El momento intelectual (más que político, ya que hay inflexiones que se están gestando en el mundo exterior) es sumamente difícil para las izquierdas. La ofensiva antiprogresista en la academia global es evidente (con la proliferación de universidades ideológicas y la multiplicación de intelectuales públicos de derechas), así como entre los blogueros en quienes arrecia el discurso en contra de la ilustración y de todo atisbo de propuesta igualitaria: es un tiempo de libertad de emprendimiento a todo precio, especialmente en el mundo económico en donde es un leitmotiv, con serios reparos para instalar el mismo discurso sobre las libertades en el mundo político (dada la proliferación de democracias iliberales que aborrecen de las libertades civiles y políticas).
Es en esta situación de asedio de las izquierdas que el progresismo chileno, a través del Instituto socialista Igualdad, convocó a reflexionar en un ciclo de charlas sobre el concepto constitutivo del socialismo: la igualdad.
¿Qué se quiere decir a través de este término? ¿A qué sociedad convoca? ¿Es atractiva una sociedad igualitaria o infunde temor? Son estas preguntas a las que hay que responder, partiendo por la afirmación de que la igualdad puede infundir temor y hasta miedo, y no pasión. Dicho de otra forma, la igualdad está muy lejos de generar adhesión: el fundamento de estos miedos difusos provocados por la igualdad, nunca claramente estampados en preguntas de encuestas, se encuentra en la creencia de que sociedades igualitarias bajo gobiernos igualitarios (en los que cabe más o menos todo, desde Cuba hasta los países nórdicos) desembocan inevitablemente en administraciones mediocres, empobrecedoras, injustas y, como en Cuba, hostiles a la libertad económica y política. Esta es la doxa que se ha impuesto sobre las luchas por la igualdad: si algún sentido práctico tiene bregar políticamente por la igualdad, entonces hay que desmontar esta doxa. El problema es que una doxa, precisamente porque se adhiere al orden establecido a partir de ideas y supuestos que se presentan y materializan como evidentes, es muy difícil de modificar. Es en este sentido que el pensamiento de derechas, en todas sus variantes, siempre llevará la delantera: tiene a su favor no solo el orden establecido de las cosas, sino los supuestos y las creencias en las que este orden se sustenta, es decir una doxa.
Por razones extrañas, se impuso en las izquierdas (especialmente comunista y en las pocas nuevas izquierdas que se han originado con algún éxito en distintas partes del mundo) una concepción rígida de la igualdad. Una parte de la explicación de esta aberración se encuentra en el carácter abstracto de la igualdad: es mucho más fácil constatar la desigualdad que imaginar una sociedad igualitaria. ¿Cómo no ver que esas izquierdas ignoran al propio Marx cuándo este ensaya un extraordinario aforismo, al sostener “de cada cual según su capacidad, a cada cual según su necesidad”, en la Crítica del Programa de Gotha de 1875? ¿Cómo no percatarse en el doble su del aforismo, los que describen una noción más plástica e individualista de lo que debiese ser una sociedad igualitaria, socialista, cuya condición de posibilidad descansa en un fundamento moral que no es fácil de establecer, y que se encuentra implícitamente presente en las nociones también complejas de justicia y equidad?
Es este extraordinario aforismo, respecto del cual Marx nunca ofreció muchas precisiones, lo que explica la histórica oscilación de socialistas y socialdemócratas entre la igualdad de oportunidades (un principio netamente liberal) y la igualdad de resultados (un principio netamente socialista). Si entre 1945 y 1975 la izquierda socialista privilegió el polo redistributivo para los fines de una igualdad de resultados, a partir de entonces esta misma izquierda se movió hacia el polo liberal de la ecuación igualitaria: es cierto, con muchas diferencias, ya que no es lo mismo la tercera vía de Tony Blair que las variantes nórdicas de estas coordenadas, aunque en todos los casos se abrió paso la crítica paternalista a la igualdad de resultados para entronizar la igualdad de oportunidades. No se trata de elegir entre uno u otro de los bordes de esta polaridad: lo que hay que hacer es justificar lo que se entiende por igualdad y, sobre todo, como sociedad igualitaria en cada uno de estos polos. Buena parte de la crisis de la socialdemocracia de hoy se explica por no haber sido capaz de proporcionar justificaciones para sus elecciones de políticas igualitarias, especialmente las que descansaban en una igualdad de oportunidades descuidando el otro polo, lo que fue resentido por su electorado más tradicional como abandono y desamparo.
