América Latina gira a la derecha: ¿crece el Club del Escudo de las Américas?

América Latina parecería ser una víctima más en la agenda de Washington, dispersa entre guerras y dificultades internas. Mientras la Casa Blanca concentra su atención en el conflicto con Irán y sus implicaciones energéticas, económicas y políticas globales, además de sus propios líos domésticos, la región ha dejado de ser un foco inmediato. Pero eso no necesariamente significa irrelevancia, y no es definitivo.

Mientras Washington anda cazando peleas a diestra y siniestra con China, Rusia, Europa, Irán y hasta con el Papa, América Latina atraviesa un proceso de recomposición política que la puede acabar acercando más a Estados Unidos: la mayoría de los resultados electorales recientes y algunos gobiernos que ya venían ubican a la mayor parte de la región entre el centro —con diversos matices— y la derecha.

No es un giro ideológico uniforme. Pero el bajo crecimiento, la inseguridad y las expectativas no cumplidas están empujando a los votantes a buscar alternativas. Los países del llamado Escudo de las Américas —como Argentina, Chile, Ecuador y Paraguay, además de varios de Centroamérica— reflejan bien esa tendencia. Incluso donde la izquierda sigue en el poder, como en Brasil o Colombia, su margen político es cada vez más estrecho. Las elecciones de este año confirmarán dónde quedan ubicados.

Perú es el caso más reciente. Tras una nueva crisis institucional, el país avanza hacia una segunda vuelta en la que la derechista Keiko Fujimori aparece —al escribir esta columna— como segura. El segundo aparente en votación, Rafael López Aliaga, es un exitoso empresario conservador, lo cual seguirá consolidando esa inclinación regional hacia la derecha. (Aunque la realidad política en Perú —con 8 presidentes en 10 años— puede ser muy volátil).

El giro en Venezuela fue a la fuerza. Tras la captura de Nicolás Maduro del poder, Washington prácticamente manda allí y tiene interés en hacerse con el petróleo venezolano. En medio de la tensión con Irán, esto no es menor: se trata de una de las mayores reservas de crudo del mundo, ahora nuevamente relevante en el equilibrio energético global.

Lo de Cuba es tal vez un tema de principio para la derecha estadounidense y de interés personal para Marco Rubio. El deterioro económico y social y la presión externa han abierto un espacio para cambios, hasta hace poco impensables. No es una transición definida, pero sí un proceso en curso, que seguramente se dará, pero no será tan fácil: el episodio del buque petrolero enviado por Rusia para aliviar la situación, que Washington no se atrevió a bloquear por “razones humanitarias”, es una señal clara.

Colombia puede ser el próximo. A pesar de las discrepancias con Washington, Gustavo Petro no ha roto estructuralmente la relación bilateral. Sin embargo, su margen político es hoy limitado y, en términos prácticos, es un presidente ya de salida, con elecciones en menos de dos meses. Para la primera vuelta, Iván Cepeda, el candidato de Petro, puntea en las encuestas, con un techo aparente por debajo del 38%, con lo que una segunda vuelta parece inminente. La suma de los otros tres candidatos relevantes —Paloma Valencia, Abelardo de la Espriella y Sergio Fajardo— es considerablemente mayor. ¿Serán endosables los de quienes no pasen a la segunda vuelta hacia quien sí lo haga? Si lo son, Colombia girará casi de seguro nuevamente hacia el centro o la derecha, cerrando el ciclo político de la izquierda radical iniciado en 2022.

Brasil —el país más grande y poderoso de la región— tiene elecciones en unos seis meses. Sin embargo, hacia el final del año pasado, Lula lideraba por más de 15 puntos porcentuales; hoy, las encuestas muestran un empate técnico con Flávio Bolsonaro. Mucho puede pasar hasta octubre, pero los electores brasileños, —como buena parte de la región— están en movimiento.

Por eso, los resultados en Perú, Colombia y más adelante en Brasil serán tan importantes. No tanto por afinidad ideológica, sino por lo que implican en términos de estabilidad y cercanía para Estados Unidos en un entorno global cada vez más escéptico hacia Washington.

Este reacomodo regional le sirve estratégicamente a la Casa Blanca, pues América Latina no le está generando mayores dificultades y, por el contrario, le ayuda a avanzar en áreas sensibles como la energía y proyectar firmeza en la lucha contra el terrorismo y el narcotráfico a muy bajo costo. Muy distinto al frente con Irán: la guerra iniciada junto a Israel implica un alto gasto, ya afecta la economía global —en especial por el comercio energético— y ha abierto fisuras dentro del movimiento MAGA.

Aún más: de cara a las elecciones legislativas de medio término en noviembre, empiezan a verse señales de desgaste para los republicanos. Al patrón histórico —que suele castigar al partido de gobierno en el Congreso— se suman las consecuencias de la guerra, un costo de vida en aumento y una política migratoria que, aunque moviliza a su base, aleja al votante de centro, entre otros, por los abusos del ICE y episodios de desorden institucional e inestabilidad, como los despidos de Kristi Noem precisamente por su gestión del ICE y Pam Bondi por el manejo de los archivos de Jeffrey Epstein y el papel de Trump en ellos. Aunque los demócratas siguen sin encontrar su discurso, crece la fatiga e incertidumbre de muchos votantes, claves en un eventual voto de corrección.

La región, en suma, está cambiando. Lo está haciendo —salvo excepciones— sin grandes rupturas, pero con efectos acumulativos claros. Si Perú confirma su rumbo, Colombia gira en segunda vuelta y Brasil mantiene la tendencia de sus encuestas, América Latina quedará mayoritariamente alineada en un espectro que va del centro a la derecha. Y eso le sirve a Washington.

Cuando Washington vuelva a mirar hacia el sur con calma, encontrará una región distinta: más predecible en lo político, más relevante en lo energético y, sobre todo, más conectada con sus intereses estratégicos.

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