La guerra ha vuelto al norte de Etiopía. Otra vez. El punto de no retorno llegó cuando combatientes del Frente de Liberación del Pueblo de Tigray (TPLF) tomaron el miércoles los aeropuertos de Mekelle. Axum y Shire, además de enfrentarse a tropas federales en otras zonas de Tigray y en la vecina región de Afar. Ethiopian Airlines ha suspendido los vuelos a los tres aeropuertos y la Unión Africana pidió, con escaso éxito, el cese inmediato de las hostilidades.
Los sucesos que hoy se escurren entre los titulares comenzaron en noviembre 2022. Fue cuando el Gobierno etíope y el TPLF firmaron un acuerdo en Pretoria que puso fin a la guerra de Tigray. Medio millón de muertos después del inicio de la guerra en 2020, aquel pacto detuvo los grandes combates, pero fracasó a la hora de resolver los problemas principales que llevaron al conflicto: el control de territorios disputados entre diferentes etnias, el desarme de las fuerzas tigranias y la relación entre el Gobierno y las autoridades de Tigray. La paz firmada en Pretoria arrastró desde sus inicios un sabor insatisfecho que los analistas advirtieron que llevaría, antes o después, a la reactivación del conflicto.
No ha sido un estallido imprevisto. Ha sido por acumulación. Durante los últimos meses, las cuestiones antes mencionadas volvieron a tensar la relación entre Mekelle y Addis Abeba, precipitándose los acontecimientos. En mayo, el TPLF recuperó el control de la administración regional de Tigray después de una crisis política interna, y desde entonces se han sucedido los movimientos militares, acusaciones cruzadas y ataques con drones por parte del Ejército federal.
Una coalición contra el primer ministro
Pero el TPLF no es el único grupo armado que preocupa al gobierno federal. En Etiopía conviven una decena de grupos armados de base étnica y territorial que continuamente se alzan en armas para alcanzar sus aspiraciones políticas, que son en extremo variadas: reparto de poder, de dinero, de competencias territoriales, etc. Incluso los hay que combaten para obtener la independencia, como ocurre con el ONLF, en la región somalí, que alcanzó un acuerdo de paz con el Gobierno en 2018 sin llegar a disolverse del todo. Otro grupo popular sería las milicias Fano, nacidas en la región de Amhara como respuesta a los intentos de Abiy Ahmed de centralizar la fuerza militar de Etiopía.
El objetivo del primer ministro etíope consistía entonces en suprimir las milicias étnicas (históricas en Etiopía) y concentrar el músculo militar en un único ejército nacional. Pero esa política, aparentemente sensata, empujó a los tigranios a las armas en 2020 y a los fano en 2023. ¿El motivo? Que centralizar el poder en Addis Abeba, inclusive el militar, disminuiría las dosis de poder de los grupos étnicos mayoritarios en una nación donde ese equilibrio inestable entre los amara, oromo, tigranios y afar, además de las etnias mayoritarias, representa su esencia política. Y guerra en Tigray. Y nace la insurgencia en Amhara. Y Abiy Ahmed es acusado por múltiples organismos internacionales, en múltiples ocasiones, de bombardear objetivos civiles en su lucha contra quienes se opusieron a su visión del Estado.
Los grupos armados luchan a veces entre ellos; otras veces contra el Gobierno federal; en ocasiones firman treguas que les mantienen en estado latente durante años. Pero fue cuatro días antes de que el TPLF tomase los tres aeropuertos cuando siete organizaciones armadas etíopes anunciaron la creación de la Ethiopian Peoples’ Forces Alliance for Survival. Una alianza cuyo objetivo declarado es acabar con el gobierno de Abiy Ahmed y establecer a continuación un gobierno de transición que gestionen los siete grupos que han dedicado los últimos cincuenta años a odiarse mutuamente.
