Hay decisiones cotidianas en el trabajo que parecen pequeñas, pero que tienen consecuencias importantes. Una de ellas es hablar o callar ante un problema. Aunque muchas organizaciones dicen fomentar la participación, lo cierto es que no siempre resulta fácil señalar errores, proponer cambios o cuestionar lo establecido.
Un reciente estudio publicado en Journal of Applied Psychology se centra precisamente en ese momento: qué hace que una persona decida intervenir o mantenerse en silencio. El trabajo no se limita a describir el problema, sino que analiza cómo ciertos detalles en la forma de comunicar una situación pueden cambiar la conducta de los empleados de forma medible.
Por qué hablar en el trabajo implica un riesgo real
En muchas organizaciones, expresar una opinión crítica no es una acción neutral. Puede percibirse como una amenaza, generar tensiones o incluso afectar a la reputación profesional. Por eso, aunque “dar voz” a los empleados se considera positivo, en la práctica muchas personas optan por no intervenir.
El propio estudio señala que los trabajadores “a menudo creen que es demasiado arriesgado expresar sus preocupaciones”, lo que explica por qué el silencio es más frecuente de lo que cabría esperar. Esta percepción del riesgo no es irracional: hablar puede implicar sanciones informales, pérdida de oportunidades o conflictos con superiores.
Además, la decisión de hablar no es automática. Implica una evaluación mental en la que se comparan posibles beneficios y costes. Como explica el artículo, “las decisiones de hablar implican cálculos cognitivos sobre los costes y beneficios”. Cuando los riesgos percibidos superan a los beneficios, el resultado suele ser el silencio.
Este equilibrio explica por qué muchas iniciativas empresariales para fomentar la participación fracasan. No basta con pedir opiniones: hay que modificar cómo las personas perciben las consecuencias de hablar.

La teoría que lo explica: por qué las pérdidas pesan más que las ganancias
Para entender este fenómeno, los autores recurren a una idea clave de la psicología: la teoría de las perspectivas. Según este enfoque, las personas reaccionan de forma diferente ante una misma situación dependiendo de cómo se presenta.
El artículo lo resume de forma clara: “las personas son más propensas a asumir riesgos cuando las situaciones se presentan en términos de pérdidas que podrían evitarse”. Es decir, cuando algo se plantea como una posible pérdida, la reacción suele ser más intensa que cuando se presenta como una ganancia equivalente.
Esto ocurre porque, psicológicamente, “el impacto hedónico de una pérdida es más fuerte que el de una ganancia”. En términos sencillos, perder duele más que ganar produce satisfacción. Y ese desequilibrio afecta directamente a la toma de decisiones.
Aplicado al entorno laboral, esto significa que no es lo mismo decir “podemos mejorar” que decir “podemos perder algo importante si no actuamos”. Aunque el contenido sea similar, la reacción que provoca puede ser muy distinta.
Este principio, conocido como aversión a la pérdida, es el punto de partida del estudio. Pero los autores van más allá: no solo analizan el efecto de las pérdidas, sino también cómo influye a quién afectan esas pérdidas.
Cuando el problema deja de ser individual
Uno de los aspectos más interesantes del estudio es que no se limita a analizar decisiones individuales. Introduce una segunda variable clave: si las consecuencias afectan solo a la persona o a un grupo más amplio.
La investigación plantea que, en muchos casos, las personas se centran en protegerse a sí mismas. Sin embargo, cuando se hacen visibles las consecuencias para otros, el comportamiento cambia. Como explican los autores, “las preocupaciones colectivas pueden aumentar la disposición a hablar porque el daño potencial es mayor cuando afecta a más personas”.
Este cambio tiene una base psicológica clara. Cuando una decisión afecta a otros, disminuye el peso del interés individual y aumenta la motivación prosocial. Es decir, la persona deja de evaluar solo su propio riesgo y empieza a considerar el impacto global.
Además, existe un efecto adicional: hablar en nombre de un grupo puede resultar más seguro que hacerlo en solitario. El estudio menciona la idea de “seguridad en números”, que reduce la percepción de riesgo individual.
En este contexto, el silencio deja de ser una opción cómoda. Si no intervenir implica perjudicar a otros, la inacción empieza a percibirse como una pérdida mayor que el riesgo de hablar.

El resultado clave: cuando se combinan pérdidas y colectivo
Es en este punto donde aparece el hallazgo central del estudio. Los autores comprobaron que no basta con hablar de pérdidas, ni tampoco con enfatizar lo colectivo por separado. El efecto más potente surge cuando ambas cosas se combinan.
En sus experimentos, encontraron que “la conducta de voz es mayor con un encuadre que resalta el potencial de pérdidas colectivas”. Es decir, cuando un problema se presenta como algo que puede perjudicar a todo el grupo, las personas están más dispuestas a intervenir.
Los datos empíricos refuerzan esta idea. En distintos estudios, los participantes mostraron mayor disposición a hablar cuando pensaban en pérdidas que podían afectar al conjunto, no solo a ellos mismos. En contextos reales, esto se tradujo en una mayor frecuencia de comunicación hacia los superiores.
Los análisis también muestran que este efecto es consistente en diferentes sectores y tipos de organización. No se trata de un caso aislado, sino de un patrón repetido: cuando las pérdidas son compartidas, la probabilidad de actuar aumenta de forma significativa.
Este resultado ayuda a entender por qué ciertos mensajes funcionan mejor que otros en entornos laborales. No es solo lo que se dice, sino cómo se enmarca y a quién se vinculan las consecuencias.
Lo que cambia en la práctica: una herramienta para líderes
Más allá de la teoría, el estudio tiene implicaciones claras para la gestión. Los autores destacan que el encuadre es un factor “maleable y contextual”, lo que significa que puede modificarse sin cambiar la situación objetiva.
En la práctica, esto implica que un mismo problema puede generar respuestas muy distintas según cómo se comunique. Un enfoque centrado en oportunidades puede resultar menos movilizador que uno que enfatice riesgos concretos.
Además, hacer visibles las consecuencias colectivas puede reducir el miedo a hablar. Cuando los empleados perciben que su intervención protege al grupo, la decisión deja de ser individual y pasa a tener un componente ético.
El estudio también advierte que esto no elimina todos los obstáculos. Factores como la percepción de inutilidad o la falta de respuesta por parte de la dirección siguen siendo relevantes. Sin embargo, modificar el encuadre puede ser un primer paso efectivo para cambiar comportamientos.
En definitiva, el trabajo muestra que pequeñas variaciones en el lenguaje pueden tener efectos profundos. No se trata de manipulación, sino de entender cómo funciona la mente humana en contextos de riesgo y decisión.
Referencias
- Thomas, J. P., Booth, J. E., Thompson, P. S., & Bolino, M. C. (2026). When (collective) losses loom larger than voice pains: The effect of loss framing on willingness to speak up at work. Journal of Applied Psychology. https://doi.org/10.1037/apl0001372.

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