Tu cerebro sabe varios segundos antes que tú mismo si vas a acercarte a alguien en una fiesta

Ya sea durante una fiesta, en una reunión o en cualquier otro contexto social, solemos pensar que primero, decidimos, y después, actuamos. Sin embargo, una investigación liderada por la Universidad Hebrea de Jerusalén y difundida en Nature Communitacions apunta a una posibilidad mucho más intrigante: el cerebro podría comenzar a preparar determinadas respuestas sociales varios segundos antes de que aparezca la sensación consciente de haber tomado una sencilla resolución.

La idea resulta fascinante porque cuestiona una noción muy asentada. Tendemos a asumir que la conciencia dirige cada paso del proceso. No obstante, cada vez se publican más trabajos que sugieren que la relación entre percepción lúcida y comportamiento es bastante menos directa de lo que aparenta.

En esta ocasión, el hallazgo no gira en torno a reflejos ni reacciones automáticas. Lo verdaderamente revelador es que los investigadores detectaron una firma cerebral capaz de anticipar el inicio de un encuentro con otro ser antes incluso de que la acción llegue a manifestarse. En otras palabras, el encéfalo parece entrar en una fase preparatoria cuando una aproximación está a punto de producirse.

Tu próximo encuentro con otra persona podría empezar antes de que lo percibas

A lo largo de bastantes años, los neurocientíficos han intentado desentrañar cómo nace una conducta social. ¿Qué ocurre en el cerebro cuando decidimos dirigirnos hacia otra persona? ¿En qué instante surge ese impulso? ¿Y cómo se transforma en una respuesta concreta? Responder a esas preguntas no resulta sencillo. Aunque una conducta puede contemplarse desde el exterior, los mecanismos que la originan permanecen ocultos entre millones de neuronas que intercambian información de manera constante.

Con el objetivo de resolver ese problema, el equipo desarrolló un sistema experimental que permite seguir procesos de afiliación en tiempo real. El trabajo fue dirigido por la doctora Lilah Avitan en el Centro Edmond y Lily Safra para las Ciencias del Cerebro, y la conclusión principal resultó sorprendente: el patrón cerebral no emerge cuando el animal empieza a moverse, sino varios segundos antes de que el contacto se materialice en realidad.

Un pez diminuto con un cerebro sorprendentemente útil

Para investigar este proceso, los especialistas recurrieron al pez cebra, uno de los organismos modelo más empleados en neurociencia. Su pequeño tamaño y la posibilidad de registrar actividad neuronal con enorme precisión lo convierten en una herramienta especialmente valiosa para examinar mecanismos cerebrales complejos.

Recurrieron al pez cebra, uno de los organismos modelo más empleados en neurociencia como herramienta especialmente valiosa para examinar mecanismos cerebrales complejos.

En el experimento, un ejemplar observaba a otro que nadaba cerca. Al mismo tiempo, los científicos registraban lo que sucedía en el encéfalo del observador célula a célula.

La magnitud del estudio fue notable. Los autores analizaron 44 parejas de peces y registraron simultáneamente la actividad de más de 12.000 neuronas durante sesiones de unos treinta minutos. Ese enorme volumen de información permitió reconstruir con gran detalle la cadena de acontecimientos nerviosos que desembocaba en cada interacción.

Gracias a esta configuración, los registros revelaron cambios previos a la reacción afiliativa. En lugar de estudiar solo el desplazamiento final, el grupo científico logró reconstruir los sucesos que acababan conduciendo hasta él.

Sincronizarse con otro pez aumenta las probabilidades de interacción

Las evidencias muestran que el acercamiento a otro ejemplar no depende exclusivamente de dónde se halla el individuo observado. El momento también desempeña un papel decisivo.

Los peces observadores tendían a iniciar sus desplazamientos apenas unos 150 milisegundos después de que se moviera el otro pez. Esa diferencia temporal era demasiado pequeña para atribuirla al azar y reflejaba una coordinación extraordinariamente precisa entre ambos animales. De hecho, los movimientos que surgían dentro de esa ventana de tiempo tenían muchas más probabilidades de convertirse en episodios de interacción que aquellos que aparecían fuera de ella.

