Author: rb809rb

  • Amenaza de caos en EE.UU. por la cancelación de vuelos por el cierre del Gobierno

    Amenaza de caos en EE.UU. por la cancelación de vuelos por el cierre del Gobierno

    «La época del año en la que los estadounidenses más viajan está a la vuelta de la esquina y el cierre gubernamental podría convertirla en una pesadilla: la Administración Trump ha anunciado que habrá que cancelar al menos el 10% de los vuelos en decenas de los aeropuertos con más tráfico de todo el país debido al cierre gubernamental en EE.UU. Eso ocurre en medio de graves complicaciones para los viajeros, con retrasos abundantes en los vuelos y colas interminables en el control de pasajeros.

    El cierre gubernamental cumple hoy 38 días y, de momento, sin señales de que las conversaciones entre los republicanos y los demócratas del Congreso vayan a acabar en un acuerdo. La razón es que los demócratas quieren que en la ley presupuestaria se extiendan subsidios para los programas públicos de cobertura médica. Los republicanos se niegan y les acusan de querer dar asistencia sanitaria a millones de inmigrantes indocumentados.

    El resultado: casi 40 días con decenas de agencias gubernamentales cerradas, cientos de miles de funcionarios en su casa y sin sueldo y otros cientos de miles trabajando sin cobrar. Es el caso de los controladores aéreos, donde esta sacudida del cierre gubernamental está causando problemas para ocupar las torres de control al nivel habitual.

    El 10% de los trayectos

    El secretario de Transportes, Sean Duffy, anunció esta semana que 40 aeropuertos de todo el país con mucho nivel de tráfico tendrán un recorte del 10% de sus vuelos para afrontar la falta de controladores aéreos. Entre los afectados están los aeropuertos más transitados del país: Atlanta, Nueva York, Dallas, Washington, Chicago, Los Ángeles, Detroit… Muchos de ellos han sufrido retrasos constantes en las últimas semanas. Ayer, los aeropuertos de Nueva York acumulaban retrasos de 30 minutos de media, que eran de 45 minutos para el aeropuerto Reagan de Washington o de 30 minutos para el de Houston.

    La cancelación del 10% de los vuelos está previsto que comience este mismo viernes. Pero podría ser de forma progresiva, con la eliminación del 4% de los vuelos desde ese día, y aumentado un 1% cada día a partir de ese momento.

    No hizo falta que llegara el viernes para que algunos viajeros ya vieran sus vuelos cancelados: United Airlines, una de las principales aerolíneas del país, adelantó ayer que 200 de sus vuelos previstos para hoy no saldrían para evitar cancelaciones de último minuto.

    Donald Trump, que exige a los republicanos que no cedan ante las pretensiones presupuestarias de los demócratas, no dio una importancia excesiva a las cancelaciones inminentes. «Se van a aplicar en ciertas áreas, el 10%, quieren asegurarse de que el 100% de los vuelos sean seguros», aseguró durante un anuncio desde el Despacho Oval.

    La cancelación de vuelos ha ocurrido ante la conmoción por el último accidente aéreo en EE.UU.: este martes, un avión de la compañía de transportes UPS se estrelló en Louisville (Kentucky) poco después de despegar y dejó al menos 12 víctimas mortales. Poco después de que Trump jurara su cargo el pasado enero, dos accidentes aéreos conmocionaron a EE.UU.: el ocurrido en el aeropuerto Reagan de Washington, con 67 fallecidos; y el de un avión privado en Filadelfia pocos días después, con siete muertos y dos decenas de heridos.

    Antes de Acción de Gracias

    Las cancelaciones y la falta de controladores ocurren pocas semanas antes de que los estadounidenses se lancen en masa a los aeropuertos para viajar con sus familias con motivo de la semana de Acción de Gracias, que se celebra el día 27 de este mes. Poco después vendrán los viajes de Navidad y de fin de año, otra de las temporadas altas del tráfico aéreo.

    El diputado republicano Bryan Steil, de un distrito de Wisconsin cercano a Milwaukee, aseguró a la CNN que si el cierre gubernamental y la situación se prolonga habrá «caos en los cielos» y que el 10% de las cancelaciones tendrá repercusiones grandes.

    Los problemas en el tráfico aéreo son solo una de las consecuencias del cierre gubernamental. Desde la semana pasada, la asistencia alimenticia que reciben 42 millones de estadounidenses está en el aire, así como ayudas educativas o subvenciones para el pago de la factura de la luz, con el invierno a la vuelta de la esquina.

  • Mamdani abandera el auge del poder musulmán en EE.UU.

    Mamdani abandera el auge del poder musulmán en EE.UU.

    «Durante años, muchos de nosotros vivimos en parte en la sombra, orgullosos de lo que somos, pero sin querer mostrarlo», cuenta Hassan Yousuf, uno de los cientos de miles de musulmanes que vive en Nueva York. Como muchos otros, creció en una ciudad golpeada por los ataques islamistas del 11 de septiembre de 2001. «La victoria de Zohran Mamdani camiba eso –afirma–. Por primera vez, me siento verdaderamente representado: culturalmente, espiritualmente y políticamente».

    Yousuf habla desde el barrio de Astoria, en Queens, el hogar también de Mamdani. Hay zonas donde por la noche las terrazas de los bares se llenan del humo de las ‘shishas’, con restaurantes libaneses o egipcios estupendos, donde las pastelerías no cierran hasta tarde. Uno de sus vecinos ganó el pasado martes la elección a la Alcaldía de Nueva York, la mayor ciudad de EE.UU., su capital económica y cultural.

    La victoria ocurre casi un cuarto de siglo después de esos atentados que conmocionaron a EE.UU. y al mundo, que colocaron en el punto de mira a la comunidad musulmana y limitaron su implicación en la política. La vida se limitó para muchos a trabajar, estudiar, formar una familia, incrementar un patrimonio y no meterse en problemas.

    En las elecciones de 2021, las que ganó el actual regidor, Eric Adams, se calcula que solo el 12% de los musulmanes de la ciudad fueron a las urnas. El pasado junio, cuando Mamdani se impuso contra pronóstico en las primarias demócratas –tumbó al favorito, el exgobernador Andrew Cuomo– solo un tercio de los musulmanes de Nueva York estaban registrados como votantes. Todavía no hay datos al respecto, pero todo indica que el registro se ha disparado desde entonces por la concurrencia de Mamdani en las papeletas.

    Y ha hecho emerger un electorado numeroso y que puede ser clave: se calcula que los musulmanes suponen el 9-10% de la población de Nueva York, entre 800.000 y un millón de personas. Se han convertido en una minoría con un peso demográfico similar al de la comunidad judía, que se estima en algo menos de un millón de personas. Con esa presencia, a Nueva York se le ha considerado siempre una ciudad muy judía –es la que tiene más judíos en el mundo fuera de Tel Aviv– y ahora los musulmanes tienen una presencia similar.

    El ascenso político de este joven socialista y musulmán de 34 años muestra cómo Nueva York ha pasado página con el 11-S. Aunque es cierto que lo hace con un musulmán alejado de cualquier integrismo confesional, adherido con fuerza a las causas progresistas de ‘justicia social’, como la agenda LGBTQ. Pero, más allá de la Gran Manzana, muestra el creciente poder de la minoría musulmana y árabe en la política de EE.UU., que hasta ahora solo había tenido protagonistas anecdóticos, como el fiscal general de Minnesota, Keith Ellison, que se convirtió en 2006 en el primer musulmán elegido para el Congreso.

    La misma noche en que Mamdani se subió al escenario de un teatro de Brooklyn para celebrar su victoria y su orgullo de ser musulmán y socialista, lejos de allí, en Virginia, una musulmana hacía historia: la demócrata Ghazala Hashmi ganó la elección a vicegobernadora y se convertía en la primera mujer musulmana en imponerse en una elección estatal. Hashmi ya copó titulares en 2019, cuando se convirtió en la primera persona musulmana en conquistar un escaño del Senado estatal de Virginia, y además en un distrito que se inclinaba hacia los republicanos.

    Símbolos de radicalismo

    Ese poder político posterior al 11-S tuvo uno de sus grandes episodios en las elecciones legislativas de 2018, donde emergieron dos figuras destacadas: Ilhan Omar y Rashida Tlaib, las dos primeras diputadas musulmanas en la historia de la Cámara de Representantes. De origen somalí y palestino, respectivamente, ambas de estados del Medio Oeste –Minnesota y Míchigan– y de la facción demócrata más izquierdista. Integraron esa camada de jóvenes diputadas que Donald Trump –entonces en su primer mandato– calificó como ‘The Squad’ (‘El escuadrón’), con un discurso socialista que las convirtió, para los republicanos, en el símbolo de la deriva radical de los demócratas.

