Resignificar la gobernanza global y el multilateralismo

En un mundo colmado por la hiperinformación y la hiperconectividad, se ha convertido un lugar común hablar de tiempos inciertos y de la distopía como elemento central de contexto, y es tanto así que existe incluso cierto consenso de que estamos en una transición o lisa y llanamente una ruptura del sistema internacional, como dijera el primer ministro de Canadá, Marc Carney, el pasado enero en Davos. En tal sentido, en tiempos cruciales como los que corren, tanto en materia de política exterior como de gobernanza global, las decisiones que tomemos hoy serán la salvación o la condena de la sociedad y el mundo del mañana.

En efecto, tenemos un panorama geopolítico extremadamente sombrío. Recién esta semana el mundo entero aguardaba en vilo un desenlace incierto de la situación en el estrecho de Ormuz. Y persiste la amenaza latente de que el fracaso de las negociaciones, los discursos grandilocuentes y la ofensiva militar, prendan la chispa que extienda el conflicto a todo Oriente Próximo con consecuencias mayores e incalculables para el mundo entero. Tal nivel de incertidumbre cotidiana nos hace olvidar, a ratos, que existen en otros lugares del planeta invasiones, masacres y conflictos sin resolver, que solo agregan elementos disruptivos a una situación de alta vulnerabilidad.

Hoy tenemos a nivel global el número más grande de conflictos activos desde la Segunda Guerra Mundial, llegando a 59 en 2025, de acuerdo al Índice de Paz Global que elabora el Institute for Economics & Peace, y constatamos también que la democracia, especialmente en el escenario pospandemia, ha sufrido retrocesos catastróficos mientras que las autocracias se han ido expandiendo a un ritmo acelerado, como muestra el índice de la Democracia de V-Dem o el informe de Idea Internacional, por mencionar sólo algunos. Por cierto, esto nos señala que, más allá de la reconocida extensión de la democracia en el mundo durante el siglo XX, ésta no es, para una buena parte del globo, una manera única y paradigmática de ofrecer una respuesta óptima a la necesidad de gobernar una comunidad política. Y eso, en sí mismo, es una señal de alerta para la pretendida hegemonía occidental.

A ello se suman, por cierto, las tensiones y fragilidades a las que en el último año se ha visto sometido al sistema económico internacional. La llamada “guerra arancelaria” muestra también, con cierta crueldad, que economías pequeñas y medianas o excesivamente dependientes de economías de mayor tamaño, son peligrosamente vulnerables frente al cambio de reglas que de manera unilateral quieren imponer algunas potencias. Esto no sólo tiene efectos en la economía, porque en muchas circunstancias, el cambio de reglas en materia comercial tiene también fines y consecuencias políticas.

En tal escenario, donde aumentan los discursos de odio, las víctimas de conflictos y la vulneración a las reglas básicas de convivencia del sistema internacional, es fácil buscar respuestas proteccionistas ya sea unilaterales, regionales o a través de “escudos” ideológicamente afines, que empujan a algunos países a rendirse sin condiciones frente a la imposición del más fuerte. Es por eso que rescatar el valor que tiene el sistema multilateral es hoy una necesidad imperiosa y urgente.

Para buscar soluciones a tan complejo panorama es preciso también asumir la responsabilidad y admitir que las señales de un “reseteo” a nivel mundial venían desde mucho antes. Desde hace un tiempo se imponen en el debate mundial lógicas que relativizan ciertos consensos globales como la paz y la seguridad colectiva, el respeto irrestricto a los derechos humanos y el desarrollo sostenible. Estos tres principios, que forman parte relevante de la arquitectura que hoy sostiene un orden internacional basado en reglas, son los pilares sobre los cuales se sostiene la Carta y el sistema de Naciones Unidas.

En tiempos donde se impone la incertidumbre, es preciso recordar que este sistema es producto del consenso de un conjunto de países, después de haber vivido el doloroso trauma de dos guerras mundiales. Hemos sido testigos de muchos triunfos para amparados en los principios de la carta de Naciones Unidas, pero convengamos que también ha sido demasiada la acumulación de fracasos y de una cierta incapacidad de actuar en momentos de crisis

¿Qué ocurre entonces? Lo que se ha ido resquebrajando es una cierta idea de que la respuesta está en la arquitectura internacional que nos dimos en la segunda mitad del siglo XX y esa premisa es muy peligrosa porque conduce a la anomia, el caos y la supremacía del más fuerte. Se instala así la idea de que cuando hablamos de la gobernanza global y de multilateralismos estamos avalando una “discusión ideológica” de la agenda 2030 (como si no fuera una agenda que apunta hacia la consecución del progreso humano) y defendiendo los supuestos excesos de la “burocracia” de Naciones Unidas. Olvidamos, en medio de todo esto, que Naciones Unidas no son sus agencias, sino que la totalidad de sus miembros —los hoy 193 Estados— que son hoy los principales llamados a enfrentar los grandes dilemas del mundo y, en definitiva, dar respuesta a la necesidad de garantizar la paz y la supervivencia de la especie humana.

Pensar en el multilateralismo hoy como respuesta a estos dilemas globales no es, por cierto, dejar de reconocer que este, en la actualidad, enfrenta una serie de desafíos relevantes. Sabido es, por ejemplo, que los problemas financieros que enfrenta Naciones Unidas han puesto en riesgo la continuidad de sus agencias, que hay una duplicidad de tareas que es, sin duda, posible hacer de una manera más eficiente y, en una perspectiva más de fondo, que hay que buscar la manera en que los mandatos y resoluciones se cumplan. Si bien se trata de una meta ambiciosa en un mundo cada vez más complejo, es también el único camino posible.

Enfrentar este reto con convicción, en el actual contexto de amenaza a los principios de la carta de Naciones Unidas en el contexto de la elección de una nueva o nuevo secretario general es, entonces, una ventana de oportunidad que no debemos desaprovechar. No se trata sólo de la disputa de quien encabezará o no el organismo —aunque convengamos que son los liderazgos los que imprimen los sellos y fijan rumbos y cursos de acción—, sino que estamos enfrentados, ante todo, al inicio de un proceso de transición hacia una institución que asuma que el siglo XXI hace rato clama por una organización que se haga cargo de los nuevos —y también de los viejos— desafíos de manera eficaz, no solo discursiva o administrativamente.

La gran y trascendental pregunta es, entonces, si como humanidad estaremos a la altura.

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