The focus in New York on Dexter Lawrence‘s trade request took some attention off another former first-round pick who could be on the block: Kayvon Thibodeaux.
The No. 5 overall pick in the 2022 NFL Draft enters the fifth and final year of his contract. With the Giants already paying Brian Burns big money and having drafted Abdul Carter last year, the assumption is that Thibodeaux isn’t long for New York. A trade would curtail the Giants’ pass rush but could bring some compensation for a player not in the long-term plans.
Harbaugh was asked about Thibodeaux at the opening of the Giants’ voluntary workouts on Tuesday.
“I think he’s a great player. I’m excited about him,” Harbaugh responded. “I was fired up to see him today. He looks great, he’s in great shape. I’m thinking about him on the field, getting him plugged into our defense and getting him rolling.”
The question came from Dan Duggan, long-time Giants beat reporter currently working for The Athletic, who took a playful ribbing from Harbaugh.
“You want to talk about is he a trade possibility? Everybody’s tradeable, everybody. Even you’re tradeable, Dan. If we can get something for you, we’d trade you in a heartbeat,” Harbaugh quipped to laughter from the media present.
The coach insisted his focus is on getting Thibodeaux ready to play, and let the front office handle the other aspects.
“It’s not really what you focus on,” he said of the trade chatter. “You focus on the fact that we’re having a day, we’re talking ball, we’re getting our team coming together as a team. The business part of it is the business part. That kind of swirls around us. We try to lock in on the football.”
The reality for the Giants is that the longer they hang onto Thibodeaux, the less they’ll get back in any trade return. Keeping him into the season would provide the Giants with a potent pass-rush rotation, but is that the best use of their assets long-term? The decision could come down to how quickly Harbaugh believes his team will take to legitimately compete for the division and conference titles.
Trading Thibodeaux would clear the $14.751 million guaranteed from the Giants’ books, money they could use through the season — or help them bridge the financial gap to keep Lawrence.
It was somewhat of a surprise that the Giants rebuffed calls for Thibodeaux last year, when his return might have been at its greatest. We’ll see if the organization changes course in the coming weeks. They could trade the pass rusher ahead of the 2026 NFL Draft. They could hold on until after the selection process to see if a club that struck out on the top edge players feels pressed to make a move this summer. The Giants could assess where they’re at approaching the fall trade deadline. Or they could let it ride, hope for a productive season from their first-rounder, and allow him to hit free agency in 2027 – a compensatory pick could come into play, but that would also mean the Giants wouldn’t be very active in the market next spring.
For now, Thibodeaux is a Giant. We’ll see how long that holds true.
Debe tenerse en cuenta que el conflicto en Irán no está terminado, solo pausado.
A mediano y largo plazo, bitcoin debe enfrentarse a otros problemas.
Este 8 de abril de 2026, bitcoin (BTC) cotiza alrededor de los 71.700 dólares mientras se redacta esta publicación. Anoche, la subida en el precio del activo fue inmediata: ocurrió tan pronto como el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, anunció un alto al fuego bilateral con Irán, condicionado a la reapertura del estrecho de Ormuz.
Ante esa novedad, los mercados respondieron con alivio. El petróleo cayó, bitcoin y las criptomonedas subieron, y las redes sociales se llenaron de optimismo.
El siguiente gráfico muestra cómo se ha comportado bitcoin en las últimas 24 horas:
Precio de bitcoin en las últimas 24 horas. Fuente: CoinGecko.
Pero… conviene no confundir eso con una señal de cambio de tendencia.
El alto el fuego tiene una duración de dos semanas. No es un acuerdo de paz. Es una pausa negociada bajo presión, con condicionantes técnicos y militares que ninguna de las partes ha resuelto.
Téngase en cuenta que el ministro de Relaciones Exteriores iraní aclaró —tal como CriptoNoticias lo reportó— que el paso seguro por el estrecho de Ormuz «será posible mediante la coordinación con las Fuerzas Armadas de Irán», lo que implica que Irán mantiene control operativo sobre esa vía estratégica.
El estrecho de Ormuz es un paso marítimo fundamental para la industria petrolera mundial. Fuente: Google Maps.
Trump, por su parte, justificó la suspensión de los bombardeos diciendo que «ya hemos cumplido y superado todos los objetivos militares».
Ray Dalio: «estamos en una guerra mundial»
Y, horas antes de que los mercados festejaran, Ray Dalio publicaba un análisis en X que merecía más atención que el rebote del precio. Su diagnóstico: «Lo más importante: estamos en una guerra mundial que no va a terminar pronto». Dalio es el fundador de Bridgewater, el fondo de cobertura más grande del mundo, con más de cincuenta años de experiencia en ciclos macroeconómicos globales. Su advertencia tiene peso empírico, no retórico.
El análisis de Dalio identifica con precisión el mecanismo que distorsiona la lectura de mercado en este momento: «La mayoría de la gente tiende a centrarse en los sucesos más llamativos del momento —como la situación actual con Irán— y a reaccionar ante ellos, pasando por alto los factores mucho más importantes y de mayor alcance». La subida de bitcoin del martes a la noche es un ejemplo exacto de ese mecanismo en acción.
Lo relevante no es si el estrecho de Ormuz está abierto ya mismo. Lo relevante es el mapa completo que Dalio describe: la guerra entre Rusia y Ucrania, los conflictos en Gaza, Líbano, Yemen y Sudán, y ahora el frente entre Estados Unidos, Israel y los países del Golfo contra Irán. A esto se suman lo que Dalio llama «guerras no armadas»: comerciales, tecnológicas, de capital y geopolíticas. Su conclusión: «En conjunto, estos conflictos conforman una guerra mundial muy clásica».
Para bitcoin, eso significa que el contexto de incertidumbre geopolítica estructural no desaparece con un comunicado de Trump en TruthSocial.
El precio del petróleo: el problema que persiste
El barril de Brent cayó por debajo de los 100 dólares tras el anuncio del alto al fuego. Eso es un alivio respecto a los 115 dólares que se registraban hace apenas una semana.