El examen de los datos reveló asimismo diferencias llamativas entre unos peces y otros. Alrededor de un 35 por ciento de los ejemplares exhibía una tendencia reducida hacia la compañía de sus congéneres, una variabilidad que ya había sido documentada en investigaciones anteriores.

Aquellos animales que mostraban una sincronización más intensa con los desplazamientos de sus pares tendían a presentar niveles superiores de sociabilidad. Por ese motivo, la capacidad para coordinar acciones con otros miembros de la misma especie podría constituir uno de los ingredientes fundamentales de la vida en grupo.

Una firma cerebral aparece antes del movimiento

Los registros permitieron detectar un fenómeno singular. Cuando un pez estaba a punto de dirigirse hacia un semejante, la señal neuronal comenzaba a modificarse varios segundos antes del movimiento. Y, bajo determinadas circunstancias, la anticipación resultó aún más curiosa.

Esta huella cerebral podía surgir hasta diez segundos antes del episodio social cuando el comportamiento del acompañante mantenía una trayectoria estable durante más tiempo. Para un sistema nervioso tan pequeño, se trata de un intervalo inusualmente amplio. Lejos de concentrarse en un único punto, el fenómeno involucraba regiones distribuidas por distintas zonas del encéfalo. Algunas incrementaban su actividad; otras reducían su participación.

A partir de ahí emergía una configuración coordinada capaz de anticipar la conducta posterior. Los autores describen este fenómeno como un estado de predecisión, una condición neuronal que anuncia que una respuesta está próxima a manifestarse. Y lo verdaderamente esclarecedor era que aquel esquema no se limitaba a acompañar la acción posterior, sino que servía para anticiparla.

Cuando un pez estaba a punto de dirigirse hacia un semejante, la señal neuronal comenzaba a modificarse varios segundos antes del movimiento.

El grupo investigador comprobó que la información contenida en la dinámica previa permitía predecir si el siguiente trayecto tendría carácter afiliativo o no. En otras palabras, el cerebro ya estaba revelando la naturaleza de la respuesta futura antes de que esta comenzara. Además, la marca neuronal no permanecía confinada a una única región especializada. Los datos apuntaban a una reorganización distribuida del funcionamiento cerebral, con áreas que aumentaban su participación mientras otras reducían su protagonismo de manera coordinada.

El palio emerge como una pieza decisiva

De todas las áreas implicadas, una destacó por encima de las demás. Se trata del palio, una estructura cerebral asociada a conductas complejas. Cuando los peces estaban a punto de dirigirse hacia otro semejante, la actividad aumentaba de manera notable en esa región. Paralelamente, amplias poblaciones neuronales del cerebro medio y posterior reducían su participación.

Los hallazgos sugieren que el palio interviene en la generación del impulso social. No se trata únicamente de ejecutar una acción física, sino de contribuir a la predisposición que conduce hacia ella.

Los científicos no se limitaron a observar el fenómeno. Para poner a prueba la importancia de esta estructura, eliminaron mediante láser alrededor de 46 neuronas distribuidas en ambos hemisferios del palio. Tras la intervención, los ejemplares conservaban intactas la visión y la capacidad de nadar. Sin embargo, mostraban una tendencia mucho menor a buscar la compañía de otros peces.

La manipulación del palio afectó solamente a unas pocas decenas de neuronas y, pese a ello, alteró de manera clara la tendencia de los animales a establecer vínculos con sus semejantes.

Esa diferencia posee una relevancia especial porque aporta una evidencia mucho más sólida. No se trata simplemente de que el palio se active durante este tipo de comportamientos; las evidencias, como decimos, indican que participa de forma directa en la generación de esa inclinación social. Y la interpretación gana todavía más fuerza porque la manipulación afectó solamente a unas pocas decenas de neuronas y, pese a ello, alteró de manera clara la tendencia de los animales a establecer vínculos con sus semejantes.

Los peces más sociables mostraban firmas más intensas

Pero las diferencias no acababan ahí. Los autores detectaron variaciones significativas entre unos ejemplares y otros. Aquellos que mostraban una respuesta preparatoria más marcada tendían a aproximarse con mayor frecuencia a sus congéneres. Por el contrario, los animales menos sociables presentaban señales mucho más débiles.

