apuntan a un cambio drástico, de acuerdo con científicos mexicanos. Las imágenes captadas por NISAR —un nuevo satélite de apertura sintética desarrollado por la NASA y la Agencia India de Investigación Espacial (ISRO)— corresponden a pruebas para validar la precisión del instrumento, y han confirmado información que ya ha sido ampliamente documentada por investigadores en el país.
La capital mexicana es una de las ciudades con mayor velocidad de hundimiento en el mundo. Construida sobre un acuífero y antiguos lagos, la extracción de agua subterránea y el peso de la urbe han compactado el suelo por más de un siglo. En las zonas con mayor afectación, el suelo se hunde a ritmos superiores a 40 centímetros por año. Como referencia, estudios han documentado que Los Ángeles registra hundimientos de hasta 20 centímetros anuales, mientras que Teherán alcanza cerca de 30 centímetros por año.
Sin embargo, más que una aceleración reciente en México, los especialistas señalan que se trata de un comportamiento sostenido. “En investigaciones con varias misiones satelitales, con GPS, con bancos de nivel, y métodos topográficos más convencionales se ve una tendencia lineal, no se está acelerando. La expectativa es que la ciudad continúe moviéndose a las mismas tasas registradas en los últimos 100 años”, explicó a EL PAÍS el doctor Darío Solano Rojas, científico de la Facultad de Ingeniería de la UNAM. “Los Ángeles se hunde, el Valle de San Joaquín se hunde, el valle de Santa Clara se hunde, no es un problema exclusivo de Ciudad de México, sí es más dramático acá, pero es un fenómeno relativamente lento”, agregó.
Actualmente, el monitoreo del hundimiento en la Zona Metropolitana del Valle de México se realiza con los satélites Sentinel-1 de la Agencia Espacial Europea, una misión con más de una década en operación. La llegada de NISAR aporta una geometría de adquisición complementaria, lo que permitirá combinar datos de ambos sistemas y mejorar la precisión de las mediciones, un avance que la comunidad científica en México considera prometedor. “Hay muchas partes interesadas en poder mitigar este proceso y va a tomar tiempo. Lo importante es que este tipo de trabajos ayudan a que haya una mayor concientización tanto de la sociedad en general como del Gobierno para atender esta situación. Esta es nuestra tarea a futuro, aunque en realidad no podemos revertirla por las características físicas del acuífero y del acuitardo bajo Ciudad de México”, dijo a este diario el doctor Enrique Cabral, investigador del Instituto de Geofísica de la UNAM.
Cabral forma parte de un equipo de investigadores que participan en un proyecto de la Secretaría de Educación, Ciencia, Tecnología e Innovación (Sectei), que incluye una red de estaciones GPS para estudiar el hundimiento, como parte de los esfuerzos que se desarrollan en el país para entenderlo mejor y tratar de mitigarlo.
El impacto humano en el hundimiento de la ciudad
Más allá de las cifras, este fenómeno tiene repercusiones en la infraestructura y los servicios urbanos de la ciudad, desde el transporte hasta el suministro de agua. “El hundimiento muy rápido puede generar fallas, fracturas y oquedades en el subsuelo, lo cual hace que mucha de la infraestructura crítica urbana de la ciudad se vea afectada, como puede ser el metro, los sistemas de drenaje, el transporte, las vialidades, incluso las casas habitación en varias zonas de Ciudad de México se ven afectadas por este proceso de manera indirecta. A largo plazo, la subsidencia (el progresivo hundimiento de una superficie) también tiene implicaciones en el abasto de agua potable para Ciudad de México”, advirtió Cabral.
En la capital, la principal fuente de agua no es el Sistema Cutzamala, como suele creerse, sino el subsuelo. Especialistas señalan que cerca del 70% del agua para consumo humano proviene de acuíferos, cuya sobreexplotación —junto con las condiciones geológicas de la ciudad— está directamente relacionada con el hundimiento del terreno.
A diferencia de otros fenómenos como los sismos, el hundimiento del suelo avanza de forma gradual, con efectos que se acumulan y pueden pasar desapercibidos. “Un sismo ocurre y después de unos cuantos minutos ya colapsaron los edificios. El hundimiento del terreno permite un poco más de adaptabilidad de parte de la sociedad. Es un problema tan común, tan del día a día que ya nos acostumbramos a ver ese tipo de noticias: todas las reubicaciones del metro, los baches en las calles, la aparición de socavones, todo eso está de algún modo relacionado al subsuelo y el hundimiento. No va a producir efectos tan catastróficos como un sismo, pero sí va a tener consecuencias que se van acumulando a lo largo del tiempo. Como es un fenómeno relativamente lento, es muy difícil de cuantificar económicamente las consecuencias”, mencionó Rojas.
Para el experto que ha dedicado la última década a estudiar el hundimiento de la capital, la problemática no se resuelve, sino que se atiende de manera constante a través de intervenciones, reparaciones, correcciones en edificios y estructuras para evitar riesgos graves a mediano plazo.
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