Precio del barril de petróleo Brent en los últimos 5 años. Fuente: TradingEconomics.
Pero, sigue siendo un precio elevado históricamente, con consecuencias concretas: el encarecimiento del petróleo alimenta presiones inflacionarias globales que reducen los incentivos de la Reserva Federal estadounidense (y de otros bancos centrales del mundo) para bajar tasas de interés. Y un entorno de tasas altas es adverso para los activos considerados de riesgo, categoría en la que bitcoin sigue siendo clasificado por la mayoría de los gestores institucionales.
Si el alto al fuego se sostiene y el Brent sigue bajando, ese escenario puede atenuarse. Si el conflicto se reanuda —o si eclosiona en otro frente de los que Dalio enumera— el petróleo volvería a subir, y con él la presión sobre la Fed. Bitcoin lo sentiría.
El problema de fondo: la computación cuántica
Independientemente de la geopolítica, Bitcoin tiene un desafío técnico que el mercado empezó a descontar este año. El 30 de marzo, Google publicó un informe donde aseguraba que una computadora cuántica —en el futuro, con tecnología aún no desarrollada— podría derivar la clave privada de una wallet de Bitcoin en menos de diez minutos.
Capriole Investments, la firma de Charles Edwards, advirtió que el mercado ya aplica un descuento del 24% sobre el valor justo de bitcoin por este riesgo. Y proyecta que ese descuento puede crecer al 40% en 2027 y al 60% en 2028 si no se implementan actualizaciones de criptografía resistente a computación cuántica.
La actualización requiere consenso y un período de adopción que puede llevar años. El tiempo corre.
El criptoinvierno no habría terminado todavía
El analista Willy Woo señaló el 29 de marzo que los modelos on-chain más tradicionales apuntan a un piso de bitcoin en la zona de entre 46.000 y 54.000 dólares. Lo hizo con matices —»solo hemos tenido cuatro mercados bajistas previos»— pero también con una advertencia directa: si el mercado de acciones entra en tendencia bajista sostenida, el impacto sobre bitcoin podría ser mayor que lo que los modelos históricos anticipan.
El rebote hasta los 71.500 dólares es real. Pero su causa —un alto al fuego de dos semanas con condicionantes militares pendientes— no justifica necesariamente leer ese movimiento como el inicio de una nueva tendencia alcista.
2026 es un año que, para bitcoin, está definido principalmente por cuatro variables que no se resuelven en dos semanas:
El conflicto geopolítico global, que Dalio describe como una guerra mundial en etapa temprana.
La política monetaria de la FED, condicionada por un petróleo que sigue caro.
El desafío técnico de la computación cuántica, que el mercado ya está descontando aunque la comunidad no haya llegado a consenso sobre cómo responderle.
Una crisis en la industria del crédito privado que podría extenderse a otras áreas y perjudicar a los mercados financieros (incluyendo el mercado de bitcoin).
El precio puede seguir subiendo en el corto plazo si el alto al fuego se sostiene. Pero los fundamentos que definirán el año siguen siendo adversos. Bitcoin tiene por delante un 2026 de lucha.
A pesar de esta subida, la criptomoneda todavía no rompe la tendencia bajista.
XRP, la criptomoneda emitida por Ripple Labs, registra una subida diaria del 5% después de que Estados Unidos e Irán acordaran ayer, 7 de abril de 2026, un cese al fuego por dos semanas.
Durante la jornada, XRP alcanzó un máximo de 1,39 dólares, pero luego sufrió una leve corrección y, al momento de publicación de esta nota, 8 de abril, se negocia en 1,38 dólares.
Cotización de XRP en los últimos 7 días. Fuente: CoinMarketCap.
Como ha informado CriptoNoticias, la subida se explica porque, poco antes de que venciera el ultimátum fijado por Donald Trump, el presidente estadounidense anunció en Truth Social una pausa de dos semanas en los ataques contra Irán, condicionada a una reapertura “completa, inmediata y segura” del estrecho de Ormuz. El acuerdo fue facilitado por Pakistán e Irán aceptó la tregua provisional.
Esto ocurre porque el estrecho de Ormuz es una vía crítica para el comercio mundial de petróleo, por lo que una descompresión del conflicto reduce el riesgo de un nuevo shock energético. En ese contexto, el petróleo cayó con fuerza y los activos más volátiles reaccionaron al alza.
Bitcoin (BTC) volvió a cotizar por encima de 70.000 dólares, expandiendo ese optimismo hacia el resto del mercado. Prueba de ello es que la mitad del top 100 de activos digitales más valiosos del mercado se pintó de verde.
Listado de criptomonedas con mayor subida semanal. Fuente: CoinMarketCap.
Sin embargo, ese impulso generalizado no se traduce de la misma forma en todos los casos. En particular, en XRP el repunte todavía no alcanza para hablar de un cambio de tendencia. Una señal clara de esta debilidad la dan las medias móviles de 20 y 50 períodos.
XRP no logra salir de la tendencia bajista. Fuente: TradingView.
En el gráfico anterior, la línea verde es la media móvil de 20 días, mientras que la línea roja corresponde a la media móvil de 50 días.
Cuando la media de 20 períodos se mantiene por debajo de la de 50, como ocurre actualmente, indica que la tendencia sigue siendo bajista, ya que el impulso de corto plazo no logra superar la estructura de mediano plazo.
Es decir, XRP volvió a acercarse a la zona de 1,40 dólares, pero todavía no logró romper de forma concluyente la estructura bajista previa.
La clave ahora pasa por ver si el cese al fuego se sostiene y si el mercado interpreta que el riesgo sobre el estrecho de Ormuz realmente bajó. Si esa lectura se consolida, XRP podría seguir acompañando la recuperación del mercado.
Esta guerra no la ganaría el más poderoso, sino quien soporte el mayor dolor durante más tiempo.
En esta etapa del ciclo los conflictos se intensificarán, anticipa Dalio.
Ray Dalio publicó ayer, 7 de abril de 2026, un análisis extenso en X con una advertencia que no dejó margen a la interpretación: «Lo más importante: estamos en una guerra mundial que no va a terminar pronto.»