    En el último año, el peso político de los musulmanes y árabes ha sido más significativo que nunca. Su enfado con la gestión de la guerra en Gaza por el Gobierno de Joe Biden se materializó en un movimiento –’Uncommitted’, ‘No comprometidos’– que sacudió las primarias demócratas y debilitó a Biden, que aún era candidato a la reelección.

    Pero el impacto no ha sido solo entre los demócratas. El peso de los votantes musulmanes en estados decisivos para la elección presidencial del año pasado –como Pensilvania y, sobre todo, Míchigan– llevó a Trump a cortejar sin disimulo a ese electorado. De hecho, desplegó a su consuegro –el marido de su hija Tiffany es de origen libanés– a labrar apoyos en esas comunidades. Su mensaje para ellos es que, además de mejorar la maltrecha economía, acabaría con la guerra en Gaza. Y funcionó.

    En la celebración de su reelección como presidente el año pasado, Trump no se olvidó de incluir en sus agradecimientos a los «musulmanes estadounidenses» y «árabes estadounidenses». Y, pese a todos los ataques que Trump ha dedicado a Mamdani, como el más habitual de «comunista», no ha utilizado su condición de musulmán como munición política. Algo que, sin embargo, sí han hecho aliados suyos. Entre ellos, la ‘influencer’ Laura Loomer, que ha defendido que el ascenso de Mamdani es parte de la «conquista islámica de EE.UU.». O el diputado Andy Ogles, que ha dicho que el próximo alcalde de Nueva York, nacido en Uganda en una familia india, «vino a América por una razón: para convertir a EE.UU. en una teocracia islámica».

  • Los últimos españoles en el Sahara: «El Polisario se equivocó de enemigo, era Marruecos»

    Los últimos españoles en el Sahara: «El Polisario se equivocó de enemigo, era Marruecos»

    Han pasado cincuenta años desde que el Rey Hassan II lanzara una movilización masiva de 350.000 hombre y mujeres para ocupar lo que Marruecos siempre ha querido para sí: el Sahara Occidental. Hoy se cumple ese medio siglo de la conocida como Marcha Verde y el inicio de un conflicto entre Marruecos y el Frente Polisario (movimiento político y militar saharaui) que aún sigue activo.

    Y en toda esta historia, un papel fundamental lo tiene y lo tuvo España. La Marcha Verde coincidió con un momento político delicado para la dictadura: Franco estaba agonizaba (murió el 20 de noviembre de ese año) y nadie veía con buenos ojos abrir un conflicto armado con Marruecos. Esto facilitó que el Gobierno de España se desentendiera casi por completo de la colonia y que poco después firmara los Acuerdos de Madrid (11 de noviembre), mediante los cuales España se retiraba del Sahara Occidental y el territorio fue repartido entre Marruecos y Mauritania. España, aún hoy es potencia administradora del territorio, fue una pieza clave y sobre todo lo fueron, las Tropas Nómadas, una unidad militar creada por España en 1958, durante la época en que el Sahara Occidental era una colonia española (1958-1975).

    Antonio Ramos Yzquierdo, teniente general retirado, (Tenerife, 1936), tenía 22 años cuando ingresó en los servicios de artillería del Sahara. «Veía desde mi isla el Sahara todo los días, pero no me imaginaba que me destinaran allá», cuenta a este periódico en vísperas del 50 aniversario de la Marcha Verde.

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    Fotos de archivo
    Las Tropas Nómadas en el Aiún. Abajo, hace 15 años, veteranos de las Tropas Nómadas
    IGNACIO GIL

    A sus casi 90 años, Ramos Yzquierdo recuerda con el máximo detalle sus años en el desierto. Primero en los servicios de artillería y después en las Tropas Nómadas. Desde hace años, cada lunes y miércoles en la céntrica calle de San Nicolás de Madrid junto a otros veteranos del Sahara, se reúnen para charlar, rememorar y sobre todo, preservar la memoria de los últimos testigos de un Sahara que dicen, «fue casi español, aunque nunca los saharauis se sintieron españoles». En las paredes de la oficina de San Nicolás cuelgan fotos de esas tropas que, montados en camellos, patrullaban el vasto territorio desértico, donde el agua escaseaba bajo un clima abrasador y la búsqueda de pozos era vital para mantenerse con vida a ellos y también a los camellos. «Aguantábamos porque éramos jóvenes. Veintipocos años y si no tenías familia, como yo en esa época, era una verdadera aventura», cuenta Ramos Yzquierdo.

    En la época en la que él estuvo destinado en la antigua colonia hubo pocos sobresaltos. «Había una gran diferencia entre el norte, que hacía frontera con Marruecos y el sur, donde estábamos destinados. Las disputas eran más habituales en la frontera con Marruecos».

    Sin embargo, la relación entre españoles y saharauis, «siempre fue buena, porque nosotros les defendimos de los franceses y de los marroquíes hasta que llegó el Polisario». «Estábamos en sus manos (de los saharauis), porque cuando salías a patrullar con los camellos tú eras uno, y ellos veintitantos», contaba Jesús Valencia, teniente en el Sahara de 1960 a 1966, a ABC en el 35 aniversario de la Marcha Verde.

    Buena convivencia

    Durante años, la convivencia fue bastante razonable. En sus historias, los veteranos recuerdan a sus compañeros y en muchos casos, amigos saharauis que les enseñaron a ponerse elzam (el típico turbante saharaui) y con quienes compartieron, en muchos casos, «los años más determinantes de nuestras vidas tanto profesionales como personales».

    Pero todo se rompió en 1970, con los sucesos de Jatarrambla, un barrio del El Aaiún. Ese año, se convocó una manifestación «que en principio pensábamos que era proespañola pero se convirtió en una prosaharaui», recordaba César Goas, primero teniente y después capitán que estuvo en la colonia desde 1966 «hasta el final».

    Ese suceso, que pilló desprevenido a las tropas españolas y acabó con varios muertos, fue el germen del Frente Polisario. A los tres años, se conformaba el movimiento político y militar y a los cinco la «casi expulsión española». «La verdadera traición vino del Frente Polisario», dice tajante Ramos Yzquierdo. «Comenzaron a captar a los jóvenes saharauis que nosotros luego instruíamos y a crear un caldo de cultivo contra nosotros que en 1975 acabó con nuestra marcha y el inicio de una guerra. El Polisario se equivocó de enemigo. No éramos nosotros, era Marruecos».

    Cincuenta años después de la Marcha Verde «patrocinado por EE.UU y países árabes», los veteranos de las Tropas Nómadas lamentan que nunca se llegó a una situación donde el pueblo saharaui saliera bien parado. «Hay que distinguir entre los saharauis y el Polisario, que fueron los que se equivocaron», reivindica Yziquierdo. Después de la Marcha Verde, miles de saharauis escaparon a Tinduf, al desierto de Argelia, donde siguen exiliados esperando volver algún día. «Con el bandazo de la política española y el apoyo de la comunidad internacional al plan marroquí, es muy difícil que puedan encontrar su independencia».

  • Trump sale tocado de su primer examen al año de volver a la Casa Blanca

    Trump sale tocado de su primer examen al año de volver a la Casa Blanca

    Este miércoles se cumplía un año de la victoria de Donald Trump en las presidenciales, pero los resultados en las elecciones locales y estatales del martes por la noche le chafaron el aniversario. Los triunfos contundentes de los demócratas en Nueva York, Virginia, Nueva Jersey o California van más allá de esos territorios: suponen también una respuesta a los primeros diez meses de su segundo mandato y un empujón de optimismo para los demócratas ante las elecciones legislativas del año que viene. Y muestran las grietas que ha sufrido la coalición formada por Trump el año pasado para regresar a la Casa Blanca.

    La cita electoral era el primer termómetro de la presidencia de Trump, quien se llevó una embestida desde los dos espectros del Partido Demócrata. Para empezar, supuso la culminación del ascenso del socialista y musulmán Zohran Mamdani en Nueva York, lo que demuestra la capacidad de movilización del sector más izquierdista del partido.

    Trump, nacido en Nueva York, lamentó la victoria de un «alcalde comunista». Además, acusó a los demócratas de querer convertir el país en «Cuba o Venezuela», por lo que Miami será «pronto» el refugio para «los que huyen del comunismo de Nueva York», como pasa, según él, con los cubanos y los venezolanos, informa Pablo de la Varga.

