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Las monjas entraban en las aulas y, si no había voluntarias, escogían ellas a la alumna y la llevaban al “confesionario”. En realidad, no era más que un cuarto diminuto con dos sillas, una enfrente de la otra. Ese lugar pensado para expiar las culpas fue durante dos años el infierno de Nadja Fernández. Tenía ocho años y el cura era alto, rubio y con acento argentino. Durante las primeras dos confesiones, las preguntas parecían inofensivas: qué veía en la televisión, cuál era su mayor miedo o dónde estaban sus afectos. A la tercera, el cura consumó la violación. Y al acabar, mientras se acomodaba la sotana, le dijo: “Si dices algo, tu papá se muere”.
El colegio era el Ignacio L. Vallarta, perteneciente a la Congregación de las Hijas del Espíritu Santo, situado en Lomas de Chapultepec, una de las zonas más exclusivas de Ciudad de México. “Era un colegio de niñas, en una zona donde se respiraba exclusividad y poder, y las que no cumplíamos con esos estándares éramos humilladas por compañeras, maestras y monjas”, le contó Fernández a mi compañero Alejandro Mendoza. Los abusos sucedieron entre 1997 y 1998. Cuando cumplió 10 años, al verla entrar en el confesionario de los horrores, el cura le anunció que esa sería la última vez porque “ya estaba ‘muy grande’ para él”.
El caso de Rodríguez es uno de los 21 testimonios que EL PAÍS ha entregado en el Vaticano. La investigación emprendida en los últimos años sobre la pederastia del clero en América, en la que ha publicado ya decenas de casos, señala a un total de 24 sacerdotes, religiosos y laicos de ocho países. Colombia acapara más de la mitad de los casos, un total de 13, y el resto se sitúan en Argentina, Bolivia, Cuba, El Salvador, Estados Unidos, México y Venezuela. Este trabajo, de más de 100 páginas, acompaña al sexto dosier de casos en España que este diario también ha enviado a la Santa Sede, con el que eleva ya a 841 testimonios los reunidos en los últimos cinco años en este país. Ocupan en total más de 1.800 páginas. Este primer informe de casos en América amplía al continente el proyecto de investigación.

Las historias que ahora salen a la luz revelan que en casi toda la Iglesia católica de Latinoamérica aún está todo por hacer, en contraste con el camino ya recorrido en Estados Unidos, Europa y Australia. En países como Irlanda o Alemania, la Iglesia ha abierto investigaciones internas. Solo Chile ha avanzado. En 2020 se publicó un informe, elaborado por la Comisión para el Análisis de la Crisis de la Iglesia Católica, que da cuenta de 568 víctimas de abusos sexuales, de las que 320 eran menores de edad, y marca que hubo 225 agresores.
La investigación de EL PAÍS trata de romper ese muro de silencio. Este nuevo informe de casos en América oculta la identidad de las personas que han aportado su testimonio, pero este diario la facilitará a las autoridades eclesiásticas si lo solicitan cuando abran una investigación y el interesado da su permiso. Algunos de los acusados no han podido ser identificados, pues quien presta su testimonio no lo recuerda, algo que suele ser frecuente en los casos de pederastia. No obstante, en sus relatos hay detalles que pueden permitir a la Iglesia la identificación.
El caso mexicano es paradigmático. Años después, durante una sesión de terapia, los recuerdos le volvieron “de golpe” a Fernández. Lo contó a su familia y su hermana gemela, que había estudiado con ella, le dijo que también fue víctima. Fernández cree que “las autoridades del colegio sabían lo que ocurría” y está dispuesta a identificar al agresor si aparecen fotografías o videos de la época. “No busco venganza”, concluye, “sino que quede constancia de que en ese cubículo de dos por dos, un sacerdote usó la confesión como pretexto para abusar de mí cuando tenía ocho años”.

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