Lo hizo aproximadamente ocho horas antes de que Donald Trump anunciara un alto al fuego bilateral con Irán —condicionado a la reapertura del estrecho de Ormuz— que, tal como CriptoNoticias lo reportó, hizo subir a bitcoin por encima de los 71.000 dólares y caer al petróleo Brent por debajo de los 100 dólares por barril.
La reacción de los mercados ilustró exactamente el tipo de pensamiento de corto plazo que Dalio critica en su texto.
El fundador de Bridgewater, con más de 50 años de experiencia como inversor macroeconómico global, sostiene que la mayoría de los analistas y participantes de mercado cometen el mismo error: «La mayoría de la gente tiende a centrarse en los sucesos más llamativos del momento —como la situación actual con Irán— y a reaccionar ante ellos, pasando por alto los factores mucho más importantes y de mayor alcance que impulsan la situación actual».
Su tesis central es que «la guerra entre Estados Unidos, Israel e Irán es solo una parte de la guerra mundial en la que estamos inmersos y que no va a terminar pronto».
Dalio enumera los frentes activos: la guerra entre Rusia, Ucrania y las potencias occidentales; los conflictos en Gaza, Líbano y Siria; los enfrentamientos en Yemen, Sudán y la Península Arábiga; y ahora la guerra entre Estados Unidos, Israel y los países del Consejo de Cooperación del Golfo contra Irán.
A esto, el inversionista y empresario le suma lo que llama «guerras no armadas»: comerciales, tecnológicas, de capital y de influencia geopolítica.
«En conjunto, estos conflictos conforman una guerra mundial muy clásica, análoga a las guerras mundiales del pasado», escribe. Y señala un patrón histórico que considera clave: los grandes conflictos globales no empiezan con una fecha clara ni una declaración formal. Se acumulan.
Dalio ubica el momento actual dentro de una secuencia clásica de escalada que describe en detalle, y que incluye desde la formación de alianzas y el aumento de guerras por delegación hasta los combates directos entre grandes potencias y el cierre de mercados para financiar los esfuerzos bélicos.
Uno de los puntos más concretos del análisis tiene que ver con China. Dalio desmonta la lectura superficial de que el cierre del estrecho de Ormuz perjudica a Beijing: «Si bien se afirma que China se ve particularmente perjudicada por el cierre del Estrecho de Ormuz, esta afirmación es errónea, ya que la relación de apoyo mutuo entre China e Irán probablemente permitirá el paso del petróleo hacia China, y su relación con Rusia garantizará el suministro de petróleo ruso».
Agrega que China consume entre el 80% y el 90% de la producción petrolera iraní, que tiene reservas equivalentes a entre 90 y 120 días de consumo, y que cuenta con carbón y energía solar como respaldo. Su conclusión: «China y Rusia son las principales beneficiarias económicas y geopolíticas de esta situación».
El estrecho de Ormuz es un paso marítimo fundamental para la industria petrolera mundial. Fuente: Google Maps.
En el otro extremo, Dalio describe a Estados Unidos como una potencia con entre 750 y 800 bases militares en 70 u 80 países, compromisos globales que generan vulnerabilidades y dificultades crecientes para operar en múltiples frentes simultáneamente.
El indicador que más importa: quién aguanta más
El punto que más directamente interpela a los mercados en el análisis de Dalio se resume en la siguiente declaración:
Como ha demostrado la historia, el indicador más fiable de qué país tiene más probabilidades de ganar no es cuál es el más poderoso, sino cuál puede soportar el mayor dolor durante más tiempo.
Ray Dalio, inversionista.
Y aplica esa lógica al conflicto con Irán: «Si bien Estados Unidos parece ser el país más poderoso del mundo, también es la gran potencia más sobreextendida y la más débil a la hora de soportar el dolor durante un período prolongado». Cita a Vietnam, Irak y Afganistán como ejemplos.
El cese al fuego anunciado horas después, que Trump justificó diciendo que «ya hemos cumplido y superado todos los objetivos militares», no contradice necesariamente el análisis de Dalio. Para el inversor, estos movimientos forman parte de una dinámica más amplia: «La dinámica clásica en esta etapa del ciclo es que los conflictos se intensifiquen en lugar de disminuir».
Cinco guerras en el horizonte
En los apéndices de su publicación, Dalio cuantifica los riesgos con estimaciones de probabilidad para los próximos cinco años:
La guerra entre Estados Unidos e Irán la describe como «una guerra total que parece intensificarse, con todos los bandos agotando sus recursos». Para el conflicto entre Ucrania y Rusia, estima entre 30% y 40% de probabilidad de que se extienda más allá de Ucrania. Para una guerra entre Estados Unidos y China por Taiwán, también entre 30% y 40%, con el período de mayor riesgo en 2028. Para Corea del Norte, entre 40% y 50%. Para el Mar de China Meridional, alrededor de 30%.
Su conclusión global: «La probabilidad de que al menos uno de ellos ocurra en los próximos cinco años me parece superior al 50%».
Dalio cierra su análisis con una aclaración importante: «No estoy diciendo que las cosas vayan a avanzar definitivamente en este ciclo hacia una guerra mundial total. No sé qué va a pasar, y sigo esperando un mundo pacífico basado en relaciones mutuamente beneficiosas».
Pero, también agrega: «En esta etapa del Gran Ciclo, circunstancias como la incapacidad de resolver disputas irreconciliables mediante compromisos suelen llevar inevitablemente de una etapa a la siguiente hasta que se produce una resolución violenta».
El cese al fuego de dos semanas anunciado por Trump podría ser un paso hacia ese mundo pacífico que Dalio dice esperar. O podría ser exactamente el tipo de pausa que, en los ciclos históricos que Dalio estudió, precede a la siguiente escalada.