    Pero, incluso más importante que el triunfo de Mamdani, fue la capacidad de candidatos demócratas moderados de imponerse en elecciones estatales, apoyándose en la impopularidad de Trump. Esta fue la tónica de las dos grandes citas estatales del martes, las elecciones a gobernador en Virginia y en Nueva Jersey.

    La primera era quizá la batalla con más peso de la noche. Se impuso con rotundidad Abigail Spanberger, una figura centrista, exagente de la CIA, que desembarcó en política logrando un escaño de diputada por un distrito que se inclina hacia los republicanos. Pero también ganó el candidato a fiscal general, Jay Jones, con su campaña sacudida por las revelaciones de mensajes de texto en los que fantaseaba con pegarle un tiro a un rival político.


    La demócrata Abigail Spanberger celebra su victoria en Virginia


    Reuters

    Con todo, se impuso gracias a que ese escándalo pesó menos que las turbulencias de la segunda Administración Trump: el aluvión de órdenes ejecutivas, la expansión de los poderes presidenciales, los enfrentamientos con la Justicia, el despliegue de militares en ciudades demócratas o el actual cierre gubernamental, que ha dejado a cientos de miles de funcionarios con su empleo en suspenso. Eso se vive en Virginia con más intensidad que en otros lugares del país: es un estado vecino de Washington, que acoge a muchos suburbios de la capital y que siente de cerca la política federal.

    Menos voto hispano y negro

    En Nueva Jersey, una historia similar: una candidata moderada, Mikie Sherrill, ganó con contundencia al candidato republicano, Jack Ciattarelli, que se quedó a solo tres puntos de la victoria hace cuatro años. Aquí se nota con rotundidad otra de las grandes lecciones de la noche: la pérdida de los apoyos a los republicanos de las minorías negra e hispana, donde Trump creció con fuerza el año pasado.

    Un ejemplo significativo fue el condado de Passaic, en los suburbios de Nueva York, donde más del 40% de la población es hispana y donde Trump creció más de un 20% el año pasado para imponerse aquí. El martes, Sherrill ganaba con una diferencia de quince puntos. «Aquí hay mucho hispano que votó a Trump que está arrepentido», aseguraba hace unos días a este periódico George Anthony, un miembro de la campaña de Sherrill que actúa como nexo con la comunidad hispana.


    Mikie Sherrill será la nueva gobernadora de Nueva Jersey


    Reuters

    Trump trató de impulsar a los candidatos republicanos en Nueva Jersey y Virginia con apariciones en vídeo en los últimos grandes mítines de la campaña, pero fue en vano.

    En otras partes del país también hubo victorias relevantes para los demócratas. En California salió adelante un referéndum para rediseñar los distritos electorales, lo que permitirá a los demócratas conseguir más escaños a la Cámara de Representantes. Fue una iniciativa apoyada por su gobernador, Gavin Newsom, como respuesta a otros rediseños de mapas electorales en estados republicanos, como Texas. En Pensilvania, el estado más decisivo en las presidenciales, los demócratas mantuvieron su mayoría de 5-2 en el Tribunal Supremo estatal.

    Algunas victorias demócratas hay que medirlas con cautela: en Virginia, Spanberger se enfrentaba a una rival republicana de poco peso, Winsome Earl-Sears, que se vio perjudicada por la asociación con Trump a pesar de que el presidente de EE.UU. ni siquiera le dio su respaldo. Y, en Nueva York, la victoria de Mamdani, que ya pegó el campanazo en las primarias de junio, era esperada en una ciudad de fuerte implantación demócrata.

    Pero los resultados sí abren una ventana de esperanza para un Partido Demócrata hundido tras los resultados de hace un año, que dio la Casa Blanca y las mayorías de las dos cámaras del Congreso a los republicanos. El camino en las legislativas del año que viene parece claro para ellos: establecer el relato de que es un referéndum a Trump –cuyos niveles bajos de popularidad en las encuestas se confirmaron el martes en las urnas– y sus políticas. Y con el problema añadido para los conservadores de que, en el Partido Republicano de hoy en día, es muy difícil mantener una posición política independiente a la de Trump, que lo ocupa todo.

  • Papúa Occidental, el conflicto olvidado que desafía a Indonesia

    Papúa Occidental, el conflicto olvidado que desafía a Indonesia

    El 17 de agosto de 1945, Sukarno declaró unilateralmente la independencia de Indonesia para dejar de ser una colonia de Holanda, que solo aceptó la situación cuatro años después y tras una guerra sangrienta. Tras la descolonización, hubo una parte del país que no quedó precisamente contenta con las novedades geopolíticas: Papúa Occidental.

    Esta región acabó bajo el control de Yakarta después de un referéndum en el que solo votaron mil papúes elegidos a dedo de los más de 800.000 registrados en el censo de 1969. Desde entonces, buena parte del pueblo papú viene exigiendo una consulta popular de verdad y, sobre todo, más libertades y menos persecución.

    El Gobierno indonesio, en cambio, insiste en que respeta los derechos humanos pese a que varias ONG y la propia ONU han denunciado sus abusos en la región.

    Nada más aterrizar en el aeropuerto Domine Eduard Osok de Sorong, capital de la provincia indonesia de Papúa Suroccidental y puerta de entrada a la exclusiva zona de buceo de Raja Ampat, uno asume que ya no está en el sureste asiático. La Melanesia y sus autóctonos dominan un paisaje que incluso difiere del resto del país. Llaman poderosamente la atención los colores vivos con los que sus vetustos edificios y paupérrimas casas se muestran ante el visitante.

    La avenida Ahmad Yani parte a Sorong en dos en paralelo al océano Pacífico y a un puerto que se cae a pedazos. Los papúes no entienden que, en una tierra que ellos consideran suya, la arteria principal de la ciudad homenajee al comandante de las fuerzas armadas indonesias, un ultranacionalista contrario a cualquier movimiento independentista. «Ahmad Yani no era de aquí. Nuestras calles deberían homenajear a los cientos de miles de hermanos papúes que han sido asesinados, desaparecidos y encarcelados desde el comienzo de la invasión de Indonesia», nos explica Apey Tarami, líder del movimiento Por la Solidaridad y Democracia del Pueblo Papú, ilegal para Yakarta. Lo hace camino de una choza perdida, lejos de la ciudad. Según nuestros enlaces, toda seguridad es poca, ya que la Inteligencia indonesia les revisa sus terminales móviles y redes sociales cada dos por tres o, directamente, visita en sus propios hogares o lugares de trabajo a todos aquellos que reclaman la independencia de Papúa Occidental, así como a sus familiares directos.

    Imagen - «Si esta falta de las libertades más esenciales continúa, estaremos dispuestos a llevar la lucha armada hasta las ciudades»

    «Si esta falta de las libertades más esenciales continúa, estaremos dispuestos a llevar la lucha armada hasta las ciudades»

    Apey Tarami

    Líder del movimiento Por la Solidaridad y Democracia del Pueblo Papú

    Sin periodistas extranjeros

    Además, Indonesia presiona a cualquier periodista extranjero que intente conocer la opinión de quienes se atreven a poner en tela de juicio el ‘statu quo’ impuesto por Yakarta. Por supuesto, la prensa local jamás se hace eco de asuntos que estorben al poder. Hace algo más de diez años, dos periodistas franceses, Thomas Dandois y Valentine Bourrat, fueron detenidos en esta isla cuando grababan un documental para el canal Arte sobre el movimiento separatista en Papúa Occidental. Ambos dieron con sus huesos en la cárcel por espacio de dos meses y quince días en el penal de Jayapura, ciudad interior cercana a la frontera de la otra mitad de la isla, la nación soberana de Papúa Nueva Guinea. Este país prácticamente no tiene tratos, ni vuelos, con Indonesia. Yakarta les acusó de ejercer su trabajo como periodistas con visados de turista. Cuando reconocieron los hechos y pidieron perdón públicamente, fueron deportados. Romper las leyes de inmigración en Indonesia puede suponer al causante penas de hasta cinco años de prisión. A su vez, Indonesia jamás concede visados de trabajo a periodistas que desean tratar temas como el del movimiento independentista papú.


    Un grupo de papúes muestran la que consideran su bandera nacional


    J. C.

    En esta región, los movimientos insurgentes son bien conocidos. Hace solo dos años, el Ejército de Liberación de Papúa Occidental (conocido por sus siglas TPNPB), brazo armado del Movimiento de Liberación de Papúa (OPM), secuestró durante 19 meses al piloto comercial neozelandés Philip Mehrtens. Tras una negociación entre el comandante local, Egianus Kogoya, y los militares indonesios, el piloto fue liberado gracias al apoyo diplomático neozelandés. Es habitual que en las zonas con menor densidad de población se secuestre a extranjeros con la idea de utilizarlos, no solo como moneda de cambio, sino con fines propagandísticos, para así mostrar al mundo la desastrosa situación en que se encuentra el pueblo de Papúa Occidental.

