Cuando caminas por una plaza concurrida y alguien se cruza en tu camino, en décimas de segundo decides hacia dónde girarte. La sensación es de elección libre, espontánea, dictada únicamente por el espacio disponible en ese instante. Pero Iñaki Echeverría-Huarte, Claudio Feliciani e Iker Zuriguel, investigadores de las universidades de Navarra y Tokio, han demostrado que esa elección no es tan libre como parece: tu cuerpo lleva años inclinándose sistemáticamente hacia la izquierda al caminar, y lo hace sin que tú lo sepas.
Los resultados del estudio, publicado en Nature Communications, hablan solos. En 32 de los 33 ensayos experimentales que componen la investigación, los participantes mostraron una preferencia clara y medible por el giro antihorario al desplazarse. No importaba si eran españoles o japoneses, hombres o mujeres, zurdos o diestros. La tendencia estaba ahí, consistente, casi universal.
Un hallazgo que nadie buscaba
El sesgo no surgió de una hipótesis previa. Fue Feliciani, profesor asociado del Departamento de Aeronáutica y Astronáutica de la Universidad de Tokio, quien lo detectó mientras analizaba datos de experimentos diseñados con otro propósito. Lo que encontró no estaba en el guion: en prácticamente todos los ensayos, independientemente del contexto, los peatones giraban preferentemente hacia la izquierda.
El equipo diseñó cinco experimentos en España y Japón con grupos de peatones de distintos tamaños, evaluando con precisión hacia dónde giraban los participantes en diferentes configuraciones espaciales. El resultado se replicó en dos culturas, con demografías muy distintas y en condiciones de entorno variadas. Y siguió apareciendo, sesión tras sesión, configuración tras configuración.
“Mis colegas se dieron cuenta por casualidad de que en 32 de los 33 ensayos, cuando las personas se movían y giraban, preferían notablemente girar en sentido antihorario”, explicó Claudio Feliciani sobre el origen del descubrimiento.
La única excepción: la edad
La robustez del sesgo antihorario sorprende precisamente por lo que no lo altera. Ni la cultura, ni el género, ni la lateralidad manual cambian de forma significativa el patrón. Un grupo de peatones japoneses muestra la misma tendencia que uno español, lo que convierte el sesgo en un rasgo compartido más allá de cualquier condicionante cultural o ambiental aprendido.
La única variable que ha demostrado modular el efecto es la edad. Los niños presentan un sesgo antihorario más pronunciado que los adultos, aunque la dirección del sesgo se mantiene igual en todos los grupos: la izquierda. Que la lateralidad manual no influya resulta especialmente relevante desde el punto de vista científico. Durante décadas, la asimetría lateral del cuerpo se había propuesto como posible explicación de sesgos direccionales en natación, atletismo o flujos peatonales. En este estudio, esa hipótesis no se sostiene. El hecho de que seas zurdo o diestro no dice nada sobre hacia dónde girarás al esquivar un obstáculo.

Lo que ha quedado descartado
Identificar el patrón fue solo el primer paso. El equipo de Navarra y Tokio también trabajó para eliminar explicaciones alternativas. La Fuerza de Coriolis, el campo magnético terrestre, la dominancia ocular y los factores ambientales y visuales han quedado descartados como origen del sesgo. El fenómeno aparece de forma consistente independientemente de todos ellos, lo que desplaza la explicación hacia algo interno, propio de la mecánica del movimiento humano.
Y es que el catálogo de variables descartadas importa tanto como el propio hallazgo. Saber que la Fuerza de Coriolis no lo explica elimina una línea de investigación entera. Saber que la cultura tampoco descarta cualquier hipótesis de aprendizaje social. Lo que queda (la biomecánica intrínseca del cuerpo) es un territorio más acotado, más específico y, por eso mismo, más abordable experimentalmente.
La lista de lo que no causa el sesgo antihorario es, en sí misma, uno de los resultados más valiosos del estudio.
Un mecanismo todavía desconocido
Aquí está el límite real de la investigación, y los propios autores lo reconocen con claridad: el mecanismo biomecánico exacto que produce la preferencia antihoraria no ha sido identificado. La hipótesis más plausible apunta a alguna asimetría estructural o funcional en la forma en que el cuerpo ejecuta el giro (posiblemente relacionada con la musculatura, la dominancia de pierna o el patrón de marcha) pero sigue siendo una hipótesis de trabajo, no una conclusión probada.
Lo que el estudio sí ha conseguido, y con gran solidez metodológica, es formular bien la pregunta. Sabemos que el patrón es real, robusto entre culturas y que se modula con la edad. No sabemos qué parte de nuestra fisiología lo genera ni por qué se atenúa ligeramente al crecer. ¿Ocurre el mismo sesgo en personas con diferencias neurológicas o motoras? ¿Puede modificarse con entrenamiento específico? ¿Tiene alguna relación con la asimetría conocida del sistema nervioso central, donde el hemisferio derecho controla predominantemente el movimiento del lado izquierdo del cuerpo? El equipo de Echeverría-Huarte, Feliciani y Zuriguel ha trazado el mapa del territorio con una solidez difícil de cuestionar. El mecanismo es lo que viene ahora.
Referencias
- Echeverría-Huarte, I., Feliciani, C. y Zuriguel, I. (2026). Individual locomotor bias drives counterclockwise motion in pedestrian crowds. Nature Communications. DOI: 10.1038/s41467-026-73713-w

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