Esta coalición es tan extraña que, cuando se hizo el anuncio, muchos no lo creyeron, porque reúne al TPLF con organizaciones que hasta hace poco eran sus adversarios, inclusive los Fano. Los Fano colaboraron con el Gobierno durante la guerra de Tigray (antes de levantarse ellos mismos en armas en 2023), participando en las masacres de tigranios a quienes ahora llaman aliados. Quizás sea este vaivén de alianzas y traiciones el que mejor explique la complicada escena política que pesa sobre Etiopía. También forma parte de la alianza el Oromo Liberation Army (OLA), que lleva años enfrentándose al Gobierno en Oromía, además de grupos armados de Afar, Benishangul-Gumuz y el ONLF de la región somalí.
Es importante señalar que esta alianza no significa que todos los grupos estén participando en la ofensiva iniciada el miércoles por el TPLF. Sus intereses, territorios y capacidades militares son diferentes, y ningún papel firmado elimina del todo las disputas que existen entre ellos. Su importancia reside en otra cuestión: varias insurgencias regionales con historiales opuestos han encontrado un objetivo político que les une, y ese objetivo es derrocar a Abiy Ahmed. Parte de la deslegitimización que achacan al primer ministro serían las elecciones generales celebradas en junio de este año, donde no pudieron votar los habitantes de Tigray y de varias zonas de Amhara.
El Ejecutivo etíope sostiene además que la alianza cuenta con apoyo de Eritrea, una acusación que rechazan desde Asmara. La relación entre ambos países se ha deteriorado desde que terminaron los combates en Tigray. Durante aquella guerra, igual que hicieron los Fano, Eritrea combatió junto a las fuerzas federales etíopes contra el TPLF. Y hoy, igual que ocurre con los Fano, las relaciones entre Addis Abeba y Asmara vuelven a estar marcadas por las disputas territoriales, la cuestión del acceso etíope al mar Rojo y el papel de ambos países en los conflictos que se extienden a lo largo de la región.
El interrogante es ahora hasta dónde llegará la coordinación entre los grupos. Por el momento, los combates principales siguen concentrados en el norte, aunque ya han alcanzado Afar y Amhara. La capacidad de la nueva alianza para trasladar la presión a otras partes del país será uno de los factores que determinarán si la crisis queda limitada a Tigray o adquiere una dimensión mayor.
Uno de los últimos episodios violentos se produjo el 20 de septiembre, escasos días antes de la ofensiva del TPLF. Un convoy humanitario fue alcanzado por un ataque con dron en el noroeste de Tigray mientras transportaba alimentos destinados a población desplazada. El ataque destruyó uno de los camiones y su carga. La Unión Europea ha condenado los ataques contra convoyes humanitarios y ha reclamado que se garantice el acceso de las organizaciones de ayuda, con el recuerdo vigente de la catástrofe humanitaria que supuso la última guerra de Tigray.
El Cuerno de África bajo presión
La crisis etíope llega además en el momento menos propicio para la estabilidad del Cuerno de África. Sudán continúa inmersa en una guerra iniciada en 2023 que se considera la mayor catástrofe humanitaria del planeta, con millones de desplazados y de civiles susceptibles a la hambruna. Sudán del Sur mantiene una situación de elevada inseguridad alimentaria que se suma al recrudecimiento del conflicto en el norte. Y Somalia encadena décadas de guerras y crisis humanitarias que no parecen tener fin.
La Organización Mundial de la Salud calcula que 37,8 millones de personas de seis países del Cuerno de África (entre ellos Etiopía, Sudán, Sudán del Sur y Somalia) afrontan o pueden afrontar inseguridad alimentaria aguda, mientras 4,9 millones de niños sufren desnutrición aguda. Una nueva guerra prolongada en Etiopía añadiría presión sobre una región que ya soporta varios conflictos simultáneos y donde el flujo de refugiados que huyen a naciones vecinas amenaza con hacerse insostenible.
Este es el escenario que más preocupa a la Unión Africana. Su presidente, Mahmoud Ali Youssouf, ha pedido a las partes etíopes que vuelvan inmediatamente al diálogo y ha advertido a los países vecinos de que eviten cualquier actuación que pueda aumentar la escalada. Es una petición que suena a súplica. Y las últimas noticias que hablan de la cancelación de los vuelos a Lalibela por la proximidad de los combates son la respuesta recibida.