    En esas zonas remotas, de difícil acceso, son comunes desde hace 70 años los enfrentamientos entre guerrillas independentistas y militares de Yakarta, cada vez más frecuentes desde hace un lustro. Según los nativos, son ya demasiadas las bajas que están sufriendo por los adelantos militares de Indonesia y la imposibilidad de que el resto del mundo pueda ser testigo de esta masacre.

    Inversiones y mano dura

    Las hostilidades han aumentado porque los sucesivos gobiernos indonesios tratan de imponer políticas contra la insurgencia basadas en operaciones militares o en programas de desarrollo y una supuesta autonomía que no satisface para nada a los papúes. El descontento indígena se debe a que Yakarta se niega a reconocer sus demandas con inversiones y mucha mano dura.

    Pero Yakarta siempre supo de la escasa predisposición papú. Y por eso, en un programa de transmigración sin precedentes, cambió por la fuerza la demografía de la región tras haber enviado a cientos de miles de indonesios llegados de otras partes del país, esencialmente de las islas de Java, Sumatra y Célebes (Sulawesi). Con este cambio de población, los papúes ya no son mayoría en algunos lugares de su propia tierra, de la que han sido desplazados o por la que han muerto en los constantes enfrentamientos entre los indígenas y los militares. La mayoría del trabajo oficial siempre ha ido a parar a los que llegan de fuera, quienes, sin capacidad crítica, saben a qué han ido a Papúa Occidental. Esa oferta laboral suele concentrarse en las grandes ciudades donde el nativo, al contrario que en las zonas de interior, ya no es mayoría.

    Otro asunto que molesta al indígena es el concepto de territorio especial: Yakarta considera a esta región como una zona autónoma, algo que los papúes niegan. Además, aseguran que el anterior presidente, Joko Widodo, prometió durante su primer mandato mejoras e incluso liberar a varios presos políticos papúes. Pero todo se rompió durante una manifestación pacífica en las tierras altas de Papúa en 2015, cuando los militares indonesios abrieron fuego matando a numerosas personas, incluidos cuatro adolescentes.

    El actual presidente, Prabowo Subianto, intervino en septiembre de forma apasionada en la Asamblea General de las Naciones Unidas reivindicando el Estado palestino mientras golpeaba el atril reclamando ayuda para Gaza, el pueblo sometido

    Tras negarse a abrir la zona a periodistas extranjeros, Widodo decidió, durante su segunda legislatura iniciada en 2019, apaciguar el conflicto invirtiendo en la zona en forma de autopistas, mejoras en las pequeñas ciudades y creación de zonas turísticas estratégicas. Además, impulsó el más polémico de los proyectos para el pueblo papú: las kilométricas plantaciones para producir aceite de palma que han destruido miles de hectáreas de bosques primarios y jungla y el hábitat de los nativos que no residen en la zona costera.

    Benny Wenda es el actual líder tribal de Papúa Occidental en el exterior. Tras luchar contra la invasión indonesia y haber pasado temporadas en la cárcel, se exilió en Londres, donde lleva residiendo más de 20 años defendiendo la causa papú tanto en el Parlamento Británico como en el Parlamento Europeo y en la ONU. Pero, para Apey Tarami, líder del movimiento Por la Solidaridad y Democracia del Pueblo Papú en Sorong, su tiempo, el de Benny Wenda, ya pasó.

    «Amenazados y vigilados»

    «Él ya no sabe lo que ocurre aquí. Ha dejado el día a día para convertirse en alguien que no conoce nuestra propia causa. Se ha moderado», asegura a ABC Tarami. «Cada vez que organizamos en la ciudad trabajos de concienciación de nuestro pueblo, somos reprendidos, golpeados, amenazados y detenidos. Nos vigilan las redes sociales. Y no disponemos de un solo periodista que quiera hacernos de altavoz. Si esta falta de las libertades más esenciales continúa, estaremos dispuestos a llevar la lucha armada hasta dentro de las ciudades», denuncia con rotundidad.

    El actual presidente, Prabowo Subianto, intervino en septiembre de forma apasionada en la Asamblea General de las Naciones Unidas reivindicando el Estado palestino mientras golpeaba el atril reclamando ayuda para Gaza, el pueblo sometido. Tras ver su intervención, que los medios indonesios han repetido sin cesar en las televisiones nacionales, Apey Tarima echó de menos algo: «Me avergüenzo de que el presidente indonesio acuse a Israel de machacar a Palestina cuando él mismo y los anteriores mandatarios de Yakarta llevan décadas aplastándonos, sometiéndonos, robándonos, encarcelándonos. ¡Qué incoherencia!», denuncia Tarami.

    Además, reclama que no solo los Estados Federados de Micronesia y Vanuatu apoyen la causa de la República de Papúa Occidental: «¿No es Europa la tierra de las libertades, la que apoya de forma masiva al pueblo palestino? ¿Pues a qué esperan para apoyar nuestra causa? ¿A que nos exterminen?».

  • Nueva York elige a un alcalde socialista y musulmán: Zohran Mamdani se impone a Andrew Cuomo

    Nueva York elige a un alcalde socialista y musulmán: Zohran Mamdani se impone a Andrew Cuomo

    Lo impensable se hizo realidad este martes por la noche en un teatro monumental en el centro de Brooklyn. Zohran Mamdani, el joven socialista que ha sido la sensación política de este año en EE.UU., se subió al escenario convertido en el ganador de la elección a la alcaldía de Nueva York, la mayor ciudad de EE.UU., y su capital cultural y económica.

    «El poder es vuestro, la ciudad os pertenece», proclamó Mamdani a los miles de seguidores congregados allí y a las decenas de miles que lo seguían por la pantalla en centenares de fiestas de celebración de los resultados por toda la ciudad.

    Su victoria era esperada, después de haberse impuesto en las primarias demócratas del pasado junio y habiendo llegado al final de la campaña con una ventaja cómoda en las encuestas frente a su principal rival, Andrew Cuomo, el exgobernador del estado de Nueva York. Con más del 91% de los votos escrutados, Mamdani obtenía algo más del 50% de los apoyos, frente al 41,6% de Cuomo.

    Pero, aunque fuera esperada, esta victoria no deja de ser un calambrazo fenomenal a la política de la Gran Manzana y de más allá: Mamdani es joven e inexperto –34 años y solo cinco de ellos como diputado en la Asamblea estatal–, ha defendido un programa indisimuladamente socialista en la capital financiera global y, cuando jure su cargo en enero, será el primer alcalde musulmán de Nueva York (o de cualquier otra gran ciudad de EE.UU.). En la Gran Manzana, se estima que hay un 10% de población musulmana, pero su peso político hasta ahora ha sido insignificante.

    Sobre el escenario, la sonrisa amplia de Mamdani, una de sus marcas políticas, se abría una vez más ante el éxtasis que le recibió cuando apareció a celebrar la victoria. «Soy joven, pese a mis esfuerzos para envejecer. Soy musulmán. Soy un demócrata socialista. Y lo peor de todo, me niego a pedir perdón por nada ello», dijo ante el estruendo de su parroquia.

    Desde que anunció su intención de presentarse a la alcaldía hace un año –entonces se le tomaba como un candidato anecdótico, no le conocía absolutamente nadie–, Mamdani ha hecho un uso maestro de las redes sociales y de su imagen fresca y afable, y ha sabido movilizar al electorado joven, el músculo de su campaña.

    Una de las claves de la noche electoral fue la enorme participación, la mayor desde finales de la década de 1960, cuando la implicación política era mucho mayor. Buena parte de la victoria tiene que ver con el protagonismo de los jóvenes, que son el núcleo del ejército de 105.000 voluntarios con los que Mamdani ha peinado los barrios de toda la ciudad durante meses.

    Fiesta desenfrenada

    «Gracias a la siguiente generación de neoyorquinos que se negaron a aceptar que la promesa de un futuro mejor era una reliquia del pasado», dijo. Fuera del teatro, estallaba la alegría, en una noche de claxones, gritos de ‘Zohran, Zohran’, banderas palestinas –su posición contra Israel ha motivado a parte del electorado– y fiesta desenfrenada. En pocos lugares como en la fiesta de los Demócratas Socialistas de América (DSA), la facción izquierdista de los demócratas, a la que pertenece Mamdani y que aboga por los recortes a la policía, la salida de EE.UU. de la OTAN o las puertas abiertas para la inmigración.

