La comunidad LGBTIQ+ de Bogotá le planta cara al presidente electo: “Aquí estamos, y aquí nos quedamos”

En medio de las banderas de arcoíris, los brillos y la música, poco a poco, se fueron colando las arengas y las pancartas alusivas a la elección presidencial del pasado domingo. La victoria del ultraderechista Abelardo de la Espriella por estrecho margen permeó las manifestaciones que conmemoran la lucha por los derechos de las personas LGTBIQ+ en Colombia. En Bogotá salieron a las calles alrededor de 10.000 personas con una reflexión central: “Aquí estamos, y aquí nos quedamos”. Entre comparsas, colores y música, la capital vivió una jornada marcada por la incertidumbre. Para unos de los manifestantes, esta puede ser la última movilización del orgullo; para otros, son miedos infundados y esta seguirá siendo una fiesta para celebrar su libertad.

Aunque la lluvia marcó las primeras horas de las concentraciones, el clima no impidió que jóvenes, ancianos, familias y mascotas fueran llegando al centro de la ciudad. Uno de los primeros puntos de encuentro fue el Museo Nacional, donde la ONG Colombia Diversa realizó un acto simbólico para celebrar el décimo aniversario de la sentencia que legalizó el matrimonio igualitario en Colombia. Acompañadas de un DJ, artistas drag entregaron flores a los asistentes y leyeron un manifiesto en el que invitaban a visitar la exposición de ese museo que recoge su última década de lucha. Marcela Sánchez, su directora, explicó la acción a EL PAÍS. “Colombia Diversa está entregando la demanda original que presentamos a la Corte Constitucional porque queremos que no solamente se conserve como un documento histórico, sino porque creemos que refleja la lucha de un movimiento por sus derechos, sobre todo en un momento global en el que los retrocesos son evidentes”, aseguró.

A pocos metros estaban Julio Galindo y su pareja, quien sostenía una pancarta donde se leía: “Marica no come de tigre”, en referencia a De la Espriella, que se ha enunciado a sí mismo como El Tigre. “En un contexto político como el actual es de vital importancia manifestarse, estar en las calles y defender nuestros derechos. Las maricas no comemos de tigre, por eso estamos aquí, estamos manifestándonos contra una política de muerte que está demostrando odio hacia la diversidad, hacia las mujeres, hacia el homosexual, hacia el campesino. Esa es la consigna: aquí estamos y aquí nos quedamos”, afirmó Galindo.

Mientras la Alcaldía preparaba las carrozas y el sol se asomaba tímidamente, apareció la excandidata presidencial Claudia López, quien llegó al Museo Nacional junto a su esposa y saliente senadora Angélica Lozano. López adhirió al fallido candidato presidencial de la izquierda, Iván Cepeda, luego de la primera vuelta. En conversación con este periódico, aseguró que, pase lo que pase, seguirá saliendo a marchar cada año, como lo hace desde hace décadas. “Un lema muy simple y muy concreto: ni un paso atrás, en nada. Ni en nuestra representación progresista, ni en nuestros derechos como mujeres, como diversidades, como oposición. Ni un paso atrás”, insistió. Luego, continuó haciéndose fotos con los asistentes.

El mandatario electo ha hecho pronunciamientos contradictorios sobre la población con orientaciones e identidades de género diversas. En una entrevista con la revista Semana dijo que, si de él dependiera, no habría adopción para parejas del mismo sexo y que defiende el modelo de “familia tradicional”. Sin embargo, ha dicho que respeta las decisiones judiciales, en referencia al mecanismo con el que se han logrado ese y otros avances para esta población. ONGs y activistas han señalado su preocupación por un retroceso en la garantía de esos derechos en el inminente Gobierno de De la Espriella, pues, más allá del marco jurisprudencial sobre esos derechos, su materialización depende de la implementación que deben hacer los gobiernos.

Sánchez, de Colombia Diversa, advirtió que su ONG seguirá apostándole al litigio jurídico para evitar cualquier medida regresiva. Explicó que, a diferencia de años anteriores, ya no están solos. “Ahora están nuestras familias con nosotros. Hay resistencia en todos lados”, insistió, como el resto, en que no van a dar ni un paso atrás.

Un orgullo crítico

Cada año, en paralelo al despliegue de colores y logística de la marcha más masiva y hegemónica, se realiza la contramarcha, una protesta autogestionada, más politizada, de acción directa y crítica al resto de manifestaciones. Este año, creció de los usuales 100 participantes a por lo menos 600. Encabezada por una chiva, desde el inicio las consignas fueron en contra de De la Espriella, el expresidente Álvaro Uribe, el fascismo y la mercantilización de la lucha LBTIQ+. Mientras sobre la carrera séptima los asistentes bailaban, se besaban entre desconocidos y alimentaban un ambiente festivo, sobre la carrera décima, se arengaba a favor de Palestina y de una América Latina transfeminista.

En el medio, con una enorme bandera de la población trans, estaba Luisa Chacón, quien se enuncia como una “travesti, marica y puta”. De entrada, subrayó que se niega a ceder ante cualquier retroceso en la garantía de sus derechos. “Este Gobierno no nos va a poder ‘enclosetar’ porque somos resistentes desde los siglos de los siglos. Aunque no la tenemos fácil, con la gloria de Dios, vamos a seguir reclamando nuestros derechos y protegiendo los espacios que hemos logrado”, sostuvo Chacón, quien también condenó la oleada de violencia que sufre la población trans en todo el país, particularmente en Bogotá, donde a inicios de año se registraron varios transfeminicidios en el barrio Santa Fe.

Entrada la tarde, en el corazón del centro histórico de Bogotá, las dos protestas se encontraron brevemente. De un lado, se escucharon murmullos de desconcierto de quienes no entendían las consignas antifascistas y esperaban llegar a la Plaza de Bolívar junto al tumulto que, según la Alcaldía, sumaba alrededor de 8.000 personas. En el otro, les reclamaban a gritos por convertir en fiesta lo que nació como una revuelta en Stonewall. Al margen, los comerciantes del clásico septimazo apenas observaban sus cuerpos desnudos y pintados.

La contramarcha no cerraba con un concierto en la Plaza de Bolívar —como suele hacerlo la distrital—, sino que se dirigía al Parque de los Periodistas, a pocas cuadras al nororiente, donde se propuso un picnic anticapacitista. Hacia allá caminaban Laura y Juanita. Para una era su primera vez en el Orgullo; para la otra, es parte de una tradición de hace más de una década. Para ambas, salir este día fue la mejor forma de celebrar su relación. Laura cuenta que siente temor por el discurso violento que impulsó la campaña de De la Espriella. También siente incertidumbre, pero en cualquier caso, no quiere ceder el espacio que la comunidad ha ganado a pulso. “El horizonte político debe seguir siendo visible”, lo dice sin titubeos, luego de besar apasionadamente a Juanita.

Al finalizar la tarde, la lluvia incesante dispersó todas las marchas. Sin embargo, este 28 de junio, ante un ambiente político lleno de tensiones y dudas, por la séptima o por la décima, encima de carrozas o a pie, un mensaje atravesó por completo la jornada. Las lesbianas, trans, maricas, bisexuales, no binarias, lo dijeron claro: nadie las va a obligar a volver al clóset.

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