“Traigo un desasosiego enorme”. Fueron las últimas palabras que escribió Rossana Reguillo en nuestro chat. Era 24 de febrero de 2026 y dos días antes había caído El Mencho en Tapalpa, Jalisco, a unos kilómetros de Chapala, la localidad donde Rossana vivió en los últimos años. Como era habitual, nuestro canal de comunicación se activaba cada que la barbarie se asomaba en algún rincón del país.
Ese mismo día, Rossana publicó un texto titulado La canción y la fosa en el medio al que yo la había invitado a escribir más de un año antes. Ahí, nos contó lo que vino a su mente cuando, al mediodía del domingo 22 de febrero, un amigo periodista le escribió para confirmarle la muerte de Nemesio Oseguera: “Pensé en la violencia que suele acompañar las transiciones criminales, en la disputa por el mando, en los territorios que no admiten vacío. Y pensé sobre todo en los jóvenes que aprendieron primero qué eran ‘las cuatro letras’ antes que Ayotzinapa”.
Rossana era una narradora y analista del horror. Son muchas sus contribuciones para tratar de entender cómo, en qué momento y por qué este país se fue al carajo, así como las repercusiones de tanta violencia, tanta impunidad, tanta indolencia oficial y tanta normalización de los hechos terribles que pasan a cada rato en México.
Un año antes de nuestra última conversación, el 13 de marzo de 2026, Rossana me escribió un mensaje que decía: “Querido, estoy devastada con esto de Teuchitlán. Me tomó tres días articular lo que pienso que es relevante del caso”. Era ella, la profesora emérita del ITESO, pidiendo espacio para publicar una reflexión urgente sobre otro horror: el hallazgo del Rancho Izaguirre, con evidencia suficiente para imaginar lo que el Cartel Jalisco Nueva Generación (CJNG) hacía con jóvenes desaparecidos, desprendidos de sus familias y reclutados a la fuerza, en sus campos de adiestramiento y exterminio. “No estamos ante anomalías o excesos, sino ante un sistema perfectamente articulado donde la producción de cadáveres es parte del orden económico y político del crimen organizado en México”, escribió Rossana, con coraje y esas lágrimas que corrían por sus mejillas morenas cada vez que el horror mexicano llenaba su corazón de dolor e impotencia.
Fueron demasiadas veces en las que Rossana lloró por una desagracia nacional o local. Es paradójico que el estado que engendró a la organización de “las cuatro letras”, el cartel que ha expandido el terror y la violencia en todo el país, sea el mismo que nos dio a Rossana, una de las mentes más lúcidas para tratar de entender el fenómeno y una de las voces más solidarias con las madres buscadoras que, como ella escribió varias veces, palpan la tierra con sus varillas videntes, en busca de un resto o un rastro sobre el paradero de sus hijos.
A ellas, Rossana les dedicó el libro Necromáquina, cuando morir no es suficiente (NED ediciones, 2021), que es quizás su obra más acabada en torno a la violencia, sus lenguajes, sus gramáticas y sus caligrafías. En esa colección de ensayos y crónicas, Rossana proponía romper el circuito de normalización de la muerte, lo que consideraba fundamental para hacer que la vida importe. En ese libro, todavía se permitió uno de sus últimos guiños de optimismo, al describir lo que ella llamaba “contramáquinas”, refiriéndose a la resistencia civil frente a la violencia de parte de grupos de autodefensa, policías comunitarias y colectivos de madres buscadoras. “Al incorporar saberes, formas, procedimientos y lenguajes, las buscadoras interrumpen los flujos de la necromáquina”.
Doctora en Ciencias Sociales, académica, activista, bloguera y tuitera, a Rossana también le obsesionaba la juventud. En 2003 publicó Ciudadano N, crónicas de la diversidad, donde narra y analiza la Guadalajara de finales del siglo XX, desde el periodismo y a partir de una pregunta elemental: “¿Quién soy?, ¿quién es el otro?”. En el prólogo de este libro, Carlos Monsiváis describe a la perfección todo lo que era Rossana: “Reguillo habla, observa, acepta hablar y ser observada, y del diálogo y la mezcla de experiencias desprende lo que más le importa: los acercamientos únicos a la pluralidad real, la exhibición de una sociedad a la que vuelve compleja la vida de sus habitantes y a la que quieren simplificar y banalizar los hechos políticos”.
Así era Rossana, así eran todos sus libros, sus ensayos, sus iniciativas; una fobia a la simplificación de los discursos oficiales y una búsqueda permanente de la verdad en lo complejo. En 2012, fue una de las primeras en entender que el “viernes negro” de Enrique Peña Nieto en la Ibero y el surgimiento del #YoSoy132 no era una moda pasajera, sino el movimiento de una generación emergente, cansada del discurso priista, indignada por muchos engaños y que ahora tenía a la mano herramientas tecnológicas y plataformas horizontales para expresarse, organizarse e irrumpir en la agenda pública. En 2017, profundizó el análisis sobre las insurrecciones 2.0 en Paisajes insurrectos, jóvenes, redes y revueltas en el otoño civilizatorio.
Durante casi una década, Rossana encabezó el proyecto Signa Lab, que analizaba las conversaciones digitales y las irrupciones de los políticos para tratar de manipular la agenda pública desde las redes sociales. Sus hallazgos fueron importantes, e incomodaron al poder, a grado tal que, en 2024, Morena logró que el Instituto Nacional Electoral la vetara en el procedimiento técnico de selección de las preguntas ciudadanas que se le harían a las candidatas en los debates presidenciales. Con elegancia y la sencillez que siempre le caracterizaron, Rossana se retiró del proyecto, pero con la firmeza de siempre, sostuvo que ese veto a una institución académica era inaceptable.
En uno de sus libros, Rossana dice: “Estos son apuntes de una época en la que nadie se ha rendido”. Y esa es otra de sus características: no sucumbir, a pesar de todo. No desfallecer ante lo que ella misma consideraba una misión: “Darle nombre y palabras al horror”. Rossana falleció la noche del viernes de una enfermedad que la aquejaba desde hace años. Dejó un vacío muy difícil de llenar. Descanse en paz.

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