¿Vuelve la guerra a Etiopía?

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No han pasado todavía cuatro años desde que el 2 de noviembre de 2022 el Gobierno federal de Etiopía firmara un acuerdo de paz con el ejército del Frente de Liberación del Pueblo Tigré (TPLF, por sus siglas en inglés) para poner fin a uno de los conflictos más sangrientos del siglo XXI, que dejó en su haber una cifra de víctimas mortales que muchas fuentes sitúan en torno a los 600.000, e incalculables daños económicos y de infraestructuras. Por no hablar de las heridas internas, cerradas en falso, de una población que sufrió, casi sin posibilidad de defensa, la más cruel de las violencias. Durante dos años se sucedieron las violaciones, torturas y desapariciones, al abrigo de un bloqueo total de las comunicaciones que dejó a la región completamente aislada del mundo.

En esos cuatro años posteriores al fin de la guerra, en la región más septentrional del país africano, fronteriza con Eritrea, se ha vivido una paz inestable, en medio de acusaciones de incumplimiento del acuerdo por ambas partes. Mientras la población intentaba recuperarse de las nefastas consecuencias de la guerra -inflación desbocada, altísimas tasas de paro, reconstrucción de infraestructuras, recuperación de huertos y pozos-, el Gobierno federal de Abiy Ahmed Ali y los rebeldes tigrinos se mostraban incapaces de poner en marcha los puntos más significativos del acuerdo de Pretoria -retorno de los desplazados internos, reconstrucción del tejido social…-, con el fin de garantizar una paz duradera en la región.

En el último año, y a pesar de la oposición de la población civil, que, cansada de la guerra, solo ansía poder vivir con dignidad, el TPLF ha ido rearmándose. Miles de hombres jóvenes han sido reclutados por la fuerza para entrar en un ejército que se preparaba para un conflicto inminente. La mayoría de aquellos que hace cuatro años entraron en la guerra convencidos de estar luchando por una causa justa rechazan volver a tomar las armas. Muchos de ellos permanecen escondidos en sus casas, sin atreverse a salir para no ser reclutados en la calle; otros han huido de la ciudad a las zonas rurales, donde se ocultan para evitar ser alistados. Saben que la guerra no es la solución a sus problemas, que la guerra nunca es la solución para nada.

Pero, desgraciadamente, el ruido de las armas ha vuelto a sonar en el norte de Etiopía. Ya no se trata de escaramuzas aisladas. Los ataques del ejército del TPLF en la vecina región de Afar, que, según diversas fuentes, han causado el desplazamiento de más de 150.000 personas; los ataques del ejército federal contra miembros de las fuerzas rebeldes en la región de Amhara; la reciente creación de la llamada «Alianza por la Supervivencia», formada por siete ejércitos regionales contrarios al presidente Abiy Ahmed Ali; la toma, por parte del ejército rebelde tigrino, de los aeropuertos de Mekelle, Shire y Aksum en el Tigré, y el, según medios, más que probable apoyo de Eritrea -aliada del ejército federal en la contienda que se inició en 2020- y Sudán a la Alianza por la Supervivencia hacen pensar en una inminente guerra civil.

Por el momento, el Tigré vuelve a estar aislado. Igual que hace cuatro años. El Gobierno ha cerrado internet y las comunicaciones telefónicas. Hace días que los bancos no abren y las cuentas de los tigrinos están bloqueadas. No hay dinero ni posibilidad de salir de la región por aire. El combustible escasea y el miedo se ha apoderado de la población.

Goitom es uno de esos jóvenes que se esconden por miedo. El cierre de fronteras le ha sorprendido en Adís Abeba. Allí, en la capital, donde se respira un aire de aparente normalidad, también hay temor. Se ha visto en la multitudinaria fiesta de Meskel (la fiesta de la Cruz), que ha congregado en la plaza del mismo nombre de la capital del país a cerca de 200.000 personas que celebraban la festividad rodeadas de cientos de policías y militares. Nos lo ha contado nuestro compañero expatriado en el país.

Pero el miedo de Goitom es otro. Desde hace días no se atreve a salir a la calle porque sabe de la detención y encarcelamiento arbitrarios de tigrinos. Encontrarse con la policía puede suponer la cárcel o tener que pagar un soborno para evitarla. Y él no tiene dinero porque su cuenta ha sido bloqueada. Tampoco puede hablar con su mujer y extraña enormemente a su hijo de tan solo un año. No sabe nada de ellos y teme por lo que le pueda pasar a su familia si vuelve el conflicto. Su hermano también está escondido en su ciudad. Y, como él, muchos de sus amigos. Goitom quiere volver con su familia, pero no sabe cómo. Y, si lo consigue, corre el riesgo de ser reclutado para luchar en una guerra que ahora sabe que no es la suya. Una guerra que, como la mayoría de la población de Tigré, no quiere.

En Manos Unidas continuaremos trabajando en la región de Tigré, como hicimos durante la anterior guerra. Nuestro compañero ha intentado, sin éxito, contactar con nuestros socios locales en Adigrat. El teléfono está mudo. Junto a ellos -la oenegé Chain of Love y el Secretariado Católico de Adigrat (ADCS, por sus siglas en inglés)-, trabajamos por y para la población tigrina, cansada de la guerra, del miedo y de la violencia.

Nuestra intención, si vuelve el conflicto, es seguir -como hicimos durante la anterior guerra- al lado del castigado pueblo tigrino y de la población civil de Etiopía. Porque Etiopía merece vivir en armonía. Desde Manos Unidas, con nuestro trabajo en el país, seguiremos intentando devolver a las víctimas de la guerra la posibilidad de retomar el camino del desarrollo, sabedores de que la paz es mucho más que la ausencia de guerra.

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