Todo esto puede sonar muy abstracto, pero es extraordinariamente concreto: ¿hasta dónde y en qué medida debe haber libertad de elección de colegios y liceos para los padres? La misma pregunta se formula en materia de salud y de fondos de pensiones, reconociendo que hay límites técnicos, tributarios y de recursos involucrados: el problema es que, en este tipo de asuntos, las respuestas y elecciones de política no deben ser nunca completamente técnicas, ya que implican concepciones de la vida buena y de cómo vivir juntos en igualdad (en alguna medida y en algún sentido).
Ante la complejidad, las nuevas izquierdas encontraron en las políticas de la identidad una fuente de elusión de respuestas a preguntas sobre la igualdad, arrastrando a socialistas y comunistas fuera de sus culturas de origen. Nada se saca con juegos de palabras, en donde la libertad de elegir identidades y, sobre todo, de asumirlas en público se justifica en nombre de… la igualdad (todos tienen el igual derecho a ser en público como son en su esfera privada). Este razonamiento tautológico es tramposo y políticamente ineficiente: funcionó por un rato para que las izquierdas, incluido el socialismo, resistieran la ofensiva neoliberal que desde fines de los 70 está hackeando el pensamiento igualitario. ¿Hay socialismo en todas estas cosas? Algunos piensan que sí, argumentando sobre un socialismo interseccional: puede ser. Pero, de existir, no resuelve ninguna de las luchas que originaron a las izquierdas: el socialismo no nació para defender causas y grupos particulares, sino luchas universales para la emancipación de la humanidad. En tal sentido, del mismo modo en que existen los delitos de elusión en materia tributaria, también existen los delitos de elusión en materia intelectual y política.
La principal crítica que se le puede formular al Gobierno de Boric es que incurrió en un grave delito de elusión ideológica e intelectual, el que pudo ser contenido a punta de retórica (de la buena, pero sin fondo) por el expresidente.
El problema de la igualdad debe ser abordado tomando muy en serio el aforismo de Marx, sin las deformaciones del comunismo cubano (cuyas soluciones son enteramente estatales, más que públicas), pero evitando las desfiguraciones del comunismo chino. Sigo pensando que la única alternativa de todas las izquierdas es la socialdemocracia: es en ese marco, armonizado con el aforismo de Marx, que se deben mover, y no criticando de modo infantil el “dios recurso” por el presidente del Partido Comunista de Chile Lautaro Carmona exigiendo gastar más… como si las restricciones presupuestarias no existieran.
Lo distinto es el nuevo estado del mundo, tecnológico y con orientación al iliberalismo. Para que la igualdad tenga sentido y haga sentido popular, es preciso evaluar cómo se ha gobernado hasta ahora, sin perder de vista el público natural de la socialdemocracia, las clases medias y populares que están mutando, lo que dibuja un universo mucho más heterogéneo de lo que las izquierdas pueden creer y aceptar. Para partir, hay que volver a los fundamentos y retomar las luchas por los bienes comunes, desde el aire hasta el agua sin los cuales no puede haber igualdad alguna: si los bienes son comunes, el acceso al goce de esos bienes debe ser radicalmente igualitario. Desde los bienes comunes, cuya extensión es necesaria y requiere de justificaciones, podrá ser posible habitar un mundo común, un mundo que es algo así como una sociedad igualitaria.

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