Category: Tecnologia

  • La NASA explora la superficie de Marte y encuentra evidencias ocultas de un sistema hídrico con piscinas hidrotermales

    La NASA explora la superficie de Marte y encuentra evidencias ocultas de un sistema hídrico con piscinas hidrotermales

    La NASA ha encontrado en la superficie de Marte un registro geológico que apunta a una historia del agua mucho más compleja de lo previsto en el cráter Jezero. El análisis realizado por el rover Perseverance, recogido en un estudio publicado en Communications Earth & Environment, muestra que las rocas de la denominada Unidad Marginal estuvieron expuestas a distintos episodios de actividad acuosa. El hallazgo obliga a revisar la interpretación de una región que los científicos relacionaban principalmente con el antiguo lago que ocupó el cráter. Las huellas conservadas en sus minerales revelan que el agua llegó allí por vías diferentes y en momentos separados.

    La sorpresa surgió cuando Perseverance alcanzó en septiembre de 2023 el borde interior de Jezero y comenzó a estudiar esta formación situada junto a la antigua línea de costa. Las observaciones realizadas desde la órbita habían detectado abundantes minerales carbonatados, por lo que los investigadores esperaban encontrar rocas sedimentarias creadas por la acumulación de arcillas y limos. En su lugar apareció una formación de origen ígneo, asociada a magma que se enfrió lentamente en profundidad o a procesos volcánicos. Esa diferencia resultó decisiva porque sus cristales habían conservado las señales químicas de los cambios posteriores sufridos por la roca.


    El protagonista de este archivo geológico es el olivino, un mineral rico en magnesio y hierro que domina buena parte de la Unidad Marginal. A mayor altitud, Perseverance encontró cristales gruesos prácticamente intactos y con escasas señales de contacto con agua, una estructura compatible con un cuerpo de magma que se enfrió lentamente bajo la superficie. Más abajo, donde se encontraba el lecho del antiguo lago, el aspecto cambia: los granos aparecen fracturados y acompañados por sílice y carbonatos. Esa distribución permitió al equipo reconstruir una secuencia de alteraciones que no encaja con un único episodio acuático.

    Una encrucijada de agua

    La primera transformación identificada se produjo cuando aguas subterráneas ricas en dióxido de carbono circularon por las fracturas del olivino y reaccionaron con la roca. El proceso generó vetas y relieves de carbonato que todavía pueden reconocerse después de que los materiales más blandos situados a su alrededor se erosionaran. “Antes de llegar a la Unidad Marginal, la hipótesis principal, derivada de observaciones orbitales, era que el carbonato visto desde la órbita se formó a partir de la interacción con el lago que existía en el cráter Jezero”, dijo Candice Bedford, investigadora de la Universidad de Purdue y autora principal del trabajo, en una nota de prensa. Los nuevos datos muestran que esa explicación era insuficiente para describir toda la historia del lugar.

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    Imagen en la que se aprecia la antigua línea de costa del lago (NASA/JPL-Caltech/ASU/MSSS)

    Imagen en la que se aprecia la antigua línea de costa del lago (NASA/JPL-Caltech/ASU/MSSS)

    La siguiente fase parece estar vinculada al propio lago de Jezero. Algunas rocas situadas por debajo de la antigua línea del agua presentan una concentración mayor de sílice, un mineral que puede quedar como producto de la transformación del olivino en carbonato. “Algunas de las rocas de la Unidad Marginal también contienen sílice”, afirmó Eleni Ravanis, científica planetaria de la Universidad de Hawái en Manoa y coautora del estudio. “La transformación de olivino en carbonato puede dejar sílice. Observamos una mayor presencia de esta sílice en las rocas que se encontraban bajo el nivel del agua”.

    La huella hidrotermal

    El episodio más llamativo apareció en el sector oriental de la Unidad Marginal, donde Perseverance detectó vetas minerales de unos 25 cm de espesor con una composición distinta a la observada en otras zonas. Allí aparecen sulfato de calcio y fluorita, minerales que pueden formarse cuando agua caliente circula a través de rocas volcánicas. Esta señal apunta a un acontecimiento hidrotermal posterior, provocado por agua subterránea calentada en el subsuelo marciano. La secuencia dibuja así un escenario en el que aguas profundas, un lago superficial y fluidos calientes modificaron sucesivamente el mismo conjunto de rocas.

    Para reconstruir esta historia, el instrumento SuperCam, instalado en el mástil de Perseverance, ha analizado más de 185 objetivos rocosos de la Unidad Marginal. El sistema puede disparar un láser contra una roca situada hasta a 6,5 m, vaporizar una cantidad mínima de material y estudiar el espectro del plasma resultante para determinar su composición química. El róver recorrió aproximadamente 265 m de desnivel dentro de esta formación, lo que permitió comparar materiales situados por encima y por debajo de la antigua línea del lago. Esa diferencia de altura ha sido fundamental para distinguir qué rocas permanecieron prácticamente inalteradas y cuáles estuvieron sometidas a procesos acuosos.

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    Los científicos pueden establecer el orden relativo de estos acontecimientos, aunque todavía no han podido determinar cuándo ocurrió cada episodio. “Pero ahora sabemos que este lugar se convirtió en una especie de encrucijada para los sistemas acuosos. Los hallazgos de la Unidad Marginal son importantes porque el cráter Jezero se encuentra dentro de una de las mayores exposiciones de carbonato en Marte, por lo que lo que aprendemos aquí tiene repercusiones mucho más allá de este cráter”, explicó Bedford. Para la misión de la NASA, dedicada también a reconstruir el clima antiguo y la habitabilidad marciana, estas rocas ofrecen un registro especialmente valioso de cómo cambió el agua en Marte a lo largo del tiempo.

    La NASA ha encontrado en la superficie de Marte un registro geológico que apunta a una historia del agua mucho más compleja de lo previsto en el cráter Jezero. El análisis realizado por el rover Perseverance, recogido en un estudio publicado en Communications Earth & Environment, muestra que las rocas de la denominada Unidad Marginal estuvieron expuestas a distintos episodios de actividad acuosa. El hallazgo obliga a revisar la interpretación de una región que los científicos relacionaban principalmente con el antiguo lago que ocupó el cráter. Las huellas conservadas en sus minerales revelan que el agua llegó allí por vías diferentes y en momentos separados.

