De niño, José Eduardo Méndez Delgado iba por las noches a un campo abierto detrás de un cerro en las afueras de Morelia, la ciudad michoacana donde nació, para ver las estrellas. No tenía equipo ni telescopios, pero sí el cielo y una incontenible curiosidad de entender qué había más allá. “Desde pequeño tuve esa relación con la naturaleza y esas ganas de ir aprendiendo”, recuerda. Años después, su afán lo ha convertido en detective de nebulosas, las inmensas nubes de gas donde nacen o mueren las estrellas. La investigación que hace sobre ellas le ha valido, a los 31 años, el Premio Princesa de Girona Internacional 2026 en la categoría de Investigación, uno de los galardones más prestigiosos para jóvenes que entrega España.

El astrofísico describe emocionado las estampas que ha podido ver en algunos de los telescopios más importantes del mundo, como el del Instituto de Astrofísica de Canarias. “La semilla del astrónomo nace cuando uno ve las imágenes espectaculares del cielo nocturno. Todas esas paletas de colores, esas estructuras difusas que uno logra observar, las estrellas, las distintas galaxias… Te ponen en perspectiva y te maravillan. Además de que te sientes un poco intimidado, te sientes atraído”, comparte en entrevista con EL PAÍS desde el Instituto de Astronomía de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM).
“Le dedico esencialmente casi todas mis tardes a entender la naturaleza”, explica. Méndez busca reconstruir la historia de las galaxias a partir de la composición de las nebulosas. Para explicarlo lo compara con la arqueología. “Uno reconstruye el pasado a partir de los vestigios que encuentra en un sitio. Generalmente no te encuentras un carro de guerra completo, sino una pieza que se le cayó. Nosotros, como astrónomos, hacemos exactamente lo mismo, pero esas huellas o vestigios son esencialmente la química”, comparte. Los resultados de su tesis doctoral aportaron indicios indirectos de creación planetaria en la Nebulosa de Orión. Más tarde impulsó el proyecto internacional DESIRED, una base de datos que ha permitido analizar la física de las líneas de emisión más débiles de nebulosas ionizadas.
Su enfoque le ha permitido participar en proyectos internacionales. “Un artículo mencionado en el premio fue uno de 2024, donde hablamos de la composición y destrucción de polvo en nebulosas”. Ese estudio lo llevó a comprender procesos que antes estaban más difusos. “Analizamos la relación entre el polvo, la abundancia de elementos pesados y la radiación ionizante en muchas galaxias. Eso permitió conectar información de estrellas y nebulosas que antes parecía desconectada”, explica. Para el científico, comprender la evolución química de las galaxias es también una forma de comprender la historia del universo y del propio ser humano. “A final de cuentas, los elementos químicos que nos constituyen son también parte del cosmos”, reflexiona.

El premio Princesa de Girona, el más reciente reconocimiento por su trabajo consiste en una estatuilla, reproducción de una obra del artista Juan Zamora y una dotación de 20.000 euros, unos 400.000 pesos mexicanos: “Todavía no he pensado en qué los voy a invertir, pero se les dará buen uso”. El galardón será entregado en un evento encabezado por la familia real de España el próximo 14 de julio. El anuncio, sin embargo, fue hace unas semanas en el Gran Teatre del Liceu de Barcelona, con la presencia del Jefe de Estado de ese país. “La astronomía te lleva a lugares que uno no imagina, como conocer al Rey de España”, afirma.
“Le debo prácticamente todo a la educación pública”.
José Eduardo Méndez, astrofísico premio Princesa de Girona
Su camino empezó en el sistema público mexicano: “En la escuela aprendí las cosas básicas. Ya cuando estuve en la prepa en la Universidad Michoacana fue que me adentré un poco más en las ciencias formales, la física y las matemáticas”. Esos años marcaron la decisión de buscar un lugar en la UNAM, un cambio que implicaba dejar Morelia y mudarse a la capital. “Le debo prácticamente todo a la educación pública”, asegura. Su formación continuó fuera de México, con una primera parada en el Máster en Astrofísica en la Universidad de La Laguna, gracias a una beca de la Fundación Carolina, y otro posgrado en la Universidad de Heidelberg, la más antigua de Alemania.
Más de 1,3 millones de mexicanos altamente calificados viven en el extranjero, en un fenómeno conocido como fuga de cerebros. Jóvenes que, como Méndez, ven fuera mejores posibilidades de formación y empleo. Para el científico, sin embargo, un “sentimiento de responsabilidad” lo llevó de vuelta a sus orígenes. “Desde que me fui de México quería regresar para contribuir a la sociedad que apostó por mí”, asegura. Ahora, con una visión más amplia, pone sobre la mesa las condiciones para hacer ciencia en el país. “México y la UNAM están involucrados en proyectos de frontera y consorcios internacionales. Sin embargo, siempre hay incertidumbre porque dependemos mucho de cambios políticos”, lamenta. Funcionarios que entran y salen, barriendo los proyectos y el financiamiento. “Ese impacto se siente especialmente entre los investigadores más jóvenes. No solo importa cuánto se invierte, sino cómo se distribuyen esos recursos”, zanja.

Su “arqueología del universo”, como la describe, conecta la investigación básica con preguntas fundamentales: ¿de dónde venimos?, ¿cómo se formaron las galaxias?, y ¿qué procesos dieron origen a los elementos que componen la vida?. “La ciencia no está separada de la sociedad, todo parte del pensamiento crítico”, asegura. Méndez insiste en la necesidad de acercar la investigación al público. “Es importante que la gente se involucre”.

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