Catorce años después de DACA sigo esperando que este país me reconozca como suyo

Tenía 8 años cuando llegué a Estados Unidos desde Colombia. Tenía 21 cuando DACA me dio, por primera vez, algo parecido a un futuro.

Hoy tengo 35. Me gradué de la universidad con dos licenciaturas. Trabajo como científico de laboratorio médico en Texas. Durante la pandemia de COVID-19 estuve en primera línea, ayudando a sostener un sistema de salud al borde del colapso. Compré una casa y formé una familia. Mi esposa es ciudadana estadounidense y mis tres hijos también. Yo no.

El 18 de febrero de 2026, agentes de inmigración me detuvieron en la calle. Iba al hospital a entregarle leche materna a mi hija recién nacida, que llevaba doce días en la unidad de cuidados intensivos neonatales. En ese momento mi DACA y autorización de trabajo estaban vigentes.

Aun así, fui detenido a pesar de mostrar mi DACA vigente, y pasé meses detenido, separado de mi esposa y de mis hijos.

Mi esposa lo dijo mejor que yo: “Habíamos comprado nuestra casa el año pasado. Sentíamos que por fin estábamos construyendo nuestro futuro. Nunca imaginamos que algo así pudiera ocurrir”. Tampoco yo.

Durante años, el debate sobre DACA giró en torno a estudiantes universitarios, a jóvenes llenos de promesas. Pero esa generación ya creció. Ya no somos adolescentes soñando despiertos: somos trabajadores, profesionales, contribuyentes, padres y madres de hijos estadounidenses. Pagamos hipotecas e impuestos. Criamos familias. Construimos comunidades.

Lo que DACA nunca fue —ni prometió ser— es una solución permanente. Durante catorce años hemos renovado permisos temporales mientras intentamos construir vidas permanentes. Es una contradicción que se vive en el cuerpo, como una amenaza de fondo que nunca desaparece del todo.

Este junio en este aniversario de DACA, no pido privilegios. Pido lo que cualquier padre pide: poder estar presente. Poder llevarle leche a mi hija en la NICU sin que eso se convierta en el último acto libre antes de una detención.

Por eso, en este aniversario, hago un llamado concreto: que se ponga fin de inmediato a los ataques contra los beneficiarios de DACA. Esto incluye las detenciones, las demoras, las deportaciones de personas que cumplieron cada una de las reglas. Y que el Congreso apruebe de una vez una solución permanente. Llevamos catorce años esperando y nuestras familias no pueden seguir viviendo en este limbo.

La pregunta ya no es quiénes somos los Dreamers. Eso lo hemos demostrado con creces.

La pregunta es cuánto tiempo más tendremos que demostrar que pertenecemos al único país que hemos llamado hogar.

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