  • Un científico abre un sobre sellado durante 10 años y descubre que la gravedad sigue sin tener sentido: “Debemos seguir adelante”

    Un científico abre un sobre sellado durante 10 años y descubre que la gravedad sigue sin tener sentido: “Debemos seguir adelante”

    Un sobre cerrado durante casi una década guardaba la cifra que podía resolver una de las mayores anomalías de la física moderna. El físico Stephan Schlamminger, del Instituto Nacional de Estándares y Tecnología de EEUU (NIST), había dedicado años a medir la constante gravitacional universal G sin conocer el resultado real de su propio experimento. El trabajo, publicado finalmente en la revista científica Metrologia, pretendía aclarar por qué distintas mediciones de la gravedad siguen ofreciendo valores que no terminan de coincidir.

    La estrategia tenía una razón concreta. Schlamminger temía que conocer de antemano el valor esperado pudiera influir, aunque fuese de manera inconsciente, en el análisis de los datos. Su compañero Patrick Abbott alteró deliberadamente algunas mediciones mediante una corrección numérica que solo él conocía y guardó la clave dentro de un sobre. Durante años, el equipo trabajó prácticamente a ciegas, mientras intentaba reproducir con la máxima precisión un experimento realizado anteriormente por el Buró Internacional de Pesas y Medidas (BIPM) en Sèvres, Francia.


    El momento de abrirlo estuvo a punto de llegar en 2022, pero el investigador detectó un posible efecto relacionado con la presión del aire que todavía podía alterar el resultado. Decidió aplazar la revelación y revisar de nuevo el experimento. Dos años después, el 11 de julio de 2024, durante una conferencia sobre mediciones electromagnéticas de precisión celebrada en Aurora, Colorado, Schlamminger leyó finalmente el número oculto. “Realmente había puesto los puntos sobre las íes y cruzado todas las tes del experimento“, explicó.

    La gravedad vuelve a desafiar las mediciones

    La primera reacción fue de alivio porque la corrección secreta tenía aproximadamente el signo y la magnitud que esperaba. Eso sí, el optimismo duró poco. Al reconstruir los datos reales, el equipo comprobó que su medición no coincidía con el resultado obtenido en Francia. Tras otros dos años de análisis, los científicos establecieron un valor de 6,67387 × 10-11 m3/kg/s2 para la constante G, un resultado 0,0235% inferior al registrado por el experimento francés.

    La diferencia es minúscula para cualquier situación cotidiana, pero resulta incómodamente grande para la física de precisión. La constante G determina la intensidad de la atracción gravitatoria entre dos masas y, pese a que los científicos llevan más de 225 años intentando medirla, continúa siendo una de las constantes fundamentales peor determinadas. Las mediciones modernas difieren aproximadamente en una parte entre 10.000, una dispersión superior a la que deberían producir los errores experimentales habituales.

    Una dificultad esencial es la propia debilidad de la gravedad. Un pequeño imán puede levantar un clip y vencer así la atracción gravitatoria ejercida por toda la Tierra. En un laboratorio, el problema se multiplica porque los investigadores deben trabajar con masas manipulables, muchísimo menores que un planeta, y detectar fuerzas extremadamente pequeñas. El equipo del NIST utilizó una balanza de torsión, heredera conceptual del experimento realizado por Henry Cavendish en 1798, capaz de registrar movimientos diminutos provocados por la atracción entre varias masas.

    Un misterio que el experimento no consigue cerrar

    El dispositivo empleado combinaba ocho masas cilíndricas y una cinta de cobre-berilio con un grosor similar al de un cabello humano. Los investigadores midieron la torsión provocada por la gravedad y utilizaron también fuerzas electrostáticas para compensarla, obteniendo así una segunda forma de calcular G. Incluso repitieron las pruebas con masas de cobre y zafiro para comprobar si la composición del material podía estar alterando los resultados. Ambas configuraciones ofrecieron valores prácticamente idénticos, descartando esa posible explicación.

    El experimento del NIST no demuestra que las leyes conocidas de la gravedad sean incorrectas. La explicación considerada más probable sigue siendo la existencia de algún efecto experimental todavía no identificado, pero la discrepancia permanece abierta después de una década de trabajo. “Cada medición es importante, porque la verdad importa”, afirmó Schlamminger. Tras años persiguiendo una cifra que continúa resistiéndose a los físicos, el investigador ha decidido dejar el desafío a otros: “Lo dejaré para que las generaciones más jóvenes de científicos trabajen en el problema“. Y añadió: “Debemos seguir adelante”.

    Un sobre cerrado durante casi una década guardaba la cifra que podía resolver una de las mayores anomalías de la física moderna. El físico Stephan Schlamminger, del Instituto Nacional de Estándares y Tecnología de EEUU (NIST), había dedicado años a medir la constante gravitacional universal G sin conocer el resultado real de su propio experimento. El trabajo, publicado finalmente en la revista científica Metrologia, pretendía aclarar por qué distintas mediciones de la gravedad siguen ofreciendo valores que no terminan de coincidir.

  • El suelo se abre en el desierto de Australia y aparece una red de cuevas de hasta 150 metros de profundidad

    El suelo se abre en el desierto de Australia y aparece una red de cuevas de hasta 150 metros de profundidad

    La aparentemente uniforme llanura de Nullarbor, en el sur de Australia, esconde bajo su superficie una estructura geológica mucho más compleja de lo que su paisaje desértico permite intuir. Una investigación publicada en Communications Earth & Environment ha analizado unas largas depresiones que atraviesan este territorio y que durante años podían confundirse con antiguos canales excavados por el agua. Los científicos han comprobado que estas marcas superficiales están relacionadas con procesos que se desarrollaron a gran profundidad bajo una plataforma de roca caliza expuesta a la erosión durante más de 14 millones de años.

    El equipo, liderado por Matej Lipar y con participación de investigadores de Curtin University, estudió cinco de estas estructuras mediante cartografía, registros de cuevas, análisis de sedimentos y técnicas geofísicas. Algunas depresiones recorren varios kilómetros y presentan entre 100 y 500 metros de anchura, aunque apenas alcanzan nueve metros de profundidad. Esa escasa diferencia de relieve explica por qué resultan difíciles de distinguir sobre una extensión prácticamente plana que supera los 200.000 kilómetros cuadrados.


    “Desde la superficie, estas características pueden parecerse notablemente a valles poco profundos o canales de drenaje, pero nuestras pruebas muestran que tienen un origen muy diferente“, explicó Matej Lipar. Los modelos digitales del terreno, ampliados para resaltar variaciones mínimas de altura, permitieron observar con mayor claridad estas zanjas. A diferencia de un valle convencional, carecen de redes de corrientes conectadas y de otros indicios que demostrarían que grandes cantidades de agua circularon alguna vez por ellas.

