Muere Abraham Santibáñez, el periodista que en 1978 constató los crímenes de la dictadura en los hornos de Lonquén

El periodista Abraham Santibáñez ha muerto este lunes a los 88 años. Exdirector de Hoy, una de las revistas fundamentales durante la oposición a la dictadura de Augusto Pinochet (1973-1990), y también del diario La Nación entre 1990 y 1994, recibió el Premio Nacional del Periodismo en 2015, otorgado por un jurado durante la Administración del socialista Ricardo Lagos (2000-2006). Nunca dejó de escribir. Lo hacía casi a diario en su página www.abe.cl y en la última edición su editorial se tituló “Cien días frustrantes”, en alusión a los tres primeros meses del presidente José Antonio Kast.

Para Santibáñez, quien escribía crónicas en EL PAÍS desde 2025, la última publicada este lunes, el uso correcto de las palabras como periodista era un mantra. Estudió en la Universidad de Chile, y era también miembro de la Academia Chilena de la Lengua y especialista en ética periodística. Su vida también la dedicó a dar clases en varias universidades, una de ellas fue la Escuela de Periodismo de la Universidad Diego Portales, que fundó en 1988 y que a finales de 2023 lo nombró profesor emérito.

En enero de 2024 Santibáñez otorgó una entrevista a EL PAÍS. Fue una conversación profunda y amena, en su vieja casona en el municipio de San Miguel, en la zona sur de Santiago, en medio de cientos de libros, archivos de prensa y su antigua máquina de escribir Underwood. Repasó su trayectoria, que arrancó como reportero en años sesenta. Fue tanto testigo como protagonista de la historia de Chile y en 1978, en los años más duros de la dictadura de Pinochet, mientras era subdirector de Hoy, fue uno de los dos primeros periodistas que llegaron a Lonquén, una localidad ubicada en Talagante, en la Región Metropolitana, para constatar el horror de los crímenes de la dictadura, cuando fueron hallados dentro de los hornos de una mina los cuerpos quemados de 15 campesinos asesinados en 1973. “Trozos de cráneos amarillentos, con huellas de cuero cabelludo; pelos sueltos, negros; ropas desgarradas en las que se reconoce un blue jeans, un chaleco de hombre”, escribió entonces en Hoy.

Santibáñez contó a este periódico que el recuerdo de ese momento estaba intacto en su cabeza y su corazón. “Eran los primeros detenidos desaparecidos que aparecían. Fue un golpe muy duro, porque el Gobierno [militar] había negado todo el tiempo que hubiese personas detenidas arbitrariamente y torturadas. Fue el hito que inicia la certeza de los abusos a los derechos humanos”.

Fue uno entre las decenas de periodistas que persiguió la dictadura. En 1988, meses antes de que Pinochet fuera derrocado en un plebiscito, las emprendió en su contra por, nada menos y nada más, que ejercer el periodismo. Al régimen lo enfureció una entrevista que le realizó, cuando dirigía Hoy, al entonces secretario ejecutivo del comando del NO, Genaro Arriagada, y también un artículo del periodista Alejandro Guillier. Una fiscalía militar procesó a los tres por sedición impropia, por un delito que solo podía cometer un militar. Estuvieron dos días en la cárcel, en el antiguo anexo Capuchinos. Fue un escándalo nacional y provocó la solidaridad internacional.

En febrero de 1988, el propio Santibáñez escribió una columna en EL PAÍS para relatar esa experiencia. Se tituló: “Capuchinos, una cárcel para la libertad de expresión”.

“No tengo ningún apuro en morirme”

El 8 de abril de 2020, durante la pandemia, Abraham Santibáñez publicó una carta en El Mercurio que puso sobre la mesa una conversación. En ella se refirió al dilema ético en que podrían encontrarse, , eventualmente, los médicos, en caso de tener que escoger a qué paciente apoyar con tratamientos intensivos. Directo en el lenguaje, dijo: “Para ayudar a resolver ese dilema, aunque sea un aporte pequeño, renuncio desde ya a ser conectado a un respirador artificial si con ello puedo salvar otra vida”.

Con EL PAÍS rememoró qué pasaba por su cabeza cuando escribió la misiva: “Me parecía adecuado que, en esa emergencia, entre una persona joven, con niños chicos o con perspectiva de tener una familia, fuese favorecida. Hubo cartas de gente que estaba de acuerdo conmigo, pero también hubo otra que dijo que esas cosas no debían publicarse, que había que tratarlas en privado. Yo creo que eso es parte de la vida y, en mi caso, del periodismo: uno no puede dar satisfacción a todo lo que la gente piensa o quiere”.

Y agregó: “No tengo ningún apuro en morirme, pero consideraba que ya había hecho lo suficiente”.

Santibáñez también recordó a su hijo José Miguel, quien murió en 2020 de un infarto a los 53 años. “Los que se morían eran los abuelos y los tíos viejos, pero que de repente se muera un hijo…Me impresionó mucho por lo repentino. Uno se da cuenta que no es eterno. Pero yo quisiera seguir viviendo, tengo a mi nieta (de cinco años), y quiero verla crecer. Hemos hablado mucho, incluso de que quiere ser periodista”.

Uno de sus últimos mensajes lo envió el pasado 11 de junio a varios periodistas, con motivo de su cumpleaños, donde recordó a José Miguel, a su esposa Ana María, titireta; a su hija y su nieta. También, cómo no, habló de periodisimo.

“Hace 88 años que llegué a este mundo. Eran tiempos tan revueltos como los actuales: Ese año vivimos una elección que despertó mucho temor, aunque distinto del que generó la que acabamos de tener. Se vivía un doloroso conflicto en España, antesala de una terrible Guerra Mundial; vendría un terremoto en Chillán en seis meses más. Mis padres no sabían lo que nos aguardaba. Pero, creo, que de haberlo sabido igual se habrían arriesgado a tener familia con todas las dificultades, no pocos dolores, pero muchas esperanzas”.

“Por mi parte, sin falsa vanidad, espero haber hecho un aporte importante al periodismo, a la enseñanza de nuestra imprescindible profesión, especialmente en materia de ética, y sobre todo en alguna medida a la recuperación de la democracia en Chile”.

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