Como muchos, en los últimos años me he visto recurriendo cada vez más a chatbots de inteligencia artificial generativa para una multiplicidad de tareas (pero no se preocupen, editora y lectores, que ello no se extiende a mis columnas en este medio). Les preguntamos cómo redactar un correo extenso, cómo preparar una presentación, cómo entender un problema médico, cómo organizar vacaciones o incluso cómo abordar una situación incómoda. La lista es cada vez más larga. Y, en algunos sentidos, eso es una buena noticia.
La inteligencia artificial es una de las herramientas más revolucionarias y democratizadoras que hemos visto en décadas. Acerca el conocimiento especializado, reduce los costos de acceso a información compleja y permite a muchas personas orientarse en asuntos para los que, de otro modo, necesitarían tiempo, recursos o profesionales que, muchas veces, no están a su alcance inmediato.
Pero precisamente porque su uso se ha vuelto una herramienta cotidiana, conviene detenerse en una pregunta incómoda: ¿qué ocurre con todo aquello íntimo o confidencial que le estamos contando? La promesa de estas herramientas radica en su utilidad. El riesgo, a veces invisible para muchos (y me incluyo), es que esa utilidad descansa en que les entregamos información que en otras circunstancias jamás compartiríamos con terceros. Y es un riesgo cada vez más real e importante de considerar.
Una primera advertencia proviene del mundo legal, pero ilustra un problema mucho más amplio. Hace pocas semanas, un tribunal en Nueva York resolvió que las interacciones de un imputado con Claude no estaban cubiertas por el privilegio de confidencialidad propio de la relación abogado-cliente. El tribunal fue categórico: al compartir esa información con la plataforma, el usuario había entregado a un tercero información sensible que podría incriminarlo, perdiendo así la expectativa razonable de confidencialidad.
Con pocos días de diferencia, otro tribunal en Michigan adoptó una decisión diferente , al resolver que las interacciones de un litigante con ChatGPT en un juicio civil podían permanecer protegidas cuando lo que esta herramienta hacía era reorganizar sus propias ideas y estrategias para el juicio. Al describir al chatbot como una “herramienta, no una persona”, el tribunal concluyó que su uso no suponía, por sí solo, la renuncia a dicha protección.
Que, con apenas días de diferencia, dos tribunales hayan llegado a conclusiones distintas en casos relacionados con el uso de inteligencia artificial muestra hasta qué punto nos encontramos en un terreno todavía incierto, cuyas consecuencias siguen siendo difíciles de anticipar tanto para usuarios comunes como para especialistas.
Este no es un problema que se circunscriba a Estados Unidos. En el Reino Unido, un tribunal advirtió recientemente que cuando abogados introducen información confidencial de sus clientes en una herramienta abierta, como ChatGPT, ello equivale, en la práctica, a poner dicha información en el dominio público, vulnerando la confidencialidad que protege su oficio y comprometiendo este privilegio profesional.
Este riesgo, conviene aclarar, no se agota en litigios ni se restringe a abogados. Pensemos en algo mucho más cotidiano: una persona que, preocupada por síntomas físicos o por su salud mental, decide consultar primero a un chatbotantes de acudir a un profesional. Algo que, confieso con cierto pudor, yo mismo hice hace dos semanas. Con ello, por supuesto, no quiero sugerir ni incentivar el uso de estas herramientas como terapeutas o médicos. El punto es mucho más sencillo: es un hecho que muchas personas ya lo hacen, ya sea por ansiedad, pudor o simplemente por falta de acceso rápido a información técnica. Y ahí aparece una zona gris de la que hay que ser consciente.
A diferencia de la conversación con un médico o especialista de la salud, donde existe un deber profesional de confidencialidad, la interacción con una plataforma tecnológica no necesariamente goza de una protección equivalente. Más aún, las políticas de privacidad de varias de estas plataformas —que normalmente aceptamos sin leer— contemplan la recopilación tanto de lo que escribimos como de las respuestas que recibimos, con el propósito de mejorar y perfeccionar continuamente estas herramientas.
Esto no significa que toda conversación sea automáticamente pública, pero sí que debemos abandonar una intuición peligrosa: la idea de que hablar con un chatbot es como hablar con alguien obligado a guardar secreto. Porque no lo es.
La paradoja de la inteligencia artificial es que, mientras más imprescindible se vuelve, más tendemos a bajar nuestras defensas y a confiarle partes de nuestra intimidad o secretos: preocupaciones familiares, problemas laborales, dudas médicas, estrategias legales, o angustias emocionales. Es indudable que su uso está democratizando acceso, orientación y productividad. Todo eso merece ser celebrado. Pero esta democratización también puede venir acompañada de una entrega silenciosa de nuestra intimidad.
Así, la pregunta ya no es solo qué puede hacer la inteligencia artificial por nosotros. Es también qué estamos dispuestos a renunciar o comprometer por recurrir a ella.
Dos hechos, al menos, llamaron la atención del periodista, historiador y académico Alfredo Sepúlveda (Santiago, 56 años), antes de investigar para su recién lanzado libro, Piñera. Un lugar en la historia (Sudamericana, de la editorial Penguin Random House), un ensayo en el que entra en la figura política del dos veces expresidente de Chile de la derecha tradicional (2010-2014, 2018-2022). Uno, fue cuando en 2009 una universidad en la que daba clases de Periodismo, un estudiante le gritó varios garabatos, además de “¡millonario!”, a Sebastián Piñera como una manera de ofenderlo, cuando entraba como invitado a una charla, mientras era candidato. Otro, más de fondo, fue por su papel político en medio de la crisis desatada tras el estallido social de 2019.
Sepúlveda recuerda que sintió “empatía” cuando a Piñera le gritaron. “Sin ser santo de mi devoción, simpaticé en ese momento con él”, señala. “Para mí fue extraño, como un despertar de un nuevo tiempo político que él fuera recibido así en una casa de estudio, en un lugar plural en el que se suponía que tenía que haber discurso libre y respetuoso”.
