Hay títulos que se celebran con euforia desbordada y otros que invitan a una alegría más reflexiva, casi silenciosa, sin exageración. El reciente título de la Selección Colombia en el Suramericano Sub-17 de la Conmebol pertenece a esa segunda categoría: una victoria que emociona, ni más faltaba, pero que también exige contexto, memoria y, sobre todo, mesura, algo que parece no estar en el ADN de este país.
Porque no es un dato menor que hayan pasado 33 años para que Colombia volviera a levantar este trofeo en esta categoría. Tres décadas en las que el país ha celebrado de manera desbordada presentaciones en torneos de mayores, ha exportado talento a algunas de las mejores ligas del mundo, pero no había logrado logrado un título en esa categoría en todo ese tiempo. Este título, entonces, no es solo una medalla más: es un síntoma. Y como todo síntoma, hay que saber leerlo sin exagerar el diagnóstico.
Selección Colombia Sub-17 Foto:EFE
Sería un error caer en la tentación de inflar expectativas desmedidas. El fútbol juvenil está lleno de historias que prometieron mucho y se diluyeron en el camino. La distancia entre ser figura en un Sub-17 y consolidarse en la élite es gigante. Ahí es donde debe aparecer la responsabilidad institucional: acompañamiento, procesos, minutos, formación integral. Porque el talento está, pero el talento sin estructura suele ser apenas una estrella fugaz.
Selección Colombia Sub-17 Foto:EFE
No se trata tampoco se puede minimizar lo conseguido. Este grupo no solo ganó: compitió con carácter, mostró identidad y dejó ver algo que en el fútbol colombiano a veces escasea: una idea colectiva. Hay orden, hay intención, hay lectura de juego. Y eso, en categorías formativas, vale tanto como el resultado. Hay procesos que, aunque imperfectos, empiezan a dar señales de coherencia.
Selección Colombia sub 17 campeona del Sudamericano, regresa a Bogotá.@@ Foto:@miltondiazfoto / ELTIEMPO
La alegría, entonces, tiene un lugar legítimo. Pero creer no es lo mismo que idealizar. El reto apenas comienza. Este título debería ser el punto de partida de una conversación más profunda sobre el fútbol formativo en Colombia: inversión, seguimiento, competencia interna, oportunidades reales. Porque si algo ha demostrado la historia es que los títulos juveniles, por sí solos, no garantizan nada.
Entre la mesura y la alegría se mueve ese título. Celebrar sin perder la perspectiva. Ilusionarse sin caer en el espejismo. Entender que, más que un punto de llegada, este trofeo es una promesa. Y como toda promesa en el fútbol colombiano, necesita algo más que aplausos para cumplirse: necesita continuidad.
CAMILA ESPINOSA ARISTIZÁBAL
Para EL TIEMPO
@Camilanoticia1
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