    «En la izquierda no estamos acostumbrados a triunfos así», reconocía a este periódico Jeremy Fowles, eufórico, en la cola para entrar, con la chavalería bebiendo cerveza y dándose abrazos.

    No le faltaba razón. Pero Mamdani ha sabido utilizar su mensaje populista de izquierdas en las aguas turbulentas de la política de EE.UU.: la conmoción por la agresividad de Donald Trump en su regreso al poder, el hastío con el coste disparado de la vida en Nueva York, el hambre por un mensaje de cambio y la desafección con el ‘establishment’ del Partido Demócrata.

    «Con todo lo difícil que ha sido la campaña, eso ha sido la parte fácil. Lo complicado viene ahora», aseguraba Fowles. También acertaba, porque Mamdani ha prometido un cambio radical para Nueva York, con propuestas socialistas de ejecución complicada, que ahora sudará para llevar a cabo: congelamiento de buena parte de los alquileres, gratuidad de los cuidados infantiles de 0 a 5 años, autobuses gratis, aumento de los impuestos a las rentas más altas y a las empresas o tiendas de comestibles públicas.


    Los neoyorquinos aguardan ante el anuncio del resultado de las elecciones a la alcaldía


    AFP

    En su discurso, comparó la ambición de su agenda con la de Fiorello Laguardia, alcalde de la ciudad entre 1934 y 1946, uno de los regidores más recordados. Pero en sus palabras había más idealismo y grandes frases que concreción sobre cómo cumplir con sus propias expectativas: «La esperanza está viva», «elegimos esperanza frente a tiranía, esperanza frente a desesperanza», «respiramos el aire de una ciudad que ha renacido»… Y una frase prestada del líder histórico socialista de EE.UU., Eugene Debs, con la que inició su discurso: «Puede ver el amanecer de un mejor día para la humanidad».

    La cita de Debs fue solo un detalle de la intención de Mamdani de no renunciar a su izquierdismo. En su propia papeleta, marcó su nombre como candidato del Partido de las Familias Trabajadoras –organización izquierdista– no del Partido Demócrata.

    «Las recetas socialistas son una garantía de fracaso», criticaba Michael, un joven que no quiso dar su verdadero nombre, fuera del teatro donde Mamdani celebraba la victoria. «La ciudad solo va a empeorar, a ser más pobre e insegura», añadía.

    El nuevo alcalde tendrá también que demostrar que la moderación de su mensaje en la recta final de la campaña no ha sido solo una estrategia electoral. Entre sus debilidades políticas estaban su activismo en las protestas antiisraelíes por la guerra en Gaza, en las que usó eslóganes como ‘globalizar la intifada’ o ‘desde el río hasta el mar, Palestina será libre’. También calificó a la policía de «racista» durante las protestas que siguieron al asesinato de George Floyd en 2020 y defendió los recortes presupuestarios a la policía. En campaña, ha matizado o abandonado esas posiciones.

    Adiós al ‘establishment’

    La victoria de Mamdani es también la derrota del ‘establishment’ demócrata, representado por su gran rival en esta cita con las urnas:, Cuomo. El exgobernador del estado de Nueva York,, que dimitió de ese cargo en 2021 en medio de un escándalo de acusaciones de agresiones sexuales, concurrió en las primarias del pasado junio como el candidato del partido, con el apoyo de sus grandes donantes. Los votantes demócratas le pegaron una voltereta y eligieron a Mamdani, que hizo del coste de la ciudad su mensaje principal y de Cuomo el centro de sus ataques.

    Pero Cuomo decidió seguir en campaña y se presentó como independiente, en un intento de aglutinar el voto ‘anti Zohran’. Pero ni la retirada de otro candidato independiente –Eric Adams, el actual alcalde, afectado por los escándalos de corrupción– ni el apoyo de última hora de Trump –pidió a los republicanos que fueran en masa a votar a Cuomo y no al candidato de su partido, Curtis Sliwa– han doblegado a Mamdani.

    La victoria del socialista abre un nuevo ciclo político en Nueva York –esperanzador para algunos, desolador para otros–, pero también más allá. Primero, porque Mamdani y su discurso son el enemigo perfecto para los ataques de Trump contra los demócratas. Algo que el próximo alcalde ya demostró en su discurso que tampoco va a dejar de aprovechar: «Para coger a cualquiera de nosotros vas a tener que atravesarnos a todos nosotros», le dedicó, en una advertencia sobre la posibilidad de que el presidente de EE.UU. arrecie sus redadas contra inmigrantes indocumentados u ordene el despliegue del ejército.

    Lanza el mensaje de que el Partido Demócrata no aguantará mucho más si sigue negando su futuro, si sigue despreciando a nuestros jóvenes»

    Pero, además, porque la victoria del socialista renovará el debate en su partido: los izquierdistas del Partido Demócrata no tardaron en utilizarla para defender que ese es el camino que deben seguir en todo el país. «Hoy hay un entusiasmo que no veía desde Barack Obama», defendió la fiscal general de Nueva York, Letitia James. «Lanza el mensaje de que el Partido Demócrata no aguantará mucho más si sigue negando su futuro, si sigue despreciando a nuestros jóvenes», dijo la diputada Alexandria Ocasio Cortez. «Sí, podemos crear un gobierno que represente a la clase trabajadora y no al 1%», escribió en su red social el senador Bernie Sanders. Pero es indudable que, fuera de la burbuja progresista que es Nueva York, muchos demócratas siguen pensando que un joven socialista no es la fórmula del éxito.

  • Muere Dick Cheney, vicepresidente de Estados Unidos con Bush, a los 84 años

    Muere Dick Cheney, vicepresidente de Estados Unidos con Bush, a los 84 años

    El señor oscuro. El poder en la sombra. El presidente al que nadie eligió. El arquitecto de la Guerra contra el Terrorismo. El artífice de las invasiones de Afganistán e Irak. Sobran los epítetos para describir a Dick Cheney, vicepresidente entre 2001 y 2009. Una figura que, tras ejercer un poder sin precedentes en la Casa Blanca, optó por retirarse en silencio.

    Nacido en Lincoln (Nebraska), en 1941, falleció a causa de una neumonía y de enfermedades cardíacas y vasculares, según informó su familia en un comunicado. Añadieron que su esposa, Lynne, sus hijas, Liz y Mary, y otros miembros de la familia lo acompañaban en su lecho de muerte.

    Su influencia, según todos los parámetros posibles, había sido ya desmesurada. Y, de forma totalmente inesperada, casi desconcertante, Cheney, un conservador de trayectoria impoluta y férrea ortodoxia republicana, acabó sus días apoyando y votando por una candidata demócrata a la presidencia con uno de los programas más a la izquierda del país.

    Durante el apogeo neoconservador del segundo George Bush, el vicepresidente lo fue todo un paso atrás de un presidente tan campechano como ajeno a las intrigas de Washington, una capital repleta de trampas, ambiciones cruzadas y lealtades fingidas. Cheney era un maestro en el arte de conducirse en semejante pantano, pues había pasado por mil y un empleos.

    Su rastro dejó huella en el Capitolio, en la Casa Blanca y en el Pentágono. Fue jefe de gabinete de la Casa Blanca con Gerald Ford entre 1975 y 1977, cargo en el que consolidó su reputación como operador político eficaz.

    En 1979 fue elegido diputado de la Cámara de Representantes por Wyoming, escaño que mantuvo durante una década y que en un futuro heredaría su hija Liz. En ese tiempo presidió el Comité Republicano de Política de la Cámara, dirigió la Conferencia Republicana y llegó a ser número dos del grupo parlamentario como jefe adjunto de la minoría.

    Con la llegada de la administración demócrata de Bill Clinton, Cheney abandonó el Gobierno y pasó al sector privado. Se incorporó al ‘think tank’ conservador American Enterprise Institute y formó parte del Council on Foreign Relations entre 1993 y 1995, tras haber sido también miembro de su junta durante su etapa final en el Congreso.

    Imagen principal - Dick Cheney fue uno de los urdidores de la política estadounidense desde los años 70 hasta bien entrado el siglo XXI
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    El poder en la sombra
    Dick Cheney fue uno de los urdidores de la política estadounidense desde los años 70 hasta bien entrado el siglo XXI
    AFP

    En octubre de 1995 asumió la presidencia y dirección ejecutiva de Halliburton, una de las mayores empresas de servicios petroleros del mundo, gran motor de influencia con una formidable legión de lobistas en Washington. Bajo su gestión, la compañía creció de forma significativa, pero se enfrentó críticas por falta de transparencia contable tras una fusión con Dresser Industries en 1998. Halliburton fue objeto de demandas colectivas y de una investigación por corrupción en Nigeria, que se resolvió con un acuerdo extrajudicial de 250 millones de dólares.