En su libro, el autor cuenta que fue concertacionista y que no votó por Piñera la primera vez, pero sí la segunda. “Estuve muy enojado con él después del estallido; me parecía que, como presidente de la República, aunque era un desafío gigantesco, no había estado a la altura: no podía ser que los valores de la transición democrática se hubieran ido de tal manera por el caño; era su responsabilidad mantenerlos”. Pero, “con el paso del tiempo, lo revaloricé, aunque no puedo dar cuenta de cuándo comencé a pensar en Piñera desde una nueva perspectiva: la de un presidente que había salvado la democracia” en la crisis de 2019.
Tras la muerte del exmandatario, el 6 de febrero de 2024, en un accidente en su helicóptero, Sepúlveda lo miró, definitivamente, de otra manera: “No sé si reconciliado es la palabra, porque no lo conocí, pero entendí que había tenido una perspectiva sobre lo que fue el estallido y su papel en él”.
Pregunta. En su libro cita una frase de Octavio Paz: “Querer ser moderno parece una locura: estamos condenados a serlo, ya que el futuro y el pasado, no están vedados”. ¿Cómo se relaciona esto con Piñera?
Respuesta. La definición de modernidad que ocupo, y que me gusta mucho, es la de Marshall Berman, que dice que en realidad la modernidad es un periodo histórico determinado, pero también una forma de vivir la historia en la que todo se construye y se destruye al mismo tiempo. Y por eso me gusta esa frase de Paz, porque él también capta eso. Ciertamente, la trayectoria Piñera me hace pensar de inmediato en esta maldición de la modernidad que han enfrentado todos los presidentes republicanos de nuestra historia.
P. ¿Cuál es en el caso de Piñera?
R. Él sufre una aceleración del tiempo histórico en sus dos Gobiernos y mucho más fuerte en el estallido en 2019. Es una forma especial de cambio que es muy violenta, muy radical, que pareciera que todo lo que valía ayer, al día siguiente ya se ha caído y que estamos frente a un territorio desconocido. Eso lo vive con especial fuerza. Lo sobrevive, digamos. Pero también es una modernidad y un cambio acelerados.
Sebastian Piñera en Inglaterra, en septiembre de 2021. Dan Kitwood (Getty Images)
P. ¿Cómo se explica que en sus dos Gobiernos hubiese movilizaciones fuertes? En 2011 el movimiento estudiantil y en 2019 el estallido social.
R. Si lo dijera coloquialmente, podría decir que tuvo mala suerte, porque el tiempo histórico le cambia. La reglas que existían en la época de la transición a la democracia en los 90, la Concertación, cambian a partir de 2010 y él ese cambio lo resiste, pero no lo acepta. Es lo que yo llamo la sociedad de los derechos, un corpus de ideas hegemónico que a partir de 2011 empieza con mucha fuerza a ganar partido en la política chilena, que es esta idea de la sociedad de los derechos frente al proyecto que tenía él de legitimación del mercado a través de la democracia. Fue frente a esta segunda parte de la Concertación, que él siempre tuvo en la cabeza y que era su horizonte de expectativa deseable.
P. ¿Cómo sitúa en ese sentido a Piñera?
R. Él se ve como parte de la democracia de los años 90, pese a que fue opositor a los gobiernos de la Concertación. Ve que los pactos democráticos de 1990, que vienen de una derecha democrática que conversa, es algo de lo que orgullosamente es parte. Ese modelo él quería iterarlo, por decirlo así, y darle una nueva vida. Entonces, lo que yo digo en el libro es que, si los años de la Concertación fueron la legitimación de la democracia a través del mercado y crecimiento económico, lo que él va a proponer en sus proyectos políticos es la legitimación del mercado a través de la democracia. Y va a poner al mercado en primer lugar. La meta era el desarrollo, y siempre la tuvo en la cabeza.
“Kast admira el régimen militar”
P. En la derecha, Piñera en la práctica fue el único que fue opositor a Pinochet. ¿Eso lo validaba?
R. Al principio. Para él eso es importante, pero no central. En los 90, en lo que él escribe y dice en sus intervenciones legislativas [como senador] no deja de reconocer que votó por el No [a Pinochet en el plebiscito de 1988], pero siempre trata de hablar del futuro. En la derecha en general hay un punto de encuentro bastante grande, que es dejar de mirar hacia 1973. En eso coincide con Piñera, pero él mantuvo esa identidad de haber sido opositor a Pinochet, de respetar los derechos humanos y de hablar de los cómplices pasivos [del golpe de Estado].Hoy la derecha se ha transformado en un espacio amplio y Piñera es quien amplía ese espacio y lo lleva al centro.
P. Piñera tenía admiración por Patricio Aylwin (1990-1994), el primer mandatario de la transición.
R. Su admiración era súper clara. Para él, Aylwin es lo mejor de la primera parte de la Concertación. No le guardaba mucha simpatía ni a Ricardo Lagos ni a Eduardo Frei Ruiz-Tagle, nunca habló mucho de ellos, pero de Aylwin hasta tenía un retrato.
P. ¿En qué basaba esa admiración por Aylwin?
R. Primero, por la cuestión de su familia, que era democratacristiana. Pero, en términos políticos, Piñera se consideraba así mismo como la segunda transición, como parte de la misma corriente histórica que debutó con la Concertación, que es democracia más mercado. Y siempre tuvo ahí a Aylwin como tótem.
Alfredo Sepúlveda en Chile.SOFIA YANJARI
P. El presidente José Antonio Kast tiene como referencia a Diego Portales.
R. Portales es un símbolo entendido por el uso del orden y de la idea de la fundación de un espacio de orden. Lo que pasa es que, en la trayectoria de Kast, él tiene una admiración por el régimen militar, pero eso no lo puede expresar políticamente hoy porque es presidente de la República. Entonces, mira hacia donde miraba Pinochet también, que era Portales, con una refundación del país a partir del orden.
P. Piñera fue el primer presidente de derecha después de cuatro gobiernos de centroizquierda, y Kast el primero tras una Administración de izquierda. ¿Hay una similitud en sus arranques?