    Cuevas ocultas bajo el desierto

    Las mediciones revelaron que las depresiones funcionan como la huella superficial de antiguos sistemas de cuevas formados cuando el agua subterránea disolvió lentamente la caliza de Nullarbor. Algunas cavidades se encuentran entre 50 y 150 metros bajo la superficie, con galerías que pueden prolongarse durante cientos de metros y alcanzar decenas de metros de anchura. Cuando el nivel freático descendió y las cuevas quedaron vacías, sus techos perdieron parte del soporte que proporcionaba el agua y comenzaron a deformarse y derrumbarse progresivamente.

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    Exterior de la cueva de la llanura de Nullarbor (Matej Lipar)

    Exterior de la cueva de la llanura de Nullarbor (Matej Lipar)

    Los científicos recurrieron a tomografía de resistividad eléctrica para estudiar el subsuelo y localizaron amplias zonas de baja resistividad bajo las zanjas, incluso más allá de los 30 a 70 metros de profundidad cubiertos directamente por las mediciones. Estas señales son compatibles con materiales fracturados y acumulaciones de sedimentos producidas por antiguos colapsos. Las observaciones sísmicas pasivas también detectaron roca menos consolidada bajo los ejes de las depresiones, reforzando la relación entre las formas visibles y las cavidades enterradas.

    Una de las pruebas más claras apareció en Clay Dam Cave, dentro de la zanja de Koonalda, donde una dolina de colapso permite observar directamente unos 20 metros de estratos deformados y sedimentos. Los investigadores encontraron estructuras equivalentes en acantilados costeros próximos, con zonas de más de 100 metros de anchura que contienen capas hundidas, arcos y cuevas. “Con el tiempo, los techos de las cuevas colapsaron progresivamente, provocando el hundimiento del material situado encima y creando finalmente depresiones poco profundas en la superficie“, señaló Lipar.

    Una pista para buscar cuevas en Marte

    El descubrimiento ofrece también un método para localizar cuevas ocultas en otros paisajes áridos e incluso interpretar estructuras semejantes fuera de la Tierra. Según Milo Barham, de Curtin University, la estabilidad y sequedad de Nullarbor permiten distinguir señales geológicas que en otras regiones quedarían ocultas. “Esto nos proporciona un conjunto útil de indicadores para identificar sistemas de cuevas ocultos en otros lugares, incluso en otros planetas como Marte“, afirmó. Estas cavidades pueden conservar restos de antiguos ambientes terrestres y, fuera de nuestro planeta, constituir espacios protegidos con interés para la búsqueda de indicios de vida y para futuras misiones humanas.

    La aparentemente uniforme llanura de Nullarbor, en el sur de Australia, esconde bajo su superficie una estructura geológica mucho más compleja de lo que su paisaje desértico permite intuir. Una investigación publicada en Communications Earth & Environment ha analizado unas largas depresiones que atraviesan este territorio y que durante años podían confundirse con antiguos canales excavados por el agua. Los científicos han comprobado que estas marcas superficiales están relacionadas con procesos que se desarrollaron a gran profundidad bajo una plataforma de roca caliza expuesta a la erosión durante más de 14 millones de años.

  • EEUU presenta un futurista vehículo eléctrico: es la versión siglo XXI de un antiguo monstruo de la URSS

    EEUU presenta un futurista vehículo eléctrico: es la versión siglo XXI de un antiguo monstruo de la URSS

    Un extraño vehículo eléctrico con alas acaba de levantar el vuelo sobre las aguas de Rhode Island tras comenzar su recorrido como si fuera una embarcación convencional. Se trata del Viceroy Seaglider de REGENT, un prototipo estadounidense que mezcla hidroalas, propulsión eléctrica y vuelo a muy baja altura para recuperar con tecnología moderna una idea que la URSS exploró durante la Guerra Fría con sus gigantescos ekranoplanos. Su primera prueba tripulada abre ahora una nueva fase para este peculiar concepto de transporte marítimo.

    La demostración tuvo lugar en la bahía de Narragansett, donde dos capitanes llevaron el Viceroy Seaglider desde el agua hasta el vuelo. Primero navegó sobre su casco y, tras ganar velocidad mediante sus 12 hélices eléctricas, se elevó sobre hidroalas para reducir la resistencia de las olas. Después abandonó por completo la superficie y recorrió 596 metros en el aire durante 30 segundos, manteniéndose a unos 10 metros sobre el agua, según los datos publicados por REGENT.

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    El ekranoplano Lun en 1980

    El ekranoplano Lun en 1980

    Un ekranoplano eléctrico

    La clave del vehículo está en el denominado efecto suelo, un fenómeno aerodinámico que aparece cuando una aeronave vuela muy cerca de una superficie. El aire queda comprimido bajo las alas, aumenta la sustentación y disminuye la resistencia aerodinámica. Esa característica permite transportar cargas importantes sin ascender a las altitudes habituales de un avión. REGENT combina este principio con hidroalas retráctiles, diseñadas para estabilizar la transición entre navegación, planeo sobre el agua y vuelo.


    La tecnología tiene un precedente especialmente llamativo. La Unión Soviética desarrolló varios ekranoplanos durante la Guerra Fría, entre ellos el célebre Monstruo del mar Caspio, una máquina de unas 380 toneladas cuya longitud superaba la de un Airbus A380 y que podía alcanzar alrededor de 547 km/h. Aquellos aparatos demostraron las posibilidades del efecto suelo, aunque también sufrían limitaciones importantes: necesitaban condiciones favorables para despegar, tenían dificultades con el oleaje y resultaban complicados de maniobrar cerca de los puertos.

    Hasta 12 pasajeros

    REGENT pretende resolver parte de aquellos problemas con un diseño concebido específicamente para operar desde zonas costeras. El Viceroy está proyectado para transportar 12 pasajeros y dos tripulantes, alcanzar una velocidad máxima de 290 km/h y cubrir hasta 290 kilómetros. También podrá mover 1.588 kg de carga. Su sistema digital de control cuenta con triple redundancia y gestiona automáticamente la estabilidad, mientras el capitán controla el aparato siguiendo una lógica similar a la de una embarcación.

    La compañía asegura que la prueba confirma varios años de desarrollo. “Completar esta prueba de vuelo valida años de riguroso trabajo de ingeniería y operaciones y nos da la confianza para avanzar hacia la producción a gran escala”, afirmó Mike Klinker, cofundador y director de tecnología de REGENT. El prototipo entra ahora en la fase final de sus ensayos marítimos, después de que la empresa haya trabajado durante 2026 para aumentar progresivamente la velocidad sobre las hidroalas y comprobar su comportamiento mediante pruebas físicas y simulaciones.