    Su fortuna personal, estimada entre 19 y 86 millones de dólares, proviene en gran medida de su paso por Halliburton. Su salida fue una sorprendente pirueta: en 2000, George W. Bush encargó a Cheney que dirigiera la búsqueda de su futuro vicepresidente, confiando en su criterio y experiencia. Cheney entrevistó a varios candidatos y analizó sus historiales, y se propuso a sí mismo.

    Tras el agónico recuento de Florida en 2000, y la llegada del segundo Bush al poder, Cheney mantuvo un perfil bajo, como todos los vicepresidentes, hasta los ataques del 11 de septiembre contra las Torres Gemelas y el Pentágono. Aquel aciago día, con Bush de viaje a Florida, Cheney se encerró en el búnker de la Casa Blanca y por unos momentos tomó las riendas de una crisis sin precedentes, con aviones descontrolados en el cielo, dos de ellos dirigiéndose hacia la capital.

    Arquitecto de la guerra

    Durante sus dos mandatos se convirtió en el principal estratega de la respuesta de la Casa Blanca a los atentados. Asumió un papel central en el diseño de la llamada Guerra contra el Terrorismo y en las decisiones de desplegar fuerzas militares primero en Afganistán (2001) para atacar a Al Qaida y al régimen talibán que la albergaba. Y después en Irak (2003), donde defendió públicamente la invasión alegando que el régimen de Sadam Husein tenía armas de destrucción masiva.

    7.300
    soldados estadounidenses muertos

    Cheney estuvo detrás de las guerras de Irak y de Afganistán, pese al alto coste en vidas que tuvo también entre los militares de Estados Unidos

    Cheney afirmó erróneamente que las tropas estadounidenses serían recibidas como «libertadores» y, años después, describió la insurgencia en Irak como «en sus últimos estertores», mientras las operaciones militares se prolongaban durante años. La guerra en Irak se extendió oficialmente hasta 2011, con casi 5.000 soldados estadounidenses muertos, y el conflicto en Afganistán continuó hasta la retirada final de 2021, con más de 2.300 militares estadounidenses fallecidos.

    Coordinó la captura y el traslado de supuestos terroristas, desplazados a cárceles secretas. Apoyó convertir la base naval de Guantánamo, en Cuba, en una suerte de prisión de máxima seguridad para combatientes extranjeros, y creó un problema aún irresuelto, pues quedan allí 15 detenidos a los que aun no se ha juzgado, y a los que no se puede trasladar por un veto del Capitolio.

    También intervino en la decisión de negarle a determinados detenidos el amparo de los convenios de Ginebra y someterlos a comisiones militares especiales. Respaldó el uso de «técnicas de interrogatorio reforzadas», entre ellas el ahogamiento fingido, que él calificó de «obvias» o «de sentido común» para salvar vidas, y defendió que esas prácticas contribuyeron a impedir nuevos atentados en territorio estadounidense durante siete años y medio.

    En el plano interno, Cheney impulsó una expansión del poder presidencial y la adopción de nuevas herramientas legales y operativas frente al terrorismo. Bajo su dirección se autorizó un programa de vigilancia doméstica sin orden judicial, que sorteaba los cauces habituales de supervisión del Congreso y de la Corte de Vigilancia de Inteligencia Extranjera.

    Cheney sostuvo de forma reiterada que el 11-S revelaba un nuevo tipo de amenaza, en la que grupos como Al Qaeda podrían emplear armas de destrucción masiva facilitadas por estados hostiles, y que ello requería actuar de forma preventiva y con menos restricciones legales. Con el tiempo, y especialmente en el segundo mandato, parte de esas políticas fue corregida: la Casa Blanca puso fin a esa tortura oficial, cerró las cárceles secretas de la CIA y sometió la vigilancia electrónica a un marco legal aprobado por el Congreso y los tribunales.

    Su jefe de gabinete, Scooter Libby, fue condenado en 2007 por perjurio y obstrucción a la justicia en el caso del filtrado de la identidad de la agente de la CIA Valerie Plame. Tras la condena, George W. Bush conmutó la pena de prisión, pero no le concedió el indulto completo. Cheney presionó repetidamente a Bush para que firmara ese perdón total, alegando que se trataba de una «grave injusticia» y que debía repararse.

    La negativa de Bush a ir más allá de la conmutación abrió una brecha entre ambos: Cheney salió de la Casa Blanca todavía convencido de que el presidente había errado al no rehabilitar por completo a su colaborador más cercano en ese caso. Fue un divorcio lento del Partido Republicano.


    Liz Cheney, hija mayor de Dick, fue la única que siguió sus pasos en en política. También fue una de las voces republicanas que más criticaron a Trump por su actuación en el asalto al Capitolio de enero de 2021


    EFE

    La hija mayor de Cheney, Liz, fue diputada por Wyoming, en el escaño que ocupo él, entre enero de 2017 y enero de 2023. Durante su escaño, alcanzó puestos de gran liderazgo como presidenta de la Conferencia Republicana de la Cámara entre 2019 y 2021.

    Pero ella rompió con Donald Trump tras las elecciones de 2020 y el asalto al Capitolio del 6 de enero de 2021: Liz Cheney criticó públicamente las falsas denuncias de fraude electoral de Trump y su responsabilidad en los hechos, y votó a favor de su segundo ‘impeachment’. Su padre la apoyó en esa campaña y en el trabajo que ella desempeñó en el comité de investigación del 6 de enero, reforzando su respaldo a la defensa de la Constitución frente al partido.

    En las últimas elecciones, él reveló por media de la hija que votaría a Kamala Harris, miembro de una administración que ordenó la salida de Afganistán y trató de enterrar del todo el legado neoconservador de Cheney y su generación.

  • Trump pide el voto para Cuomo en un intento de última hora de frenar a Mamdani en Nueva York

    Trump pide el voto para Cuomo en un intento de última hora de frenar a Mamdani en Nueva York

    A pocas horas de que los neoyorquinos acudan a las urnas este martes, Donald Trump ha pedido el voto para un demócrata, Andrew Cuomo, en las elecciones a la alcaldía de Nueva York.

    Es un intento de última hora -y con tono de urgencia- del presidente de EE.UU. por evitar la victoria del favorito en las encuestas, el también demócrata Zohran Mamdani, integrante del ala más izquierdista de su partido y que está a punto de convertirse en el primer alcalde musulmán de Nueva York (y de cualquier gran ciudad de EE.UU.).

    «Mi obligación es liderar este país y estoy convencido de que la ciudad de Nueva York será un completo desastre económico y social si gana Mamdani», defendió Trump en un mensaje en su red social el lunes por la noche. «Prefiero mucho más que gane un demócrata, que tiene un historial de éxitos, que lo haga un comunista con un historial completo y total de fracaso».

    Mamdani fue el ganador de las primarias demócratas el pasado junio, en las que se impuso contra pronóstico a Cuomo, el exgobernador del estado de Nueva York, que concurría con el apoyo del ‘establishment’ demócrata y de los grandes donantes del partido.

    Desde esa victoria, Mamdani se ha convertido en uno de los objetos habituales de los ataques de Trump, que nació, creció y desarrolló la mayor parte de su carrera en Nueva York.

    Mamdani pertenece a la facción más izquierdista de los demócratas

    Mamdani es un integrante de los llamados Demócratas Socialistas de América (DSA), la facción más izquierdista de los demócratas, con un programa extremista de corte socialista. Trump le ha calificado siempre de «comunista».

    Durante la campaña, el presidente había dado señas de que era necesario aglutinar el voto ‘anti Zohran’ alrededor de la figura de Cuomo, que permaneció en la batalla electoral como candidato independiente. Presionó al actual alcalde, Eric Adams, para que abandonara su propia candidatura independiente, lo que acabó haciendo. Y nunca impulsó al candidato republicano, Curtis Sliwa, que no ha tenido opciones en ningún momento para ganar -como suele ocurrir aquí con los candidatos conservadores-, pero que tiene suficientes apoyos como para dificultar en gran medida cualquier opción de Cuomo.