R. Yo creo que, conceptualmente, Piñera está bien a la izquierda de la derecha. Pero hubo una conveniencia electoral y se fueron con él [la UDI]. Pero Piñera no parece que fuera un neoliberal, no estaba a favor del partido militar; no era un fanático de la Constitución de 1980; siempre estuvo a favor de reformarla. Es decir, cree que en todas las cosas de que el Estado tiene que ser redistributivo y no cree que el mercado arregle todo. Pero Piñera tenía una coincidencia muy importante con sus socios: el sistema económico. Es lo que yo llamo en el libro, “economía de mercado con correcciones de parte del Estado” y no neoliberalismo, porque no creo que sea así.
P. ¿Cómo es Piñera en relación a Kast?
R. Si se compara con el Kast candidato de las dos veces que no salió, son completamente distintos. Kast cree que en el partido militar y no sé si cree todavía en la democracia protegida, pero creyó firmemente en eso. Dentro de la visión amplia de la derecha chilena, Piñera y Kast son como agua y aceite. No les veo muchos de coincidencia.
P. ¿En qué sentido?
R. La derecha chilena ha ido ampliándose, pero para el lado que representaba Piñera, hacia el centro. Ahora, las dos cosas están en el mismo recipiente. Yo no he escuchado una definición de Kast estructurada y sistemática sobre el sistema económico, pero creo que ambos tienen en común la idea que la economía abierta que tiene Chile desde 1990 es algo que vale la pena mantener. Las cosas que me parecen diferentes son más bien tácticas. Por ejemplo, no sé si Piñera hubiese presentado el concepto de Gobierno de emergencia [de Kast].
P. ¿Por qué?
R. Piñera habría sido más ambicioso, y habría presentado un proyecto político que no tiene que ver tanto con la emergencia, sino de 20 a 30 años hacia adelante. En el libro yo digo que Piñera tiene esta enfermedad de que es un optimista de la historia. Cree en el progreso y, en ese sentido, es un progresista, porque piensa que el futuro nos va a llevar a un lugar mejor. Por lo menos en lo que se ve hoy en su proyecto, Kast tiene un Gobierno que tiene como referencia al anterior [de Gabriel Boric] y soluciona los problemas que dejó y eso es lo que llamaGobierno de emergencia. Donde Piñera hubiese sido estratégico, Kast es absolutamente táctico.
P. El 12 de marzo, cuando ya era presidente, Kast dijo: “Si Piñera no hubiese tenido ese fatal accidente, yo no estaría acá”. ¿Hacia dónde se proyectaba políticamente?
R. Estoy seguro de que iba hacia una candidatura, por su biografía, su naturaleza y su característica personal competitiva. Él tenía que ganar. No sé si las condiciones políticas habrían materializado esa candidatura, pero es seguro que Piñera hubiese ido contra Kast.
¿Cómo asegurar la independencia judicial en momentos de debilitamiento institucional? La respuesta se hace cada vez más compleja. Según lo conocido hasta ahora, el ministerio de Justicia impulsaría un giro a la reforma que se encuentra en el Senado para establecer el mecanismo de nombramiento de jueces. Por supuesto, queda aún mucho para analizar con detalle, pero el reciente referéndum italiano ilustra un aspecto fundamental: las dificultades para emprender reformas institucionales sin apoyos transversales.
La propuesta del gobierno italiano en materia de reforma judicial fue rechazada por 53,72% de los votos, con una participación electoral de casi 60%, mayor a la inicialmente esperada. La reforma constitucional proponía dos modificaciones estructurales a la justicia italiana. La primera era la separación de los magistrados en dos carreras diferenciadas para jueces y fiscales. Quienes promovían los cambios, señalaban que la separación de carreras es común en democracias liberales fuertes y que constituía la formalización de una práctica ya existente después de las llamadas Reformas Cartabia de 2022. Sus críticos, sin embargo, señalaban que no existía una real necesidad de este cambio—justamente en atención a las reformas recientes.
Respecto de la segunda reforma, la división del consejo de la magistratura incluía consejos separados para jueces y fiscales, cambios en su composición, la introducción de nombramientos por sorteo (una idea que aparece en nuestro país) y de un organismo disciplinario separado. Y mientras sus promotores lo veían como una manera de reducir el corporativismo judicial y el faccionalismo interno, las críticas apuntaron principalmente a los riesgos de captura política y las posibilidades de control desde el Ejecutivo, debilitando la institucionalidad judicial.
El caso italiano ilustra la necesidad de emprender reformas institucionales que cuenten con consenso técnico y político. Claramente, la reforma sometida a referéndum trataba asuntos altamente técnicos. Ello, sin embargo, ocurrió debido a que la reforma judicial no logró los dos tercios requeridos en su tramitación legislativa. Además, da cuenta de cómo las dificultades de la administración de la Justicia impactan también en la discusión política. Según la Comisión Europea para la Eficiencia de la Justicia, las causas civiles y comerciales en Italia demoran, en promedio, 540 días en resolverse en primera instancia y 2.217 días considerando apelaciones. Y si bien la confianza en la Justicia se sitúa en torno al 45% según la OCDE, las demoras y la impredecibilidad de los procesos judiciales intensificaron la exposición del Poder Judicial a una mayor discusión política sobre su rol y conformación. Ello, además, en el contexto de un país en que la judicatura ha formado parte de la discusión política por décadas, particularmente después de los casos de corrupción (Mani Pulite en los 1990, Berlusconi en los 2000), y las tensiones con el actual gobierno.
Abordar los desafíos de reformas institucionales requiere no sólo de consensos técnicos sobre los distintos ámbitos sino también de acuerdos políticos transversales. Ello, en tiempos de polarización y fragmentación no es fácil. Sin embargo, en tiempos en que el fortalecimiento democrático es aún más crucial.
En Perú, hoy basta con menos de 10% de intención de voto para soñar con la presidencia. Un humorista conocido por imitar a Michelle Bachelet aparece disputando el paso a segunda vuelta cerca de un 9%. No es solo una curiosidad. Es una advertencia institucional. Cuando un sistema político se fragmenta demasiado, la segunda vuelta deja de ser un mecanismo de legitimación y pasa a ser apenas un mecanismo de selección entre candidaturas cada vez más pequeñas.