    El proyecto no se limita al transporte de pasajeros. REGENT desarrolla sus Seaglider como plataformas de doble uso y ya trabaja con organismos militares estadounidenses. La empresa mantiene un contrato de 15 millones de dólares con el Cuerpo de Marines de EEUU y acuerdos de desarrollo relacionados con operaciones especiales, además de preparar el Squire, una versión autónoma más pequeña orientada al transporte de cargas. Tras este primer vuelo tripulado, el reto será comprobar si la tecnología puede convertir el efecto suelo soviético en un sistema práctico para rutas costeras, logística y operaciones marítimas.

    Un extraño vehículo eléctrico con alas acaba de levantar el vuelo sobre las aguas de Rhode Island tras comenzar su recorrido como si fuera una embarcación convencional. Se trata del Viceroy Seaglider de REGENT, un prototipo estadounidense que mezcla hidroalas, propulsión eléctrica y vuelo a muy baja altura para recuperar con tecnología moderna una idea que la URSS exploró durante la Guerra Fría con sus gigantescos ekranoplanos. Su primera prueba tripulada abre ahora una nueva fase para este peculiar concepto de transporte marítimo.

  • Israel analiza los Manuscritos del Mar Muerto y resuelve el misterio de los 364 días

    Israel analiza los Manuscritos del Mar Muerto y resuelve el misterio de los 364 días

    Los Manuscritos del Mar Muerto conservaban desde hace más de 2.000 años una anomalía difícil de explicar: varios textos de Qumrán describen un calendario de exactamente 364 días, pese a que esa duración no coincide con el año solar. Un estudio de Eshbal Ratzon, investigadora de la Universidad de Tel Aviv, publicado en la revista Tarbiz, propone ahora una reconstrucción histórica capaz de explicar por qué aquella comunidad religiosa defendió durante tanto tiempo un sistema que acumulaba un error astronómico cada año.

    La clave estaba precisamente en la aparente perfección matemática del calendario. Sus 364 días podían dividirse de forma exacta entre siete, lo que generaba 52 semanas completas y permitía que todas las festividades religiosas cayesen siempre en los mismos días de la semana. Para la comunidad de Qumrán, esta regularidad tenía una dimensión religiosa: sus miembros consideraban que las fechas habían sido establecidas por Dios durante la Creación y rechazaban que las autoridades humanas de Jerusalén pudiesen modificarlas.


    El problema aparecía al comparar ese sistema con el movimiento real de la Tierra. Un año de 364 días es aproximadamente un día y cuarto más corto que el año astronómico, por lo que el desfase se acumulaba de manera inevitable. Tras unos 20 años, las celebraciones podían haberse desplazado casi cuatro semanas respecto a las estaciones, una desviación especialmente problemática para festividades vinculadas con las cosechas, los primeros frutos y otros ciclos agrícolas.

    Un calendario que pudo utilizarse realmente

    Durante décadas, los especialistas han intentado aclarar si este calendario fue una herramienta empleada en la vida cotidiana o un modelo religioso puramente teórico. Algunas hipótesis planteaban que los habitantes de Qumrán introducían días o semanas adicionales para corregir el desfase, mientras otras defendían que el sistema nunca llegó a aplicarse. Ratzon sostiene que los Manuscritos del Mar Muerto no ofrecen pruebas claras de ninguna de esas dos soluciones y propone una tercera posibilidad.

    Según su reconstrucción, la comunidad habría utilizado el calendario de 364 días durante su etapa inicial, en el siglo II a. C., cuando la disputa sobre las fechas sagradas pudo contribuir a su ruptura con las autoridades religiosas de Jerusalén. La importancia del asunto queda reflejada en los propios manuscritos: cerca de 20 rollos encontrados en Qumrán tratan cuestiones relacionadas con calendarios y astronomía. El Libro de los Jubileos, conservado entre esos textos, critica además el calendario lunar predominante y presenta el modelo de 364 días como el calendario entregado a Moisés en el monte Sinaí.

    La hipótesis plantea que el sistema terminó perdiendo su función práctica cuando el error acumulado respecto a las estaciones se hizo demasiado evidente y cambió también el contexto político. Las relaciones de la comunidad con la dinastía asmonea habrían mejorado durante el reinado de Alejandro Janneo, lo que pudo facilitar el abandono del calendario propio y la adopción del utilizado en el Templo. Ratzon sostiene que aquel modelo no desapareció necesariamente de sus creencias, sino que habría sobrevivido como ideal religioso y símbolo de identidad, una explicación que permitiría comprender por qué ocupa un lugar tan destacado en los Manuscritos del Mar Muerto pese a desaparecer progresivamente de la práctica histórica.

    Los Manuscritos del Mar Muerto conservaban desde hace más de 2.000 años una anomalía difícil de explicar: varios textos de Qumrán describen un calendario de exactamente 364 días, pese a que esa duración no coincide con el año solar. Un estudio de Eshbal Ratzon, investigadora de la Universidad de Tel Aviv, publicado en la revista Tarbiz, propone ahora una reconstrucción histórica capaz de explicar por qué aquella comunidad religiosa defendió durante tanto tiempo un sistema que acumulaba un error astronómico cada año.

  • Australia analiza 1.712 granos de circón de Gondwana y dicta sentencia: la maquinaria que desató la vida en la Tierra está en la Antártida

    Australia analiza 1.712 granos de circón de Gondwana y dicta sentencia: la maquinaria que desató la vida en la Tierra está en la Antártida

    Un análisis de 1.712 granos de circón procedentes de la Antártida ha permitido reconstruir una etapa decisiva de su pasado geológico, pese a que más del 99,5% del continente permanece cubierto por hielo. El trabajo, desarrollado por dos geólogos de la Universidad Nacional Australiana y publicado en Earth and Planetary Science Letters, rastrea la formación de enormes cordilleras durante el ensamblaje de Gondwana. Los diminutos cristales conservan información química y cronológica de rocas que hoy resultan prácticamente inaccesibles. Su historia conduce hasta un periodo situado aproximadamente entre hace 650 y 450 millones de años.

    Los investigadores no tuvieron que perforar kilómetros de hielo para buscar esas antiguas montañas. Examinaron circones transportados desde la Antártida hasta sedimentos oceánicos, capaces de sobrevivir durante cientos de millones de años sin perder las señales químicas de las rocas donde se formaron. Los 1.712 nuevos granos se combinaron con miles de muestras antárticas estudiadas anteriormente. Al comparar sus edades, apareció una señal especialmente intensa correspondiente al momento en el que diferentes bloques continentales estaban chocando para construir Gondwana.


    El resultado adquiere otra dimensión al incorporar los datos antárticos a una base global y ponderarlos según la superficie representada por cada conjunto de muestras. La señal asociada a Gondwana se convierte entonces en el mayor episodio de formación de montañas relacionado con un supercontinente dentro del registro utilizado por los autores. Algunos circones contienen, además, características químicas propias de rocas sometidas a presiones extremas a gran profundidad. Ese rastro apunta a cordilleras cuyo tamaño pudo ser comparable al del actual Himalaya.

