El olvido del deseo

“Deja que los signos hablen por ti” es el eslogan de marketing con que Tinder presentó Astrology Mode, una función de la aplicación que busca optimizar la búsqueda de parejas al ayudar a los usuarios, utilizando los signos zodiacales, para determinar la “compatibilidad astrológica” con otros perfiles, incluso antes de enviar un mensaje.

Los datos respaldan la decisión: un estudio (de la misma empresa) arrojó que un 30% de quienes usan esta plataforma admite revisar el signo zodiacal de un match antes de salir en una primera cita, y el 40% de los solteros afirmó que las “predicciones amorosas astrológicas” moldeó sus decisiones en 2025. Por otra parte, un tercio de los usuarios de la generación Z y millennials consideran la compatibilidad astrológica antes de una primera salida, mientras que un 16% consulta el tarot para consejos románticos. La misma App experimentó un aumento cercano al 20% en los “Likes” enviados por mujeres en perfiles con modo astrológico activo.

De esta manera, pareciera que el zodíaco se ofrece como un mecanismo de reducción ante la incertidumbre, transformando en dato lo que, a primeras, asoma como incierto: un perfecto desconocido. Pues bien, ¿qué nos dice esto? ¿Podemos catalogarlo como un síntoma de nuestro tiempo? Quizás repasar nuestra historia pueda brindar luces ante el fenómeno.

La confianza depositada en los astros no es novedad nuestra. Ya los sumerios, en el 3.000 a.C., registraban e identificaban constelaciones, patrones cosmológicos y trazaban horóscopos para determinar fechas propicias para matrimonios dinásticos. La astrología védica o Jyotish (“ciencia de la luz”), en la India, es una de las tradiciones más formalmente desarrolladas en relación con el matrimonio. Lejos de ser una práctica residual, el mecanismo continúa activo en las tierras de Shiva: a través de un sistema denominado Koota matching, se comparan las posiciones lunares de las cartas astrales natales del novio y la novia para determinar la compatibilidad de la pareja. En Roma, a su vez, los horóscopos natales servían para concertar uniones entre familias aristoc ráticas. En su obra Ancient Astrology, el historiador Tamsyn Barton da cuenta de cómo esta práctica fue usual entre la élite romana y algunos emperadores, como Tiberio y Augusto.

El siglo XIX fue un siglo marcado por el avance científico y el materialismo. Resulta interesante, no obstante, constatar hasta qué punto, a la sombra de ese progreso, también creció el interés por otros saberes que escapan a los moldes métodicos y rigurosos del juego científico. En los albores del psicoanálisis, cuando sus conceptos aún estaban gestándose, la joven disciplina convivía en un ambiente intelectual marcado por el auge del espiritismo y la investigación de los fenómenos ocultos. Ante la ‘muerte de Dios’, lo sagrado quedó desplazado por la ciencia y el Estado, generando un vacío que los marcos valóricos tradicionales fueron incapaces de llenar. De allí la proliferación de médiums, sesiones de tabla ouija en salones victorianos, los adeptos a Blavatsky, la Sociedad Teosófica y la fascinación por Oriente, el Hermetismo y la alquimia.

Personajes notorios de ese tiempo deambularon por estas fronteras. Freud escribió sobre telepatía y estudió los sueños con una metodología que, a ratos, roza la adivinación; el físico y astrónomo Johann Karl Friedrich Zoellner utilizó por primera vez el concepto de cuarta dimensión para explicar los fenómenos de materialización espiritista. Ya en el siglo XX, Jung incursionó en el terreno de lo oculto a través del misticismo, la grafología, la astrología, los mándalas y la alquimia, para articular un nuevo lenguaje para la psicología moderna: el concepto de inconsciente colectivo —los arquetipos, la sombra, el Self— es, en no menor medida, la reescritura en vocabulario científico de lo que la tradición hermética llamaba el “alma del mundo”.

Pareciera que reducir el universo a materia y energía no ha bastado para ofrecerle a éste una importancia. Allí donde la ciencia moderna ha permitido explicar cómo funciona el mundo, no ha podido fundamentar por qué vale la pena vivirlo. De allí nuestra tendencia a construir fantasmas, crear religiones y esgrimir verdades metafísicas que doten de sentido, orden y consuelo a nuestras vidas.

Bajo esta lógica, el Astrology Mode de Tinder no sería una rareza del siglo XXI, sino un gesto análogo a los ya señalados: un delegar el juicio del deseo en una categoría externa al sujeto. Sin embargo, lo que distingue a esta tendencia no es solo la fuente de la delegación, sino la naturaleza de lo delegado. Al codificar el deseo en un signo zodiacal y filtrarlo por medio de un algoritmo, lejos de articularlo, se lo amputa: en el intento por optimizar la búsqueda se esconde la ilusión de un encuentro sin riesgo, sin la oscuridad o los temores que todo hallarse con otra mirada supone. Lo inquietante no es que consultemos las estrellas —lo hemos hecho siempre—, sino que lo hagamos para evitar al otro en lugar de encontrarlo. Tolkien lo intuyó desde la ficción: al declarar su amor por Lúthien ante el rey Thingol, Beren sentencia: «Y aquí hallé lo que no buscaba, pero que, una vez hallado, quisiera poseer por siempre». El deseo sólo es reconocido en cuanto acontece, no antes; y es, precisamente, lo irreductible de ese “tesoro” con que Beren se cruza – con ese campo de sonrisas y rosas que la vida nos regala cuando nos encontramos, sin buscarlo, con el amor –, lo que contrasta tan radicalmente con una lógica que pretende anticipar y cuantificar precisamente aquella dimensión del deseo que escapa a toda representación.

En el fondo, lo que está en juego es si aún somos capaces de sostener la experiencia de no saber. En un tiempo que confunde honestidad con transparencia, y donde lo extraño y la incertidumbre admiten poca tolerancia, el anhelo del match perfecto es precisamente la ilusión de un encuentro sin extrañeza ni apertura hacia lo desconocido. Porque el deseo, en su fertilidad y humanidad, no irrumpe en el condicionamiento ni en la compatibilidad, sino en el umbral: en ese instante en que el otro aún es un misterio, un caminante por conocer, una presencia en cuya compañía podemos aspirar a colmar con una dosis de eternidad el momento presente.

Resignar ese umbral y dejar que las estrellas administren lo que solo la vida puede resolver, no es solo una renuncia al riesgo del amor, sino también un olvido del deseo y del cultivo de las imágenes que lo alimentan. Lo verdaderamente inquietante no es la confianza en el cosmos; es que se claudique, con tal de obtener una ilusión de certeza y seguridad, a permitir que el genuino deseo irrumpa allí donde no lo esperamos, dejando con ello que la vida sea vivida y conducida por algo otro. Lo preocupante, al final, es la comodidad con que nos hemos ido acostumbrando a dejarnos vivir.

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