Después de huir de la crisis humanitaria en Haití en 2022, Giovanni emprendió una travesía larga e incierta. Cruzó cuatro países antes de llegar a México, donde solicitó asilo y fue reconocido como refugiado. Hoy, aprendió español y trabaja como asistente de reparto mientras espera validar sus estudios en enfermería.
Su historia en desarrollo deja algo claro: cuando existe acceso a protección y oportunidades, las personas desplazadas recuperan su estabilidad y la posibilidad de imaginar su futuro.
No es un caso aislado. En toda América Latina y el Caribe, millones de personas refugiadas reconstruyen sus vidas, aportando a sus comunidades de acogida y demostrando que, con las condiciones adecuadas, se integran, y fortalecen activamente a las sociedades de acogida. Sin embargo, tenemos que tomar decisiones, especialmente en un contexto donde los discursos de odio y la información falsa distorsionan la percepción sobre quienes buscan protección.
La pregunta es inevitable: ¿vamos a tomar decisiones basadas en evidencia y responsabilidad, o permitir que el miedo y la desinformación definan la respuesta?
Este 20 de junio, el mundo conmemoró el Día Mundial del Refugiado con un llamado claro: Hasta que cada persona esté a salvo; también se conmemora el 75º aniversario de la Convención sobre el Estatuto de los Refugiados de 1951, un recordatorio de que el derecho a buscar protección existe precisamente para quienes se ven obligados a huir de la persecución, de los conflictos y la violencia.
En las Américas, este derecho enfrenta hoy una de sus mayores pruebas. El desplazamiento forzado afecta a casi 23 millones de personas, alcanzando niveles sin precedentes en la región. Esta realidad se traduce en sistemas de asilo saturados, rutas peligrosas y decisiones urgentes de los Estados.
El derecho a buscar y recibir asilo no es opcional. Surge de las lecciones más duras del siglo pasado y sigue siendo, para millones de personas, una garantía esencial de protección y seguridad. Cuestionarlo no solo debilita a quienes huyen, sino también los principios humanitarios que sostienen a nuestras sociedades.
América Latina y el Caribe no parten de cero
La región tiene una tradición sólida de protección y solidaridad, con décadas de cooperación y marcos jurídicos que han ampliado el alcance de la definición de persona refugiada y fortalecido el acceso al asilo.
Hoy, esa tradición regional se refleja en una realidad donde la mayoría de las personas refugiadas permanecen en países vecinos, permitiendo construir uno de los sistemas de acogida más relevantes del mundo, apoyado por Estados y comunidades, donde la solidaridad es una práctica concreta.
La región ha avanzado hacia un enfoque que trasciende la asistencia humanitaria y apuesta por la integración local y otras soluciones. Millones de personas se han beneficiado de mecanismos de regularización que les permiten tener acceso a trabajo, y servicios esenciales. El asilo se convierte en una plataforma para reconstruir vidas con dignidad.
La integración socioeconómica es el eje de este modelo. Cuando las personas refugiadas acceden al empleo, la educación y la salud, logran autonomía y contribuyen activamente al desarrollo económico y social. La evidencia es clara: la inclusión no debilita a las sociedades, las fortalece.
Hoy, el desafío va más allá de proteger: se trata de hacerlo mejor y de forma más sostenible. Hay que reforzar los sistemas de asilo y transformar el enfoque, para pasar de modelos centrados en la asistencia a estrategias de autosuficiencia, ampliando el empleo y oportunidades reales de integración.
La visión de ACNUR es reducir de manera significativa el número de personas refugiadas que permanecen durante años en situaciones de dependencia y sin perspectivas de futuro. Lograrlo exige ampliar las oportunidades de integración local, facilitar el retorno voluntario, y el reasentamiento, así como otras soluciones complementarias, fortaleciendo la cooperación entre gobiernos, países donantes, actores humanitarios y de desarrollo, sector privado y sociedad civil.
Garantizar la protección de las personas refugiadas no es solo un imperativo humanitario, es una condición para la estabilidad y el desarrollo de nuestras sociedades.
En los próximos años, Giovanni trabajará como enfermero y continuará construyendo su vida en México. Su historia, como la de millones de personas refugiadas, dependerá de las decisiones que se tomen hoy.
El compromiso hacia la protección de los refugiados en la región debe mantenerse, hasta que cada persona esté a salvo.

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