    Montañas bajo el hielo

    La reconstrucción plantea que las colisiones entre los territorios que actualmente forman la Antártida, India, Australia y el Kalahari levantaron grandes sistemas montañosos durante la formación de Gondwana. Aquellas cumbres desaparecieron hace cientos de millones de años por efecto de la erosión, pero sus raíces geológicas y parte de los materiales arrancados de ellas podrían seguir conservados bajo la capa de hielo antártica. Los investigadores sostienen que ese proceso produjo una cantidad extraordinaria de sedimentos, hasta el punto de plantear la posible existencia del mayor sistema de abanicos turbidíticos identificado en el registro geológico.

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    La erosión de semejantes cordilleras habría tenido consecuencias mucho más amplias que la transformación del paisaje. Al desgastarse las rocas, fósforo, hierro y otros nutrientes habrían llegado de manera continuada a los océanos circundantes. Esos compuestos podían alimentar la producción primaria de algas y cianobacterias, organismos situados en la base de las redes alimentarias marinas y capaces de liberar oxígeno mediante la fotosíntesis. El vínculo entre las montañas antárticas y la posterior expansión de la vida compleja empieza precisamente en ese intercambio entre geología, océanos y atmósfera.

    Una maquinaria para el oxígeno

    Producir más oxígeno, por sí solo, no garantiza que aumente su concentración atmosférica. Una parte puede volver a consumirse mediante reacciones con materia orgánica y otros compuestos reducidos. Según la hipótesis presentada en el estudio, las enormes cantidades de sedimentos generadas por aquellas montañas facilitaron el enterramiento rápido y profundo de carbono orgánico y pirita. Ese mecanismo habría reducido el material disponible para reaccionar nuevamente con el oxígeno, permitiendo que una fracción mayor permaneciera en el sistema terrestre mientras continuaba llegando alimento químico a los océanos.

    La combinación propuesta resulta especialmente relevante para entender las condiciones que precedieron a la diversificación animal. La erosión mantenía el suministro de nutrientes, la producción primaria favorecía la generación de oxígeno y el enterramiento de determinados compuestos impedía que todo ese oxígeno fuese consumido de nuevo. Al mismo tiempo, los océanos recibían los componentes químicos necesarios para la formación de esqueletos biomineralizados. Los autores consideran que esta maquinaria ambiental pudo ayudar a preparar un escenario favorable para la expansión de formas de vida animal cada vez más complejas.

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    El estudio no sostiene que aquellas montañas antárticas provocasen directamente la explosión del Cámbrico. Los propios investigadores reconocen que la evolución del oxígeno atmosférico durante este periodo todavía presenta incertidumbres y que sus cálculos no demuestran por sí solos la hipótesis. También existen indicios de modificaciones en la química relacionada con el oxígeno desde hace unos 800 millones de años que el modelo no explica completamente. Los 1.712 granos de circón, no obstante, refuerzan la posibilidad de que bajo el hielo de la Antártida permanezcan enterradas las raíces de unas cordilleras gigantes cuya erosión contribuyó a crear las condiciones ambientales en las que posteriormente prosperó la vida animal.

    Un análisis de 1.712 granos de circón procedentes de la Antártida ha permitido reconstruir una etapa decisiva de su pasado geológico, pese a que más del 99,5% del continente permanece cubierto por hielo. El trabajo, desarrollado por dos geólogos de la Universidad Nacional Australiana y publicado en Earth and Planetary Science Letters, rastrea la formación de enormes cordilleras durante el ensamblaje de Gondwana. Los diminutos cristales conservan información química y cronológica de rocas que hoy resultan prácticamente inaccesibles. Su historia conduce hasta un periodo situado aproximadamente entre hace 650 y 450 millones de años.

  • Analizan el agua de un volcán activo y encuentran un ser vivo capaz de sobrevivir y reproducirse a 63 °C

    Analizan el agua de un volcán activo y encuentran un ser vivo capaz de sobrevivir y reproducirse a 63 °C

    Una ameba localizada en los manantiales geotérmicos del Parque Nacional Volcánico Lassen, en California, ha obligado a revisar hasta dónde puede llegar la resistencia térmica de la vida compleja. El microorganismo, bautizado como Incendiamoeba cascadensis, fue estudiado por un equipo de la Universidad de Siracusa y los resultados de la investigación se han publicado en la revista científica Cell. Los investigadores recogieron distintos organismos en cursos de agua calentados por la actividad volcánica y comprobaron posteriormente su comportamiento bajo temperaturas cada vez mayores en el laboratorio.

    Las pruebas comenzaron a revelar algo poco habitual cuando la ameba mantuvo su actividad por encima de los valores considerados hasta ahora extremos para organismos eucariotas. A diferencia de bacterias y arqueas, estos seres poseen células con estructuras internas diferenciadas, como el núcleo y otros orgánulos, y forman el gran grupo biológico al que pertenecen animales, plantas, hongos y protistas. Esa mayor complejidad celular hace que las temperaturas elevadas sean especialmente problemáticas, porque pueden alterar proteínas, membranas y otros componentes esenciales para mantener la actividad de una célula.


    El equipo dirigido por la bióloga Angela Oliverio fue aumentando progresivamente la temperatura después de comprobar que Incendiamoeba cascadensis continuaba creciendo con normalidad a 57 °C, una cifra que ya se encontraba cerca de los límites conocidos. El resultado sorprendió a los investigadores: la ameba pudo seguir dividiéndose mediante mitosis a 63 °C, superando el umbral térmico atribuido hasta ahora a la vida eucariota. “Amplía los límites de lo que pensábamos que era posible, lo que resulta increíblemente emocionante”, explicó Oliverio sobre el hallazgo.

    Una célula preparada para soportar el calor

    La supervivencia de este microorganismo no depende únicamente de tolerar temperaturas elevadas de forma pasiva. Conforme aumentaba el calor, los científicos observaron una intensa respuesta de los mecanismos celulares encargados de proteger las proteínas, reparar el ADN y transportar sustancias a través de las membranas. El análisis también detectó una mayor presencia de aminoácidos con carga positiva asociados a proteínas, una estrategia semejante a la empleada por algunas bacterias y arqueas termófilas para conservar su estabilidad en condiciones extremas.

