Noche electoral de infarto en Suecia. La cómoda ventaja de cuatro puntos que los sondeos a pie de urna concedían esta noche a los partidos de izquierdas (socialdemócratas, verdes, centristas y excomunistas) frente a la coalición de derechas en el poder (conservadores, ultraderechistas, cristianodemócratas y liberales) dio paso a medida que avanzaba el recuento a un empate técnico entre ambos bloques. Con el 85% de los votos escrutados, la izquierda superaba en 20.000 votos y un solo diputado a la derecha, 175 frente a 174, en un Parlamento («Riksdag») donde la mayoría absoluta está justo en 175 escaños.
El Partido Socialdemócrata (SAP) de Magdalena Andersson, que ha sido la fuerza más votada en los últimos cien años, repetiría triunfo con el 28%, aunque se encamina a su peor resultado desde la introducción del sufragio universal en Suecia en 1917.
El segundo puesto lo recuperarían los conservadores del Partido Moderado del primer ministro Ulf Kristersson, con el 19,9%, que fueron sorpasados por los ultraderechistas Demócratas Suecos (SD). Esta vez SD queda relegado a tercer posición con el 17,7%, casi tres puntos menos que en 2022. La ultraderecha rompe así su tendencia de crecimiento imparable elección tras elección tras presentarse por primera vez en 1988.
Los tres aliados de la líder socialdemócrata mejoran su resultado de hace cuatro años: el excomunista Partido de Izquierda obtendría el 8,1% y sería la cuarta fuerza en el Parlamento, por delante del Partido de Centro, que lograra el 7,1%, mientras que el Partido Verde suma al 6,1%.
Los otros dos partidos que conforman la coalición de Gobierno actual, que tiene mayoría gracias al apoyo parlamentario de SD, mejoraran también su resultado: el Partido Cristiano Demócrata obtiene el 6,2%, y el Partido Liberal, al que las encuestas colocaban hasta hace una semana por debajo de la barrera mínima del 4% para entrar en el «Riksdag», logra el 5,4%.

Unos ocho millones de personas estaban llamados a votar en un superdomingo electoral en que debían elegir el Parlamento, los Gobiernos regionales y los ayuntamientos en un país de 10,6 millones de habitantes donde la participación electoral supera habitualmente el 80%. Alrededor de la mitad de los votantes ya habían emitido su voto por adelantado.
La formación de un Gobierno no será un tarea sencilla si el bloque rojo termina imponiéndose, dado que los cuatro partidos de izquierda están divididos ideológicamente en políticas fundamentales como inmigración e impuestos, por lo que resultarán necesarias negociaciones difíciles. «Dado que parece que volvemos a encontrarnos en la misma situación [que en 2018], hay motivos de sobra para buscar ese nuevo espíritu de cooperación del que he hablado. Sería beneficioso para la política sueca», subrayó esta noche la líder socialdemócratra.
Anderson alude al bloque político posterior a las elecciones de 2018. Los resultados dibujaron un país ingobernable con un Parlamento donde solo un diputado separaba a la izquierda (175) de la derecha (174). Hubo que esperar a que en enero de 2019, centristas y liberales rompieran con la coalición de derechas por su oposición a explorar la cooperación con la ultraderecha y firmaron un acuerdo con el segundo Gobierno rojiverde del socialdemócrata Stefan Löfven a cambio de aceptar la bajada de impuestos, la reforma laboral y la liberalización de los alquileres.
En este sentido, Niklas Bolin, Profesor de Ciencias Políticas en Mid Sweden University, anticipa a LA RAZÓN que “será complicado para Andersson formar Gobierno”. “Por el momento, no hay una solución obvia, ya que el Partido de Centro cierra completamente la puerta a gobernar junto con el Partido de Izquierda. El reciente acercamiento entre los democristianos y los socialdemócratas a una posible cooperación en el centro político tampoco parece estar exento de problemas”, explica Bolin. “El Partido Verde -añade- se muestra muy contrario a tal solución, mientras que los democristianos también corren el riesgo de ser acusados de traicionar a sus socios de derecha si los abandonan”.
En opinión de Mikael Sundström, profesor de Ciencias Políticas en la Universidad de Lund, “con suficiente apoyo, podría contar con el respaldo del partido de centro o del partido de izquierda; pero, de no ser así, se avecinan negociaciones muy difíciles, e incluso podría tener que considerar a los democristianos como apoyo tácito, lo que implicaría un Gobierno muy vulnerable”.
Estas opiniones encajan con una campaña en la que los dos grandes bloques han llegado a la jornada electoral prácticamente frente a frente. Andersson, líder de los socialdemócratas, votó a primera hora en Nacka y planteó la elección como una decisión sobre el rumbo que debe tomar Suecia. Kristersson, por su parte, defendió el balance de su Gobierno en seguridad e inmigración y apeló a la mejora de las condiciones de vida cotidianas.
En el otro extremo, el líder ultra, Jimmie Åkesson, llegó a la jornada convencido de que su partido ya había logrado una victoria política: llevar a los Demócratas de Suecia desde los márgenes hasta el centro de la conversación sobre el futuro del poder.
Mientras tanto, en los colegios electorales no hay grandes proclamas. Hay conversaciones breves, dudas, respuestas contundentes y otras mucho más ambiguas. La Suecia que vota este domingo parece saber que está ante una elección importante, aunque no todos sepan explicar exactamente qué esperan encontrar cuando, esta noche, comiencen a llegar los resultados.

