    El acumulado de sondeos de ‘RealClearPolitics’ da a Mamdani el 45,8% de los apoyos, frente al 31,1% de Cuomo y al 17,3% de Sliwa.. Algunas encuestan aseguran que el exgobernador a recortado la distancia en los últimos días frente al candidato izquierdista y musulmán, pero Mamdani sigue siendo el favorito absoluto.

    Eso ha motivado la muy rara decisión de Trump de entregar su adhesión a un candidato del Partido Demócrata, y con quien también ha tenido batallas abundantes (por ejemplo, por la gestión de la pandemia en su primer mandato, cuando Cuomo era aquí el gobernador). Y, al mismo tiempo, de pedir que sus seguidores que no voten al candidato de su partido.

    «Hay que recordar esto: el voto a Curtis Sliwa es un voto a Mamdani», advirtió. «Os guste Andrew Cuomo o no, no hay elección. Le tenéis que votar y confiar en que haga un trabajo fantástico. ¡Él es capaz, Mamdani no!», escribió.

    Trump criticó la falta de experiencia de Mamdani

    En su mensaje, Trump criticó la falta de experiencia de Mamdani, que solo ha estado cinco años como diputado estatal y que ahora se encuentra a un paso de gestionar uno de los mayores presupuestos públicos de la primera potencia mundial y con un programa socialista. Y amenazó, en una situación que preocupa a algunos neoyorquinos, con cortar el grifo federal si el joven candidato -tiene 34 años- gana la alcaldía.

    «Es muy improbable que yo envíe fondos federales, más allá del mínimo requerido, a mi querida primera casa, por la razón de que, por ser comunista, esta ciudad que fue grande tiene cero posibilidades de éxito o de supervivencia», dijo.

    El apoyo de Trump es un arma de doble filo para Cuomo. El exgobernador ha tratado de mostrarse en campaña como el único candidato capaz de hacer frente al presidente, al contrario que el bisoño Mamdani. Pero el apoyo de Trump le puede retratar como un aliado de alguien mayormente impopular en la ciudad de Nueva York, pese a que creció con fuerza aquí en las elecciones presidenciales del año pasado.

    «El presidente tiene razón», reaccionó Cuomo en una entrevista en radio. «Un voto a Sliwa es un voto a Mamdani».

    Mamdani aprovechó la adhesión de Trump para atacar a Cuomo. «En estos últimos días, lo que se rumoreaba, lo que se temía, se muestra a las claras», dijo en un mitin en su barrio, en Astoria, en el distrito de Queens. «El respaldo a Andrew Cuomo por parte del movimiento MAGA (la marca política de Trump) refleja el convencimiento de Donald Trump de que él será el mejor alcalde para sus intereses, no el mejor alcalde para Nueva York o los neoyorquinos».

  • Viaje a la América no tan profunda que devolvió a Trump a la Casa Blanca

    Viaje a la América no tan profunda que devolvió a Trump a la Casa Blanca

    «Nancy, sé que papá y mamá estarían muy decepcionados contigo por querer que ganara Trump, por votar a Trump». Bob Stewart cuenta lo que le dice a su hermana cuando la ve. Habla con este periódico delante de sus campos de arándanos y frambuesas, entre colinas suaves y parches de bosque. Estamos a las afueras de Brodheadsville, en el condado de Monroe, al oeste de Pensilvania, uno de los grandes frentes electorales de la elección presidencial del año pasado. Esa que llevó a Donald Trump, por mucho que moleste a Stewart, de regreso a la Casa Blanca.

    Este granjero, que fue profesor de escuela en otra vida, no habla mucho con su hermana. «Ella es muy de Trump», explica con una sonrisa triste. «Como casi todos por aquí», añade, apuntando a las granjas y campos de cultivo de alrededor.

    Este miércoles es 5 de noviembre y se cumple un año de aquella victoria histórica de Trump. Una remontada política difícil de anticipar después de que una turba de sus seguidores asaltara el Capitolio, después de que recibiera cuatro imputaciones penales y fuera el primer expresidente condenado por delitos. Y un año desde el comienzo de un nuevo ciclo trumpista, todavía más rupturista y más polarizante. Para algunos, es la nueva era dorada de Estados Unidos. Para otros, un descenso al autoritarismo, hacia el final de la democracia más vieja del mundo, cuando está a punto de cumplir 250 años.

    Stewart, con una sudadera del equipo del instituto local con las manchas del trabajo, está entre los segundos. «El país no va en buena dirección», defiende. Y dice que su padre no peleó en la Segunda Guerra Mundial «para que el poder esté en manos de un dictador, de un rey».

    Imagen - «Mi padre no peleó en la II Guerra Mundial para que ahora tengamos un rey», protesta Bob Stewart, agricultor del este de Pensilvania

    «No vamos en buena dirección»

    «Mi padre no peleó en la II Guerra Mundial para que ahora tengamos un rey», protesta Bob Stewart, agricultor del este de Pensilvania

    Habla desde un lugar que no es territorio tradicional republicano, ni siquiera trumpista, pero que ejemplifica como pocos el triunfo del multimillonario neoyorquino. El condado de Monroe tiene una mezcla de campo, pequeña ciudad con universidad, destino turístico -las montañas Poconos- y tejido suburbano que se ha inclinado tradicionalmente a los demócratas. Aquí no ganaba un republicano en votaciones a nivel estatal desde 2010. Pero Trump mejoró en siete puntos su desempeño en Monroe respecto a las elecciones de 2020 -las que perdió con Biden-, el mayor incremento para cualquier condado en Pensilvania, el estado más decisivo de las presidenciales, donde los candidatos vinieron y volvieron sin parar, donde llovieron cientos de millones de dólares de las campañas y donde Trump estuvo a milímetros de perder la vida en un atentado durante un mitin. Y pintó este condado de rojo republicano.

    Imagen - «Trump está siendo mejor de lo que esperábamos, y esperábamos mucho», asegura Peter Begley, líder de los republicanos en el condado de Monroe, Pensilvania

    «Estamos eufóricos»

    «Trump está siendo mejor de lo que esperábamos, y esperábamos mucho», asegura Peter Begley, líder de los republicanos en el condado de Monroe, Pensilvania

    Ese rojo -y una variedad infinita de naranjas y amarillos- explota en este momento del otoño en los bosques por los que serpentea la carretera camino de Alaska Pete’s, un restaurante de carretera cerca de Marshall’s Creek donde espera Peter Begley, el presidente de los republicanos del condado de Monroe.

    «Estamos eufóricos», dice Begley. «Trump está siendo mejor de lo que esperábamos, y esperábamos mucho. Es una nueva edad dorada». Viste camiseta roja del presidente y repasa lo que considera sus logros: los acuerdos de paz logrados por todo el mundo, el control de la frontera frente a la entrada masiva de inmigrantes indocumentados, la implementación de aranceles, la eliminación de la agenda LGBTQ, la caída del precio de la gasolina…

    Desprecia las acusaciones de los demócratas sobre los abusos autoritarios de Trump, su colonización de las instituciones, las fricciones con el poder judicial, el despliegue del Ejército en territorios demócratas, el uso de la Fiscalía para perseguir rivales políticos… «Ningún rey permitiría una manifestación con el lema ‘No a los reyes’», asegura sobre las dos grandes movilizaciones demócratas contra Trump en los últimos meses.

    Polarización en EE.UU.

    «Los demócratas no son patriotas, no aman la Biblia», critica Begley. «Tus derechos vienen de Dios», informa. Y concede con la boca pequeña que le preocupa la creciente polarización. «Me gustaría que no ocurriera, pero solo se habla de eso cuando la izquierda no está en el poder».

    La división son siempre los otros. Queda claro después de charlar con vecinos de este apacible rincón de EE.UU., donde parece que no pasa nada, más allá del viento que empuja las hojas ya muertas. «Que haya tanta división es por culpa de los otros», dice Jennifer Hallstrom, que forma parte del club local de mujeres republicanas. «Para ellos, eres una persona horrible si vas con Trump».

    «No se puede hablar con los trumpistas», replica sobre ellos Cinthya Hamill, quien imparte clases en la Universidad de East Stroudsburg, la pequeña ciudad de este condado. «Para ellos, Trump es el rey del mundo y es infalible». Para ella, la política del actual presidente es «cruel» y una «deriva fascista».

    Desde East Stroudsburg, con una calle principal coqueta y llena de homenajes a los militares locales caídos en servicio, solo hay que cruzar el río Delaware, que baja por sus afueras, para entrar en Nueva Jersey. Rumbo hacia el este, la autopista es un espectáculo otoñal hasta que las inmediaciones de la zona metropolitana de Nueva York convierten el paisaje en suburbio: hileras de casas con jardín, sucesión de gasolineras, Starbucks y locales de comida rápida y ‘strip malls’, los pequeños complejos comerciales que dominan la América que está entre el campo y la ciudad.

