Mañana de niebla densa. En el museo aeroespacial y automotriz de Santa Teresa, Nuevo México, el FBI exhibe la aeronave en la que fue secuestrado –esa es la palabra que además es tipo penal– Ismael “El Mayo” Zambada. Iba terminando el sexenio de Andrés Manuel López Obrador cuando los estadounidenses consumaron la detención que negaron y que hoy muestran como trofeo.
Así son.
Ayer, en su conferencia matutina, Claudia Sheinbaum dejó ver su enojo ante lo que no puede leerse sino como una burla. Una demostración de asimetría. Un recordatorio de quien manda.
La exhibición de la aeronave por parte del Buró Federal de Investigaciones se mofa en nuestra cara y desmiente la narrativa oficial que Washington sostuvo durante meses. El engaño terminó convertido en pieza de museo.
Cuando ocurrió la captura, el entonces embajador Ken Salazar sostuvo la versión autorizada. Joaquín Guzmán se había entregado voluntariamente. Ismael Zambada había sido llevado contra su voluntad. Ningún recurso estadounidense había sido utilizado en la operación. Ni avión, ni piloto, ni agentes. La pregunta le ofendía.
Hoy, el FBI presenta la avioneta como un éxito operativo y –queriendo o sin querer– nos hace pasar como unos grandísimos tontos.
La carcajada es demasiado estridente para fingir que no la hemos oído. Un embuste entre socios comerciales inmersos en la renegociación del T-MEC. Un engaño entre vecinos unidos por más de tres mil kilómetros de frontera. Una patraña entre aliados que se exigen confianza y cooperación.
La maniobra fue un hat trick. Una traición por triplete: los gringos rompieron un pacto de confianza implícito, violaron nuestra soberanía e incumplieron nuestro tratado bilateral de extradición.
Quisiera ver la cara de quienes sostienen que nuestra relación bilateral descansa en el imperio del derecho y que México debería agacharse y entregar a Rubén Rocha así sin más.
Lo más grave fue la irresponsabilidad antes y después de lo sucedido. Digo sucedido pero quiero decir provocado. Estados Unidos movió piezas ajenas de manera unilateral sin informar al gobierno mexicano y sin prever –o sin querer prever– el vacío creado. No elaboró ni permitió que existiera un plan de mitigación de daños. La captura fue suya y la guerra se quedó de nuestro lado. Por eso el secuestro de Zambada tuvo en suelo mexicano nacional tan distintas a las del abatimiento del Mencho.
El lector podrá pensar que la captura de un jefe criminal del calibre de Zambada sólo puede leerse en clave de buenas noticias. Se equivoca. Estados Unidos retiró una pieza del tablero sin mejorar el juego: el flujo de drogas hacia el norte continúa y la guerra en el Cártel de Sinaloa entre “Los Mayitos” y “Los Chapitos” se ha encarnizado.
A dos años de distancia, entre cárteles siguen matándose hasta a los perros. Cientos de muertos. Cientos de desaparecidos. Cientos de desplazados. ¿Quién responde por ellos?
Resulta un pésimo augurio que el Gobierno de México –y nosotros– tenga que enterarse de los detalles de una intervención que desestabilizó al país a través de una exhibición museográfica en suelo extranjero. Peor tantito: que descubramos en el presente que los agentes de la CIA siguen operando en territorio nacional con la anuencia de Maru.
Mientras a México se le exige derramar sangre y erradicar la narcopolítica, Washington agita su banderita de doble moral. El secuestro del Mayo estuvo directamente ligado a un acuerdo de colaboración entre la justicia estadounidense y Ovidio Guzmán. El mismo día de la captura de Zambada, Ovidio obtuvo un cambio de medida cautelar para colaborar con el gobierno de Trump. Como parte de esa negociación, 17 familiares suyos viven bajo resguardo en Estados Unidos.
Ante nuestros ojos, la madre de todas las hipocresías: el Departamento de Justicia de Estados Unidos negocia y brinda protección a miembros de Los Chapitos –la organización presentada por ellos como terrorista– mientras acusa a México de pactar con criminales.
México pone los muertos. Estados Unidos su descomunal descaro.

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