La carretera que une Yibuti con Addis Abeba es una arteria vital para Etiopía. Por ella entra en torno al 95% de todo lo que importa un país de 130 millones de habitantes sin salida al mar. Combustible, alimentos, maquinaria y armas. Desde que las fuerzas del Frente Popular de Liberación de Tigray (TPLF) lanzaron su ofensiva el pasado 23 de septiembre, tras sellar una alianza con otros seis grupos armados para derrocar al primer ministro, Abiy Ahmed, los combatientes tigranios y sus aliados han tomado la localidad de Erebti y empujan hacia Afdera, en dirección a esa arteria. Unas 150.000 personas han huido ya de los combates en la región de Afar.
Pero el dato que ha encendido todavía más las alarmas llegó de boca del gobernador de Afar. En una serie de declaraciones hechas a Al Jazeera, aseguró que tropas eritreas participan de manera directa en los combates y, lo que es más grave, que controlan más de dos tercios de la región de Afar. Asimismo, confirmó los movimientos en dirección a la carretera que une Yibuti con Addis Abeba, cuyo valor estratégico es casi incalculable.
Asmara no ha respondido a las acusaciones. Ni siquiera cuando el jefe del Estado Mayor etíope, el mariscal Birhanu Jula, acusó igualmente a Eritrea de financiar al TPLF y sugirió que Sudán y Egipto también respaldan a los rebeldes, cosa que todos estos países niegan. Pero si la carretera de Yibuti cae, más allá del silencio, la guerra civil etíope puede cambiar su naturaleza en una dirección devastadora y con escasos precedentes. Porque Abiy Ahmed se vería afectado por una grave emergencia económica y comercial de difícil solución y, paradójicamente, conseguiría reforzar el argumento que lleva tres años buscando para obtener un acceso directo al mar Rojo por medio de la costa eritrea.
De enemigo a escudo
La historia entre Eritrea y Etiopía es la de Caín y Abel. Dos hermanos condenados a no entenderse. Eritrea formó parte de Etiopía hasta su independencia en 1993, hecho que dejó a Addis Abeba sin acceso marítimo. Cinco años después, ambos países se enfrentaron en una guerra fronteriza por la localidad de Badme que dejó tras de sí decenas de miles de muertos y una paz de tiras y aflojas que duró casi dos décadas. Etiopía dejó entonces de usar el puerto eritreo de Assab, por el que hasta entonces pasaba buena parte de su comercio, y se volcó en Yibuti. Este es un antecedente fundamental para entender el contexto de lo que vendrá en los próximos meses.
En 2018, Abiy Ahmed firmó la paz definitiva con su homólogo eritreo, Isaias Afwerki, y recibió el Nobel de la Paz por ello. Y solo dos años después, durante la guerra de Tigray (2020-2022), los soldados eritreos cruzaron la frontera etíope para combatir junto al ejército federal contra el TPLF; pasaron de enemigos acérrimos a aliados inseparables en veinticuatro meses. Sin embargo, el paso de las fuerzas eritreas por Tigray, considerando los rencores acumulados tras veinte años de enfrentamientos, dejó algunas de las peores atrocidades de aquella guerra. El ejemplo más sonado fue la matanza de cientos de civiles en Aksum en noviembre de 2020 (documentada por Amnistía Internacional), aunque el propio Abiy Ahmed reconoció en febrero de este año que las tropas eritreas cometieron asesinatos en masa en Tigray. Alrededor de 600.000 personas, la mayoría de ellas civiles, murieron como consecuencia directa de la que se considera la guerra más letal en lo que llevamos de siglo.
Por eso resulta en una enorme ironía que Eritrea aparezca hoy como valedora de los tigranios. Pasaron de enemigos de Addis Abeba a aliados (y enemigos de los tigranios) y a enemigos de nuevo (y aliados de los tigranios). Cuesta seguirle el ritmo a tantas traiciones y apretones de mano.
La explicación de este vaivén está en Pretoria. El acuerdo que puso fin a la guerra de Tigray en noviembre de 2022 se firmó sin Eritrea, que había combatido del lado de Addis Abeba… y se mascó un sentimiento de traición en los despachos de Asmara. Tanto, que las tropas eritreas se negaron a abandonar los territorios ocupados de Tigray y han permanecido allí desde entonces. Un año después, en octubre de 2023, Abiy pronunció ante el Parlamento un discurso incendiario en el que calificó el acceso directo al mar Rojo como una “cuestión existencial” para Etiopía. Desde entonces, la retórica no ha dejado de subir de tono, llegando el primer ministro a insinuar que el acceso que tanto necesitan es aquel que les “robó” Eritrea mediante su independencia. En un desfile militar del 65º aniversario del Mando de Operaciones Especiales del ejército etíope, celebrado el 22 de febrero de este año en Hawassa, incluso se mostraron carteles donde se leía: “Les guste o no, Assab es Etiopía”. En referencia al puerto eritreo de Assab.