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    Célula de 'Incendiamoeba' en mitosis a 63 ºC (Felix Mikus/CC BY-SA)

    Célula de ‘Incendiamoeba’ en mitosis a 63 ºC (Felix Mikus/CC BY-SA)

    “Aunque estos organismos son muy diferentes, existe una convergencia en la forma en que se seleccionan las propiedades de las proteínas para lograr estabilidad a altas temperaturas”, explicó Beryl Rappaport, primera autora del trabajo e investigadora del laboratorio de Oliverio. Cuando el entorno superaba los 64 °C, la ameba dejaba de crecer y adoptaba una forma similar a un quiste, redondeando su cuerpo unicelular. Los investigadores observaron además unas estructuras móviles semejantes a pequeños pelos que podrían intervenir en la detección de cambios térmicos.

    La resistencia continuaba incluso después de exposiciones todavía más severas. Tras someter a Incendiamoeba cascadensis a 70 °C, los científicos comprobaron que podía recuperar su crecimiento normal cuando regresaba a un ambiente de 60 °C. El límite apareció al alcanzar los 80 °C, temperatura después de la cual ya no consiguió recuperarse. Hasta ahora se consideraba que los eucariotas difícilmente podían superar los 60 °C, mientras que algunos microorganismos procariotas soportan valores mucho mayores. El nuevo organismo demuestra que los ambientes volcánicos todavía pueden esconder formas de vida capaces de ampliar los límites térmicos conocidos de las células complejas.

    Una ameba localizada en los manantiales geotérmicos del Parque Nacional Volcánico Lassen, en California, ha obligado a revisar hasta dónde puede llegar la resistencia térmica de la vida compleja. El microorganismo, bautizado como Incendiamoeba cascadensis, fue estudiado por un equipo de la Universidad de Siracusa y los resultados de la investigación se han publicado en la revista científica Cell. Los investigadores recogieron distintos organismos en cursos de agua calentados por la actividad volcánica y comprobaron posteriormente su comportamiento bajo temperaturas cada vez mayores en el laboratorio.

  • Ni radiadores ni estufas: este es el sistema más barato para calentar tu casa frente al frío en España el próximo invierno

    Ni radiadores ni estufas: este es el sistema más barato para calentar tu casa frente al frío en España el próximo invierno

    El frío volverá a poner a prueba el consumo energético de los hogares españoles el próximo invierno, pero calentar una casa no cuesta lo mismo con todos los sistemas disponibles. Frente a los radiadores eléctricos, las calderas de gas y los equipos de aire acondicionado, una tecnología que aprovecha la energía presente en el aire puede reducir considerablemente el gasto mensual, aunque exige una inversión inicial más elevada.

    Se trata de la aerotermia, una solución basada en una bomba de calor aire-agua que utiliza energía termodinámica del exterior para producir calefacción. El mismo equipo puede encargarse también del agua caliente sanitaria y de la refrigeración durante los meses cálidos. Su ventaja frente a sistemas que generan calor mediante resistencias eléctricas está precisamente en que n.

    Hasta 4,5 kW de calor

    La diferencia se aprecia al observar el coeficiente de rendimiento (COP). En este sentido, la aerotermia puede alcanzar un COP de 4,5, lo que supone obtener hasta 4,5 kW de potencia térmica por cada kilovatio de electricidad consumido. Como comparación, una bomba de calor aire-aire utilizada habitualmente en equipos de aire acondicionado presenta un COP medio de 3.


    Esa eficiencia tiene consecuencias directas sobre la factura doméstica. Las estimaciones recogidas sitúan el coste mensual de la aerotermia entre 40 y 60 euros, frente a los 50-75 euros atribuidos al aire acondicionado. La distancia aumenta respecto a una caldera de gas, con unos 130 euros mensuales, y especialmente frente a los radiadores eléctricos, cuyo gasto puede alcanzar los 240 euros al mes.

    La inversión inicial

    El principal obstáculo está antes de comenzar a ahorrar. Instalar aerotermia requiere un desembolso superior al necesario para colocar una caldera de gas o varios equipos de aire acondicionado. La reducción posterior del consumo permitiría amortizar esa inversión en un periodo aproximado de cinco a siete años. Las ayudas públicas y subvenciones autonómicas vinculadas a la transición energética pueden reducir ese plazo.

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    La comparación económica tampoco depende exclusivamente del aparato instalado. El aislamiento térmico de la vivienda influye directamente en la cantidad de energía necesaria para mantener una temperatura confortable. En una casa adecuadamente aislada, combinar esta característica con la aerotermia permite aprovechar mejor su rendimiento y utilizar una única instalación para calefacción, agua caliente y refrigeración, reduciendo así el consumo asociado a varios equipos independientes.

    El frío volverá a poner a prueba el consumo energético de los hogares españoles el próximo invierno, pero calentar una casa no cuesta lo mismo con todos los sistemas disponibles. Frente a los radiadores eléctricos, las calderas de gas y los equipos de aire acondicionado, una tecnología que aprovecha la energía presente en el aire puede reducir considerablemente el gasto mensual, aunque exige una inversión inicial más elevada.

  • Científicos construyen una mano que anda: puede cambiar el futuro de la robótica

    Científicos construyen una mano que anda: puede cambiar el futuro de la robótica

    Las manos robóticas siempre están atornilladas a la muñeca del brazo de un humanoide, esperando a que éste las mueva hacia cualquier válvula que haya que girar o cualquier objeto que toque manipular. En el Laboratorio de Robótica Blanda de la Escuela Politécnica Federal de Zúrich (ETH Zúrich), un grupo de investigadores decidió darle la vuelta a esa dinámica de siempre diseñando una mano autónoma que camina a su aire por cualquier superficie, equilibra su propio peso y manipula objetos usando únicamente sus cinco dedos. Puede parecer una recreación robótica tan fascinante como inútil de Cosa, el famoso mayordomo desmembrado de la familia Addams, pero va mucho más allá. Amirhossein Kazemipour me cuenta que Cosa sirvió en parte de inspiración, pero lo cierto es que esta mano andante puede convertirse en un avance clave para el futuro de la robótica.

    Kazemipour es uno de los tres investigadores tras el proyecto, junto con Hehui Zheng y Robert Katzschmann, que acaban de publicar un artículo científico donde abordan un viejo dilema de la manipulación móvil. Cuando un robot autónomo tiene que inspeccionar equipos o accionar interruptores en espacios estrechos, los operarios se ven obligados a meter largos brazos mecánicos por el hueco o a plantar un armatoste sobre ruedas justo en la entrada. “La idea es darle cierta independencia a la mano”, me explica Kazemipour por correo electrónico. “Normalmente, un brazo la lleva para hacer el trabajo. Queríamos que los mismos dedos se encargasen de llegar hasta allí, mantener el equilibrio y manipular objetos”. Además, al poner a los dedos a cumplir una doble función como patas, los ingenieros de la ETH Zúrich se ahorraron el peso extra, la complejidad y los puntos de rotura mecánica que supondría meter ruedas o extremidades secundarias.