Los datos peruanos muestran esa trayectoria con claridad. En 2001, para entrar al balotaje todavía se necesitaba cerca de 25% de los votos; en 2006, 24%; en 2011, 23%; en 2016, 21%; y en 2021 bastó con apenas 13%. Hoy, con más de 30 candidaturas en competencia, las encuestas sugieren incluso que el segundo lugar podría clasificar con menos de 10%. La segunda vuelta, pensada para ordenar la competencia, empieza así a operar sobre una base cada vez más estrecha.
La institución, por supuesto, tiene una lógica atendible. En Chile, la segunda vuelta se introdujo para evitar el problema de legitimidad de origen que simboliza la elección de 1970: un presidente electo con poco más de un tercio de los votos, en un sistema de tres tercios donde era posible ganar sin mayoría. La promesa del balotaje era sencilla: si nadie logra mayoría al comienzo, al menos que el ganador final pueda reclamar el respaldo del 50% más uno.
Pero esa promesa suponía un sistema que ya no existe. Suponía que la primera vuelta ordenaba el mapa político y permitía identificar dos candidaturas relativamente amplias, capaces de estructurar coaliciones coherentes. En otras palabras, suponía que el problema era pasar de tres bloques grandes a dos. Pero ya no vivimos en un mundo de tercios. Vivimos, cada vez más, en un mundo de quintos, sextos o séptimos.
Y Chile, aunque todavía no llega al nivel peruano, viene recorriendo la misma pendiente. Si uno mira el porcentaje de votos en primera vuelta del presidente que finalmente gana la elección, la caída es evidente. Lagos partió con 47,9%. Bachelet en 2005 con 45,9%. Piñera en 2009 con 44,1%. Bachelet en 2013 con 46,7%, en una elección excepcionalmente desmovilizada. Después esa elección el descenso se vuelve claro: Piñera en 2017 gana con 36,6%, Boric en 2021 con 25,8%, y Kast el año pasado con 23,9%. Chile no está en la escala peruana, pero ya se mueve en la misma dirección.
Eso importa porque la segunda vuelta no crea una mayoría política: apenas agrega una mayoría electoral transitoria. Quien gana en diciembre no necesariamente llega con una coalición más sólida, un mandato más claro o mayor capacidad de gobernar. Muchas veces llega, más bien, con una suma táctica de votos prestados: electores que no votan por un proyecto, sino contra el otro. Esa es una mayoría útil para ganar una elección, pero bastante menos útil para sostener un gobierno.
Por eso la legitimidad que entrega la segunda vuelta es, en buena medida, legitimidad prestada. Sirve para cruzar la meta, pero no necesariamente para gobernar después. Y esa fragilidad se nota rápido. Si entendemos la luna de miel presidencial como el tiempo que tarda un gobierno en perder diez puntos desde su primera medición la historia es elocuente: Bachelet II duró 26 semanas, Piñera II 37, Boric apenas 10, y la de Kast terminó el domingo pasado. La mayoría electoral existe, pero su traducción política dura cada vez menos.
La segunda vuelta se inventó para evitar presidencias débiles. Pero en sistemas hiperfragmentados puede terminar haciendo exactamente lo contrario: investir con mayoría electoral a gobiernos políticamente frágiles. No resuelve el problema de origen. Apenas lo posterga.
La familia de la exhabitante de La casa de los famosos México, Gala Montes vuelve a colocarse en el centro de la conversación luego de que se revelara que su sobrina fue hospitalizada de emergencia para someterse a un procedimiento quirúrgico. La noticia comenzó a circular luego de que la Beba Montes, mamá de la niña, compartiera un video en sus redes sociales. ¿Qué fue lo que pasó? Aquí te contamos.
Beba Montes revela cómo descubrió su orientación sexual
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Redes sociales
¿Qué le pasó a la sobrina de Gala Montes y por qué fue hospitalizada de emergencia?
De acuerdo con la información difundida por Beba Montes, su hija fue ingresada a un hospital para someterse a un procedimiento qurúrgico ambulatorio. Dentro del video, la menor se muestra calmada caminando sobre la cama del hospital y portando una bata médica previo a su intevención. La hermana de Gala, acompañó la publicación con un mensaje:
“Déjenle un mensajito de buena vibra”.
Beba Montes
Aunque, inicialmente, no especificó la causa de la hospitalización, posteriormente la misma Beba Montes dejó entrever que la intervención estaría relacionada con un problema en las anginas, el cual, según la creadora de contenido, le impedía respirar correctamente. Además, en la misma publicación la influencer etiquetó a la doctora Marian Atsiri Prado Castro, especialista en otorrinolaringología y rinoplastía, lo que dio pistas a sus seguidores sobre el tipo de atención médica en la que se estaría sometiendo la menor.
¿Cuál es el estado de salud de la hija de Beba Montes tras su cirugía?
Hasta el momento, la familia de Gala Montes no ha emitido un comunicado más amplio sobre la evolución de la menor. La única información disponible proviene de la publicación inicial donde al final se le puede ver a la menor con su ropa normal y una paleta de hielo.
Mientras tanto, seguidores de Beba Montes reaccionaron de inmediato al video, dejando cientos de mensajes de apoyo dirigidos a la pequeña. Entre los comentarios que destacan se encuentran:
Beba Montes e Itzel Lechuga anunciaron su compromiso.
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Foto: Redes sociales
¿Quién es Beba Montes?
Beba Montes es una figura activa en redes sociales, donde ha logrado posicionarse como creadora de contenido y mánager artística. Sin embargo, gran parte de su exposición pública también está vinculada a su relación familiar con Gala Montes, reconocida actriz y cantante mexicana.
Durante los últimos años, Beba ha construido una comunidad sólida de seguidores en redes sociales, donde comparte aspectos de su vida cotidiana y momentos familiares incluyendo la crianza de su hija. A pesar de ello, la dinámica familiar de las hermanas Montes ha sido tema de conversación previamente, en especial tras la participación de Gala Montes en La casa de los famosos México 2024, donde la misma actriz dio a conocer que mantenía diferencias con su hermana, al igual que con su madre Crista Montes.