A partir de ahí, la intensidad de esa firma reflejaba el grado de impulso social. Ese indicador no solo anticipaba un futuro acercamiento, sino que aportaba pistas sobre la predisposición general del sujeto hacia la interacción con otros. Y esta observación resulta especialmente sugestiva porque vincula la dinámica cerebral con rasgos conductuales bastante persistentes.

Recreación artística de una interacción social en curso. ChatGPT, César Noragueda.

Cuanto más distintas aparecían las señales asociadas a los acercamientos y a los desplazamientos no sociales, mayor era la probabilidad de que el pez exhibiera una marcada querencia por relacionarse. La conclusión posee una importancia notable porque la misma actividad que permitía anticipar una conducta futura ofrecía información sobre el grado de sociabilidad de cada individuo.

Lo que estos peces podrían estar revelando sobre nosotros

Conviene interpretar estos descubrimientos con cautela. El estudio se realizó en pez cebra y no demuestra que exactamente el mismo mecanismo opere en seres humanos. Aun así, numerosos circuitos relacionados con la sociabilidad muestran semejanzas evolutivas entre distintas especies de vertebrados. A causa de esto, trabajos como este permiten identificar patrones amplios sobre la manera en que el cerebro organiza los vínculos con quienes le rodean.

Los científicos sostienen que el acercamiento a otro individuo no surge de una única región especializada, sino de una red distribuida que coordina áreas distintas durante varios segundos antes de la acción. Esa organización recuerda a procesos observados en otros vertebrados cuando preparan decisiones complejas o comportamientos dirigidos hacia un objetivo concreto.

Durante mucho tiempo, los neurocientíficos han intentado comprender cómo el cerebro transforma la percepción de otro individuo en un comportamiento afiliativo. Este trabajo aporta una pieza especialmente valiosa porque permite observar ese proceso mientras se desarrolla, en lugar de examinar solo el resultado final.

Asimismo, las conclusiones ayudan a explicar por qué algunos sujetos muestran una mayor propensión a relacionarse que otros. La respuesta podría no depender únicamente de la información que procede del entorno, sino también de la intensidad con la que determinadas redes neuronales entran en ese estado preparatorio.

Este trabajo abre nuevas vías para entender cómo surge la motivación que impulsa las relaciones sociales y cómo se construyen algunas decisiones antes de que lleguen a la conciencia.

Un detalle final que cambió la interpretación del estudio

El experimento definitivo llegó cuando los científicos sustituyeron al congénere auténtico por un simple punto luminoso que reproducía exactamente la misma trayectoria. A primera vista, el cambio parecía menor. El desplazamiento seguía presente y los peces continuaban percibiendo un estímulo visual en una posición semejante. Sin embargo, ocurrió algo inesperado.

La señal cerebral no refleja la simple preparación de un desplazamiento, sino que parece codificar el significado social del estímulo observado.

La firma neuronal que anticipaba los episodios de interacción prácticamente se desvaneció. El cerebro distinguía entre seguir un objeto en movimiento y prepararse para relacionarse con otro miembro de su especie. Esa derivación posee una importancia especial porque demuestra que la señal cerebral no refleja la simple preparación de un desplazamiento. Más bien, parece codificar el significado social del estímulo observado.

El panorama se volvió todavía más revelador cuando los investigadores repitieron los análisis después de eliminar las neuronas del palio. No solo disminuyó la sociabilidad. También desapareció la capacidad de descifrar, a partir de la actividad neuronal precedente, si el siguiente movimiento tendría carácter afiliativo. Así, las evidencias insistían en que aquellas neuronas no constituían solamente un acompañamiento de la conducta: formaban parte activa del mecanismo que permitía transformar la información social en una futura respuesta.

Si mecanismos equivalentes operasen en otros vertebrados, incluidos seres humanos como nosotros, ese proceso podría ponerse en marcha varios segundos antes de que la persona llegase siquiera a advertir que está a punto de acercarse a alguien. Porque quizá esa sea la conclusión más intrigante de todo el trabajo, que, antes de que aparezca la sensación de haber tomado una elección relacional, como decimos, el cerebro podría haber comenzado ya a recorrer el camino que conduce hacia ella.

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