Esta nueva ruptura entre los dos Estados terminó por reconfigurar el panorama de las alianzas. Tigray (y el TPLF) ahora funciona, en la práctica, como el colchón que protege Assab de las aspiraciones expansionistas de su antiguo aliado.
Esta guerra no ha sido una sorpresa para nadie. Addis Abeba llevaba meses preparándose. Ya en febrero de este año, fuentes diplomáticas alertaban de que Etiopía y Eritrea estaban desplegando tropas y material militar hacia Tigray, y numerosas imágenes compartidas por fuentes locales mostraban el transporte de un elevado número de medios militares etíopes que se dirigían al norte. El mismo mes de febrero, el ministro de Exteriores etíope acusó por carta a Asmara de realizar una “agresión abierta” por ocupar territorio etíope (en Tigray).
La duda que recorre hoy las cancillerías es, por tanto, si esa enorme concentración de tropas etíopes se detendrá en Tigray. Si el ejército federal lograra neutralizar al TPLF, el colchón de los eritreos, nada le impediría desplegarse en toda la línea fronteriza y, guste o no, volver verdadera la frase que dice que Assab es Etiopía.
Un cerco de vecinos
Pero Eritrea no es el único frente exterior de Abiy Ahmed, que apenas cuenta de su lado con la ayuda externa (limitada) de Emiratos Árabes Unidos. La relación con Sudán también se ha deteriorado hasta el borde de la ruptura. Una investigación reveló a principios de año la existencia de un campamento destinado a entrenar a combatientes de las Fuerzas de Apoyo Rápido (RSF) en territorio etíope. Y las RSF combaten desde 2023 al ejército del general Abdelfatah al Burhan, presidente sudanés. Etiopía negó la existencia del campamento, pero esto no quitó que, en mayo, el gobierno de Al Burhan acusara a Etiopía y a Emiratos de estar detrás de los ataques con drones contra el aeropuerto de la capital sudanesa, que dicen que despegaron desde Bahir Dar.
Y luego está el Nilo Azul. Etiopía inauguró aquí en septiembre de 2025 la Gran Presa del Renacimiento Etíope, sin alcanzar un acuerdo vinculante con Egipto y Sudán. Esto es importante porque ambos países temen por el caudal de un río que es fundamental para sostener sus sistemas agrícolas y energéticos. Desde El Cairo, además de mostrar su profundo descontento por la construcción de la presa, han respondido tejiendo alianzas alrededor de Etiopía: en octubre de 2024, Egipto, Eritrea y Somalia sellaron en Asmara un frente común ante las ambiciones de Abiy.
El resultado es un tablero de dos bloques. De un lado están Egipto, Eritrea, el ejército sudanés y Arabia Saudí. Somalia tiene demasiados problemas internos para hacer nada que no sea firmar. Del otro están Etiopía, Emiratos y las RSF, con Israel cada vez más cerca. Cada actor local tiene detrás un “padrino regional”, y cada padrino libra su propia guerra a una escala mayor de lo que podría cualquiera de sus ahijados.
La Unión Africana y la IGAD han pedido respetar el acuerdo firmado en 2022 en Pretoria, aunque hoy esté hecho trizas. Pero la pregunta ya no es si la guerra de Etiopía se extenderá a otros países, porque en buena medida ya lo ha hecho a través de terceros y del propio ejército eritreo. La pregunta es si Etiopía cruzará la frontera eritrea de forma abierta. Sería algo excepcional en un continente donde las guerras suelen ser civiles. La última guerra convencional entre dos Estados africanos la libraron precisamente Etiopía y Eritrea entre 1998 y 2000, y para encontrar la anterior habría que remontarse a 1987, al conflicto entre Chad y Libia. Si ocurriese el peor escenario, si los rebeldes cortasen la arteria vital etíope y Abiy Ahmed endureciese su respuesta, el Cuerno de África sumaría una guerra entre Estados a los conflictos civiles en Sudán, Sudán del Sur y Somalia. Todo ello junto a una de las rutas marítimas más importantes del planeta.
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