Gustavo Petro cada día se parece más a Mao Tse Tung y no por lo que él quisiera –hecho que demuestra su ignorancia sobre la historia de los movimientos de izquierda–, sino por lo malos líderes que resultaron. Así como a Mao no se le puede negar haber sido el líder de un ejército revolucionario que llevó a China a abrazar el comunismo, a Petro nunca se le negará que fue quien logró que la izquierda lograra llegar a la presidencia de la República tras casi 90 años de sequía. Empero ni el uno ni el otro fueron buenos para sus países.
Mao fue responsable de decenas de millones de muertes por dos programas absurdos que no fueron más que el reflejo de su ignorancia, su incapacidad de dejarse guiar por personas más educadas que él y un profundo sectarismo que disfrazaba de una supuesta defensa de los intereses del “pueblo”. Los ejemplos más dramáticos están en “El Gran Salto Adelante” y “La Revolución cultural”.
El primero fue una campaña de Mao para industrializar a la China a las malas, poniendo a los campesinos a producir acero – que resultó de pésima calidad – destruyendo a su paso la producción agrícola, hecho que llevó a una terrible hambruna que mató a entre 15 y 55 millones de personas. El segundo fue una campaña para purgar a sus rivales políticos y radicalizar a la sociedad china movilizando a jóvenes en las llamadas “Guardias Rojas” que sembraron una década de terror, destrucción del patrimonio, persecución a los intelectuales y cientos de miles de muertos en juicios populares donde la justicia no era la prioridad.z
A la muerte de Mao, la China en vez de ser un país modelo era uno de los países más pobres del mundo, con un aparato estatal, universitario y científico desmantelados, una sociedad rota y traumatizada por décadas de delatores, persecuciones y castigos con trabajos forzados a aquellos que no se alineaban con el líder. En pocas palabras, las tres décadas de Mao en el poder fueron un absoluto desastre para los chinos y el hecho de que aún hoy le rindan homenaje en la China está más relacionado con la necesidad de mantener la ficción de un “padre de la patria” antes que la admiración por tanta cosa que hizo mal.
Mao desconfiaba de los técnicos e intelectuales porque ellos le decían verdades incómodas, por ejemplo, durante “El Gran Salto Adelante” silenció y persiguió a aquellos que le señalaban que su proyecto de acero era un fracaso. Mao no quería una clase técnica competente acompañándolo en el gobierno pues esta hacía contrapeso a su autoridad. Al final terminó rodeado de personas sin experiencia, altamente ideologizadas, que tomaban decisiones claves para el país sin conocimiento real de lo que hacían. Mao prefería rodearse de aduladores. Mao y su ego dejaron a la China sumida en un desastre.
Petro detesta a los técnicos y menosprecia a las universidades que gradúan a los mejores profesionales del país. Petro se rodea de aduladores y estos saben que por esa vía consiguen manipular las decisiones del presidente. Petro vive hablando del “pueblo” como si este fuera rector de su visión de país, pero no piensa en el “pueblo” cuando sin acompañamiento técnico o sin argumentos concretos y responsables decide avanzar en absurdas decisiones como la de ahogar el sistema de salud, cuestionar el trabajo del Banco de la República, destrozar la diplomacia o radicalizar a los jóvenes para llevarlos a promover una guerra civil.
Petro quiere convertir a Colombia en China, pero en la China de Mao, muy diferente de la de Deng Xiao Ping, quien fue censurado por Mao por decir la verdad. Otro parecido con Petro a quien le encanta señalar y condenar sin pruebas, criticar a empresarios e industriales por igual, potencializando el dogmatismo, condenando a los más capaces de sus colaboradores. Mao no quiso a los chinos. Quiso a su sueño de la China. Un sueño que con él jamás se habría alcanzado. No fue Mao quien hizo de China la segunda economía del mundo, ni quien acabó con la pobreza. Pero Petro no lo sabe porque su sueño es ser grande como Mao.

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