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    Cómo funciona

    Enseñar a una mano humana a moverse como si fuera una araña plantea, no obstante, complejos obstáculos geométricos y cinemáticos. Conseguir que articulaciones físicas asimétricas se doblen y aguanten su propio peso fue un auténtico dolor de cabeza geométrico y mecánico, según detalla el artículo. Las plataformas con patas convencionales, como los perros robóticos cuadrúpedos, juegan con la ventaja de la simetría bilateral: sus lados izquierdo y derecho son idénticos y reparten el peso de manera uniforme sobre una estructura nivelada. Una mano antropomórfica no tiene nada de eso. Cuenta con un pulgar oponible, cuatro dedos de medidas visiblemente dispares y una palma que descansa con una inclinación asimétrica natural.

    Los investigadores comprobaron que, al aplicar los algoritmos de marcha habituales de los robots cuadrúpedos —las fórmulas con las que aprenden a caminar— a una pinza comercial estándar, los dedos arrastraban las uñas contra el suelo o se abrían sin control, con enormes dificultades para mantenerse de pie sobre las yemas.

    Para resolver este dilema anatómico, el equipo ideó un ingenioso programa que anula matemáticamente esa inclinación natural de la palma, de modo que la mano siempre sabe dónde está el suelo plano sin frenar su movimiento corporal. En lugar de forzar los dedos a un paso rígido y artificial, entrenaron a una inteligencia artificial dentro de un simulador físico mediante aprendizaje por refuerzo profundo, ese método de ensayo y error digital donde las manos virtuales practican millones de pasos hasta dar con la tecla.

    El estudio detalla que el sistema ancla cada yema a una posición base a través de muelles virtuales invisibles. Vienen a ser guías matemáticas intencionadamente flexibles en el eje longitudinal para permitir pasos largos hacia delante, pero cuatro veces más rígidas en los ejes lateral y vertical para evitar que los dedos se desvíen hacia los lados o que la estructura se colapse.

    Cuando probaron el invento, funcionó. Y en efecto, se comportaba como la auténtica Cosa de las películas.

    Una vez conseguido esto, lograron que funcionara sin necesidad de cables conectados a un superordenador externo. Hacerlo con cable habría arruinado la idea de crear una mano desmontable y libre; tenía que valerse por sí misma. Para resolverlo, montaron una mochila a medida de 80 gramos con una Raspberry Pi Zero 2 W, una unidad de medición inercial (o IMU, el sensor de movimiento e inclinación que llevan los móviles) y una pequeña batería de polímero de litio acoplada a una mano robótica comercial. El resultado es una máquina totalmente inalámbrica e independiente de 818 gramos. El artículo señala que la red neuronal integrada funciona a 50 hercios, lo que significa que recalcula la posición de los motores 50 veces por segundo. El controlador de la propia mano traduce al instante esas órdenes digitales en ángulos mecánicos exactos, permitiéndole corregir el equilibrio en milésimas de segundo sin depender de cables.

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    La mano es independiente de su brazo. En el futuro podrá separarse y volverse a juntar con su brazo robótico. (ETH Zurich)

    La mano es independiente de su brazo. En el futuro podrá separarse y volverse a juntar con su brazo robótico. (ETH Zurich)

    Cómo los guantes robóticos de Iron Man

    El equipo puso a prueba la mano en varios experimentos sobre el terreno. En las pruebas sin cables, el dispositivo se desplazó por 14 tipos de superficies distintas bajo techo y al aire libre, moviéndose con soltura sobre chapa estriada resbaladiza, rejillas metálicas, hormigón seco, césped artificial y gravilla suelta. El estudio señala que, si vuelca de lado, un sistema de recuperación integrado aprovecha la IMU para detectar la inclinación anómala y hace palanca con los dedos contra el suelo hasta ponerse en pie antes de retomar la marcha normal.

    En otra prueba de manipulación directa, la mano pulsó las teclas de dirección de un teclado convencional y completó con éxito 29 de 32 pulsaciones para resolver puzles en el clásico juego Sokoban. Y ahora me apetece echar una partida de ajedrez contra esta Cosa.

    Kazemipour me explica que construir una mano reptante no fue un mero ejercicio de extravagancia ingenieril. Este aparente artificio constituye un avance decisivo para futuras aplicaciones prácticas. “A largo plazo, imagina a un robot dejando su mano junto a una abertura estrecha, permitiendo que esta se introduzca arrastrándose para accionar un control o desplazar un objeto, y recogiéndola después”, comenta. “No sería necesario encajar todo el robot en ese hueco”. Solo la mano. Esta fórmula podría asistir a equipos de rescate en edificios colapsados, a operarios que revisan tuberías o en líneas de montaje donde no cabe un brazo mecánico tradicional.

    El planteamiento abre la puerta a una filosofía modular y descentralizada de la robótica a largo plazo. “Encaja con una visión mucho más potente que me entusiasma: módulos que resuelven problemas por su cuenta”, apunta Kazemipour. “Un sistema central podría marcar los objetivos mientras cada módulo gestiona su movimiento y lo que detecta a su alrededor. Con el hardware adecuado, las piezas podrían soltarse cuando haga falta y ensamblarse de nuevo cuando el trabajo exija el cuerpo completo“.

    Es una solución modular brillante que puede aportar mucho más que la simple suma de piezas a la que nos tienen acostumbrados los robots de hoy. En vez de resignarnos a humanoides monolíticos que quedan inservibles en cuanto falla una articulación clave, las máquinas del futuro podrían recurrir a componentes modulares capaces de separarse, colarse por rendijas y volverse a juntar cuando la tarea requiera fuerza bruta.

    Eso sí, aún queda un buen trecho por delante. Por ahora, el laboratorio trabaja en integrar visión artificial propia para librarse de las cámaras externas del techo, además de diseñar sistemas automáticos de anclaje. “Todavía no hemos resuelto el ensamblaje completo ni el desacople automático en esta fase”, admite Kazemipour. “Lo que hemos demostrado es que una mano de proporciones humanas, con sus dedos asimétricos y su pulgar torcido, puede aprender a andar y manipular cosas aguantando su propio peso. Lleva su propia batería y su propio chip, así que es un primer paso hacia esa gran idea”. Incluso como punto de partida, comprobar que cinco dedos bastan para empujar, enderezar y estabilizar una pinza autónoma deja entrever que la próxima generación de robots quizá no necesite cargar con sus manos hasta entornos de trabajo difíciles. Piensa menos en Cosa y más en las manos de la armadura de Iron Man moviéndose y trabajando por su cuenta mientras Tony Stark moja su donut en el café.

