Un equipo de ingenieros del siglo XIX confirmó que una columna de unas 600 toneladas podía levantarse sin grúas modernas, usando unos 3.000 hombres, de los cuales cerca de 1.700 tiraron directamente del sistema de izado. La hazaña ocurrió en San Petersburgo, donde la Columna de Alejandro se alzó para conmemorar la victoria rusa sobre Napoleón. El monolito de granito rojo mide unos 25,45 metros y forma parte de un monumento de 47,5 metros de altura, coronado por un ángel con una cruz.
La columna no fue ensamblada: salió de una sola pieza de granito rojo extraída en Finlandia. Aquel bloque, tallado en la zona de Virolahti, tuvo que ser transportado por mar hasta San Petersburgo en una barcaza diseñada para soportar una carga casi absurda.
El dato desconcierta incluso hoy: una masa de alrededor de 600 toneladas fue movida, pulida, embarcada y colocada en vertical sin maquinaria industrial moderna. No había motores hidráulicos ni grúas de acero como las actuales. Había madera, hierro, cuerdas, poleas, cálculos precisos y una multitud coordinada como si fuera una sola criatura.
Una masa de alrededor de 600 toneladas fue movida, pulida, embarcada y colocada en vertical sin maquinaria industrial moderna.
El arquitecto Auguste de Montferrand dirigió el proyecto, mientras el izado se atribuye al ingeniero William Handyside. La operación convirtió la plaza del Palacio en un teatro de ingeniería, con andamios, cabestrantes y cientos de líneas tensas alrededor del granito.

Según Václav Smil, en Energy and Civilization, el sistema de elevación empleó 60 cabestrantes montados en un andamio de madera de 47 metros. También se usaron 522 cuerdas, preparadas para repartir el esfuerzo y evitar que el peso venciera de golpe la estructura.
Lo extraordinario no fue solo la fuerza, sino la sincronización. Un error de ritmo podía inclinar el monolito, romper una cuerda o convertir la plaza en una catástrofe. Cada giro de cabestrante era una pequeña victoria contra la gravedad.
Lo extraordinario no fue solo la fuerza, sino la sincronización.
Las fuentes suelen citar unos 3.000 hombres implicados en la operación y menos de 2 horas para levantar la columna; algunas descripciones distinguen entre el total de trabajadores y los aproximadamente 1.700 dedicados al izado directo. La cifra exacta varía según la fuente, pero el prodigio permanece intacto: una montaña fue puesta de pie con músculos humanos.

El detalle más inquietante es este: la Columna de Alejandro no está fijada con anclajes a su base; se mantiene estable por su propio peso y por la precisión de su colocación. La piedra descansa tan bien asentada que la gravedad, su mayor enemiga durante el izado, se convirtió después en su guardiana.
Por eso este monumento alimenta tantas fantasías. Como ocurre con las pirámides o los grandes megalitos, cuando una obra supera nuestra intuición cotidiana, la imaginación corre antes que la física. Pero no hace falta invocar magia ni visitantes celestes: basta con entender energía, fricción, palancas, poleas, disciplina y una organización casi militar.
La piedra descansa tan bien asentada que la gravedad, su mayor enemiga durante el izado, se convirtió después en su guardiana.
La Columna de Alejandro sigue en pie como una aguja de granito contra el cielo de San Petersburgo. No es solo un monumento a una victoria militar, sino a una forma antigua de inteligencia colectiva: miles de cuerpos convertidos en máquina, una piedra imposible obedeciendo a la geometría y el instante exacto en que la gravedad dejó de ser amenaza para volverse equilibrio.
Referencias
- Smil, Vaclav. Energy and Civilization: A History. Cambridge, MA: MIT Press, 2017.
- Saint-Petersburg.com. “The Alexander Column in St. Petersburg, Russia.” Accessed May 31, 2026.
- “Alexander Column.” Wikipedia. Accessed May 31, 2026.

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