Actualmente, no hay confirmación de que Gala Montes y su hermana hayan tenido un acercamiento con aires de reconciliación.
Trump se percibía desesperado. Fuera de sí. Sus amenazas contra Irán llegaron a un punto máximo este martes, cuando muchos especularon que detonaría una bomba nuclear contra Irán. Muchos cuestionaron su salud mental.
Unos minutos antes de que se cumpliera el límite, después del cual, según había advertido, la civilización iraní “desaparecería”, el presidente de Estados Unidos comunicó una tregua de dos semanas.
La civilización iraní sigue en pie. Lo que no sigue en pie es la percepción de fortaleza de Estados. Estamos presenciando, en tiempo real, la caída de un imperio a manos de su rey loco.
Nadie debe poner más atención al declive del rey loco estadounidense que México, el país que silente ha aceptado ser víctima de sus mayores atropellos.
Hasta ahora, México ha cedido ante Trump en un innumerable listado de demandas, desde detonar una política de seguridad más confrontativa –en posible detrimento de la estabilidad interna de México– hasta aceptar deportados de otras nacionalidades, permitir el asesinato de mexicanos a manos de ICE y consentir a todo tipo de demandas económicas, regulatorias y de negocios.
El problema es que el equipo diplomático mexicano opera bajo tres premisas equivocadas.
La primera es la de que Trump implementaría sus amenazas contra México –destruyendo la economía exportadora— si no cedemos ante él.
Al interior del equipo de negociación mexicano hay subsecretarios amedrentados, intimidados, firmes creyentes de que México no tiene cartas de negociación. Nuestro vecino del norte es demasiado poderoso, confiesan en privado: nada que haga México lo haría cambiar de curso.
México negocia con Estados Unidos con la visión de quien ya se ha derrotado. El exacto opuesto de lo que el episodio de Irán le ha enseñado al mundo.
La realidad es que el presidente de Estados Unidos es bueno amenazando, pero es más bueno reculando. Irán hizo recular a Trump estrangulando las cadenas de suministro con el cierre del estrecho de Ormuz. China hizo lo mismo, negándole acceso a sus minerales estratégicos. Brasil, quizá un ejemplo más relevante para México, logró que Trump retrocediera en sus amenazas imponiéndole aranceles a la carne, el café y otros productos que afectarían el costo de vida de los estadounidenses.
México tiene mucho más poder de desestabilizar la economía de Estados Unidos que Brasil, pero operamos como si no lo supiéramos. Nuestro país puede crear su propio “estrecho de Ormuz” apretando dos agendas que son críticas para la elección intermedia de noviembre: la inflación y la migración.
La Guardia Nacional podría crear una crisis migratoria si cambia de política ante los grupos de centroamericanos que intentan cruzar nuestro país. La competitividad y el buen precio de la manufactura de Estados Unidos dependen de nosotros.
La segunda razón por la que México suele ceder ante Trump es porque nuestros negociadores creen que la economía mexicana es tan dependiente de la de Estados Unidos que todo lo que le conviene a Trump le conviene a Sheinbaum. Esto es falso.
Por supuesto que la economía mexicana es dependiente, pero hay formas de integrar a México con Estados Unidos que nos convertirían en un país más rico –detonando el desarrollo de empresas mexicanas y la producción de algo de valor– y hay otras que nos convertirían en uno más pobre –enfocándonos en la producción barata e inundando el mercado mexicano con empresas extranjeras o rentistas.
El que los negociadores no vean lo anterior es por demás preocupante. Hace poco uno de ellos me develó la lógica por la cual México firmó un acuerdo para compartirle a Estados Unidos información sobre la ubicación y tamaño de sus yacimientos de minerales críticos y crear una estrategia conjunta para encarecer su exportación desde China. La razón, dijo, era mandar la señal de que México era el mejor aliado de Estados Unidos.
La duda es por qué, de todas las señales que México pudo haber mandado usando sus minerales críticos, decidió enviar la única que suponía completa sumisión y que nos dejaba con menos poder de negociación frente a Trump que antes. Al respecto, no hubo respuesta.
La tercera razón por la que los negociadores ceden ante todo es porque piensan que infringir dolor temporal a Estados Unidos infringiría un dolor aún más grande a la economía mexicana. Esto puede ser cierto, pero podría valer la pena.
El experto en teoría de señalización, Diego Gambetta, ha identificado que cuando dos individuos con poder asimétrico se confrontan, la única forma para que el pequeño pueda contener al poderoso es mandando señales de que está dispuesto a tomar decisiones aparentemente irracionales para evitar la sumisión de largo plazo.
Por ejemplo, los prisioneros menos aptos para la pelea física pueden amenazar con cortarse un dedo si son golpeados por prisioneros grandes y así llamar la atención de los custodios en detrimento de su golpeador. Mutilarse es un acto extremo que afecta al otro y a sí mismo, pero que envía una señal tan clara de que la golpiza no será tolerada que deja al prisionero pequeño en mejor posición.
La forma más rápida de doblar al gigante americano es lograr que los mercados le hagan saber que, sin México, la economía estadounidense reduciría su competitividad. Esto puede requerir actos temporales extremos, pero que en el largo plazo llevarán a un equilibrio más virtuoso entre Estados Unidos y México.
Por ahora toca tener perspectiva histórica. Reyes locos ha habido siempre.
Todo imperio tuvo líderes cuyas decisiones erráticas o paranoicas contribuyeron a desmantelarlo. Ahí estuvo Calígula, quien realizó una serie de purgas paranoicas que desestabilizaron profundamente la corte imperial romana. O Jerjes, quien realizó una catastrófica invasión de Grecia que inició la larga decadencia persa. Hay tantos más.
La constante de todos los reyes locos y de Trump es la misma: un ego tan grande que traiciona su racionalidad.
México por ahora sufre lo opuesto. Un ego tan mancillado, tan poco presente, que no podemos comprender nuestro verdadero peso.