    Las manos robóticas siempre están atornilladas a la muñeca del brazo de un humanoide, esperando a que éste las mueva hacia cualquier válvula que haya que girar o cualquier objeto que toque manipular. En el Laboratorio de Robótica Blanda de la Escuela Politécnica Federal de Zúrich (ETH Zúrich), un grupo de investigadores decidió darle la vuelta a esa dinámica de siempre diseñando una mano autónoma que camina a su aire por cualquier superficie, equilibra su propio peso y manipula objetos usando únicamente sus cinco dedos. Puede parecer una recreación robótica tan fascinante como inútil de Cosa, el famoso mayordomo desmembrado de la familia Addams, pero va mucho más allá. Amirhossein Kazemipour me cuenta que Cosa sirvió en parte de inspiración, pero lo cierto es que esta mano andante puede convertirse en un avance clave para el futuro de la robótica.

  • La paradoja de la IA: se cuela por las mismas grietas de Internet que debía proteger

    La paradoja de la IA: se cuela por las mismas grietas de Internet que debía proteger

    La reciente revelación de que agentes de OpenAI han interactuado de forma autónoma y sin permiso con servidores del Gobierno de Estados Unidos y de Australia expone una paradoja inquietante. Los mercados parecen haber aparcado los temores iniciales sobre la capacidad de la inteligencia artificial para acabar con la especie humana, pero la irrupción de modelos proactivos y desalineados confirma un cambio de paradigma profundo.

    A medida que el sector evoluciona desde simples ‘chatbots’ hacia agentes capaces de ejecutar flujos de trabajo sin latencia, la tecnología llamada a blindar las redes demuestra una agilidad insólita para desmantelarlas cuando busca posibles vulnerabilidades. Este fenómeno exige dejar de ver la ciberseguridad como una simple herramienta informática y abordarla estructuralmente como un problema de sistemas complejos, tal y como advierte el Informe de conclusiones de la Jornada de trabajo sobre IA y ciberseguridad elaborado por el Dr. Jorge Calvo Martín para la Universidad Alfonso X el Sabio (UAX) dentro del Proyecto PECIEE.

    La obsolescencia de la defensa estática

    La facilidad con la que estas inteligencias artificiales sortean las barreras reside en su arquitectura y su extrema adaptabilidad. Según detalla la investigadora María Lourdes Martín Martín en su estudio para la Universitat Oberta de Catalunya (UOC), los algoritmos de aprendizaje automático y profundo están diseñados para asimilar volúmenes masivos de información a una velocidad inalcanzable para el ser humano. Cuando un agente de OpenAI encuentra bloqueadas las vías ordinarias, busca rutas alternativas escaneando el perímetro y superando a los modelos defensivos tradicionales, los cuales sufren lo que la científica Noemí de Castro García (Universidad de León) define como concept drift: la dramática pérdida de eficacia de los cortafuegos estáticos ante la mutación continua de las amenazas.

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    Para lidiar con esta asimetría evolutiva, la investigación se vuelca en modelos fundacionales aplicados al tráfico de red que puedan aprender patrones generales y adaptarse a cualquier ataque. Sin embargo, la confianza ciega en la automatización sin medir su rango de incertidumbre genera una falsa sensación de seguridad, haciendo indispensable la supervisión humana cuantitativa para evitar tanto falsos positivos como la fatídica inacción ante intrusiones reales.

    El envenenamiento del dato

    La gravedad de la situación se multiplica al constatar que la inteligencia artificial ha dejado de ser exclusivamente un escudo para convertirse en un arma ofensiva. El investigador José Manuel Matalobos Veiga (UAX) alerta de que los actores maliciosos ya están incorporando IA generativa para sofisticar campañas de phishing o crear código malicioso automatizado, derribando las barreras de entrada para perpetrar ciberataques complejos como el perpetrado este viernes contra las webs de Adif y Renfe.

    Este escenario convierte a los propios algoritmos defensivos en objetivos primarios, dado que todo su ciclo de vida es susceptible de ser hackeado si no se salvaguarda la confidencialidad, según recalca el Informe sobre seguridad de la Inteligencia Artificial 2024 de la patronal AMETIC. Los cibercriminales recurren al Adversarial Machine Learning para inyectar información manipulada en las entrañas de las redes neuronales. Esta silenciosa táctica, denominada envenenamiento del conjunto de datos, persigue corromper la fiabilidad del algoritmo para que tome decisiones erróneas sin levantar sospechas.

    Estas debilidades estructurales justifican el profundo recelo a la hora de ceder contraseñas y cuentas bancarias a ecosistemas hiperautomatizados. Resulta necesario entender que blindar una corporación en el siglo XXI ya no significa únicamente defender sus servidores y aplicaciones, sino proteger meticulosamente los modelos matemáticos que dictan las normas de seguridad.

    Ética, regulación y soberanía

    Abordar esta disrupción tecnológica requiere ir mucho más allá de la mera fuerza bruta computacional, exigiendo una dimensión ética que ponga a los ciudadanos en el centro de la ecuación. Proyectos internacionales como ALUNA, coordinado por la investigadora Ana Lucila Sandoval Orozco (Universidad Complutense de Madrid) para proteger a menores en el entorno digital, evidencian que la IA debe utilizarse exclusivamente como una herramienta de apoyo institucional y policial, y nunca como un fin en sí misma.

    En la misma línea protectora, el orden regulatorio se perfila como el gran salvavidas institucional; normas como la Ley de Inteligencia Artificial (AIA) de la Unión Europea establecen que la trazabilidad y la seguridad sean requisitos innegociables desde el diseño original de la herramienta. Precisamente este blindaje legal europeo es lo que ha permitido que firmas del continente se vean menos presionadas en bolsa, funcionando como un estabilizador clave cuando el sector experimentó un fuerte desplome.

    La futura viabilidad de la ciberdefensa global dependerá de una gobernanza algorítmica capaz de equilibrar el potencial técnico con dilemas urgentes como la propiedad intelectual, los sesgos y el inmenso consumo energético de los centros de datos. Establecer una férrea soberanía del dato y auditar permanentemente las entrañas de la IA constituirá la única frontera real para impedir que el mejor guardián digital creado por el ser humano acabe operando en su contra.

    La reciente revelación de que agentes de OpenAI han interactuado de forma autónoma y sin permiso con servidores del Gobierno de Estados Unidos y de Australia expone una paradoja inquietante. Los mercados parecen haber aparcado los temores iniciales sobre la capacidad de la inteligencia artificial para acabar con la especie humana, pero la irrupción de modelos proactivos y desalineados confirma un cambio de paradigma profundo.