    Imagen - «Trump es un abusón, pero lo que necesitamos en estos momentos es un abusón», defiende Richard Seylaz, desde Passaic, en Nueva Jersey

    «Me siento seguro y la economía va bien»

    «Trump es un abusón, pero lo que necesitamos en estos momentos es un abusón», defiende Richard Seylaz, desde Passaic, en Nueva Jersey

    Ese es el aspecto de Wayne, en el condado de Passaic, otro de los territorios que Trump cambió de color hace un año. Aquí su voto se disparó casi en veinte puntos respecto a 2020. Entre quienes optaron por él está Richard Seylaz, un comerciante de diamantes, con negocio en Manhattan y vida en este suburbio. Dice que es independiente, pero habla como un convencido de Trump. «Me siento más seguro y la economía va en la dirección correcta», resume sobre su satisfacción con el presidente republicano, del que no alaba sus formas: «Es un abusón, pero es que en estos tiempos necesitamos un abusón».

    Seylaz cree que la inmigración es una de las razones por las que creció tanto Trump aquí. La presencia inmigrante no pasa desapercibida en el centro de Paterson, la ciudad de este condado, donde más del 60% de la población es hispana. Ese electorado fue una de las claves de la elección de hace un año. Trump -con su discurso de mano dura migratoria- consiguió el 46% de los votos de los hispanos, más que ningún candidato republicano a la presidencia.

    «Aquí hay mucha gente que se está arrepintiendo», dice George Anthony desde una imponente mansión de una donante del Partido Demócrata que acoge un acto con candidatos a las elecciones locales de este martes en Nueva Jersey, donde está en juego, entre otros, el gobernador del estado. «El año pasado la gente quería un cambio, sobre todo por la economía. Muchos de los nuestros le votaron», dice Anthony, de origen puertorriqueño y que actúa como nexo del partido con las comunidades hispanas de Paterson. «Hay muchos mexicanos y dominicanos arrepentidos».

    Es difícil saber si eso es un deseo o una realidad. Ningún votante con el que ha hablado este periódico reniega de su decisión del año pasado. Las encuestas, sin embargo, muestran dos elementos que son habituales en Trump a nivel nacional: baja popularidad y gran división. El último sondeo de Ipsos para ABC News y ‘The Washington Post’ coloca a Trump con una popularidad de 41%, el porcentaje más bajo para esta encuestadora desde el asalto al Capitolio, en enero de 2021. Pero con el apoyo del 86% de los republicanos y la oposición del 95% de los demócratas (el suspenso del 69% de los independientes es lo que más inclina la balanza).

    Próximas pruebas

    Esta elección a gobernador en Nueva Jersey, como la que se celebra en Virginia para el mismo cargo, servirá para tomar la temperatura del votante. También la que tiene como protagonista al socialista y musulmán Zohran Mamdani para la alcaldía de la mayor ciudad del país, Nueva York.

    Imagen - «La parte internacional la está manejando muy bien. En política nacional, es un desastre», dice del presidente María Fernanda Cuéllar

    «Bien en internacional, un desastre nacional»

    «La parte internacional la está manejando muy bien. En política nacional, es un desastre», dice del presidente María Fernanda Cuéllar

    Desde Paterson, una maraña de autopistas, túneles y puentes salva los suburbios de Nueva York hasta llegar a Manhattan y, poco después, a Queens, el distrito de Mamdani. Y también el lugar donde se crió Trump. Aquí no ganó el presidente -la victoria demócrata es perenne, como el atasco-, pero creció una barbaridad, 22 puntos (igual que en el Bronx). «La gente está muy enojada con los inmigrantes que vienen de forma ilegal y les dan todo gratis», dice Nidia Olvera, que votó a Trump y lo seguirá haciendo, desde Roosevelt Avenue, el gran enclave hispano del distrito.

    «La parte internacional la está manejando muy bien», dice sobre el presidente María Fernanda Cuéllar, de origen colombiano, encantada de las embestidas de Trump contra Gustavo Petro. Pero no le votó el año pasado y tampoco se arrepiente. «En política nacional, es un desastre». En este periplo del campo a la ciudad, en territorios donde creció Trump hace un año, apenas hay unanimidad en una cosa: la división.

  • El sospechoso del ataque en el tren del Reino Unido había apuñalado a otra persona horas antes en una estación de Londres

    El sospechoso del ataque en el tren del Reino Unido había apuñalado a otra persona horas antes en una estación de Londres

    Anthony Williams, de 32 años, descrito por las autoridades como «Black British» (negro británico) y residente en Peterborough, comparece este lunes ante un tribunal de la localidad inglesa de Peterborough acusado de once intentos de asesinato, dos delitos de posesión de arma blanca y uno de lesiones con daño corporal real.

    La Fiscalía de la Corona sostiene que Williams protagonizó dos agresiones con cuchillo en menos de un día: la primera en la madrugada del pasado sábado, en una estación del este de Londres, y la segunda horas después, durante el ataque a bordo de un tren en Cambridgeshire que dejó diez personas heridas. La Policía no considera que los hechos tengan «motivación terrorista» y mantiene abiertas varias líneas de investigación, entre ellas una evaluación sobre la salud mental del acusado.

    El primer episodio, del que se ha informado este lunes, se produjo en torno a las 00.46 del sábado en la estación de Pontoon Dock, en la red Docklands Light Railway (DLR), donde, según la Policía de Transporte británica, un pasajero sufrió heridas en la cara después de ser atacado con un cuchillo.

    El agresor logró huir del lugar antes de la llegada de los agentes, pero las grabaciones de circuito cerrado de televisión y los testimonios de testigos permitieron posteriormente vincular este suceso con Williams, que fue detenido la tarde del mismo día en Cambridgeshire, tras el segundo ataque, que ocurrió hacia las 19.39 del sábado en un tren de alta velocidad de la compañía London North Eastern Railway (LNER), que viajaba de Doncaster a King’s Cross, en Londres.

    Poco después de la salida de Peterborough, el acusado habría comenzado a agredir a los pasajeros con un cuchillo, lo que provocó el pánico entre los viajeros. Entre las víctimas figura un trabajador ferroviario que intentó detenerlo y que, según confirmaron fuentes médicas, continúa hospitalizado en estado crítico. El tren fue desviado hasta la estación de Huntingdon, donde agentes armados detuvieron al sospechoso.

    El subjefe de la Policía de Transporte, Stuart Cundy, describió la actuación del trabajador como «heroica» y apuntó que «sin duda, salvó vidas», mientras que la responsable de Transporte, Heidi Alexander, declaró que «hay personas que hoy están vivas gracias» a él, y confirmó que el trabajador sigue en cuidados intensivos. «Se interpuso deliberadamente entre el atacante y los pasajeros», añadió Cundy, al presentar los primeros resultados de la investigación. Alexander señaló que «aún hay muchas preguntas que deben ser respondidas».

    Tras los ataques, el Gobierno ordenó un refuerzo de la presencia policial en las principales estaciones de Londres, como King’s Cross y St Pancras International, donde este lunes se observaban agentes armados y perros rastreadores en los accesos.

    La Fiscalía de la Corona precisó en un comunicado que los once cargos de intento de asesinato corresponden a los dos ataques atribuidos al acusado: diez por los hechos ocurridos en el tren y uno por el ataque previo en Pontoon Dock. Además, se le imputan dos delitos de posesión de arma blanca y otro de lesiones con «daño corporal real», este último relacionado con una agresión a un agente en dependencias policiales después de su detención.

    La jefa de turno de la Fiscalía, Tracy Easton, explicó que «la decisión de presentar cargos se adoptó tras revisar un gran volumen de pruebas, incluidos registros de CCTV y testimonios de testigos», y añadió que «los cargos se mantendrán bajo revisión a medida que avance el caso».

    Un ex jefe de la Policía de Transporte, Andy Trotter, señaló en declaraciones a la prensa local que «el suceso fue manejado de manera eficaz por el maquinista, el personal ferroviario y los servicios de emergencia», y pidió «una revisión más amplia de la seguridad en trenes y estaciones, así como de la dotación de agentes en la red».

    El Gobierno, por su parte, insiste en que el sistema ferroviario británico sigue siendo un entorno de baja criminalidad, y Heidi Alexander afirmó que las medidas de seguridad se revisarán «de manera proporcionada» y descartó la instalación de controles tipo aeropuerto por considerarlos impracticables en una red que mueve millones de pasajeros cada día.