Category: Curiosidades

  • La ciencia desmonta el mito más rentable de los diamantes: no duran para siempre ni son tan exclusivos

    La ciencia desmonta el mito más rentable de los diamantes: no duran para siempre ni son tan exclusivos

    Un equipo de científicos rusos confirmó hace un tiempo que el cráter de Popigai, en Siberia, contiene una reserva de diamantes capaz de abastecer al planeta durante unos 3.000 años. El hallazgo, ocultado durante décadas por la Unión Soviética, podría alterar el equilibrio de uno de los mercados más exclusivos y simbólicos del mundo.

    Durante generaciones, los diamantes han sido vendidos como emblemas de eternidad, lujo y deseo. Desde la célebre frase “Diamonds Are a Girl’s Best Friend”, inmortalizada por Marilyn Monroe en 1953, hasta el aura casi mística de Tiffany & Co., estas piedras han construido una narrativa tan brillante como cuidadosamente diseñada. Pero bajo el hielo de Siberia yace una realidad capaz de resquebrajar ese relato.

    Y hay un detalle que desconcierta incluso a los geólogos: estos diamantes no surgieron lentamente en las profundidades terrestres, sino tras un cataclismo cósmico que convirtió una región entera en una gigantesca fábrica natural de carbono cristalizado.

    Durante generaciones, los diamantes han sido vendidos como emblemas de eternidad, lujo y deseo.

    Hace unos 35 millones de años, un enorme meteorito impactó contra el noreste de Siberia con una violencia difícil de imaginar. La colisión abrió un cráter de casi 100 kilómetros de diámetro en la actual región de Yakutia, entre Krasnoyarsk y la República de Sajá. Hoy conocemos ese lugar como el cráter de Popigai.

    La explosión liberó temperaturas extremas y presiones colosales que transformaron instantáneamente depósitos de grafito en diamantes. No eran diamantes comunes: su estructura cristalina resultó mucho más dura y resistente que la de muchos diamantes convencionales.

    El yacimiento fue identificado por geólogos soviéticos en los años setenta, a unos 880 kilómetros de la ciudad de Norilsk. Sin embargo, el descubrimiento permaneció prácticamente oculto durante décadas. La razón era estratégica: la Unión Soviética estaba desarrollando simultáneamente métodos para fabricar diamantes sintéticos y no deseaba alterar el mercado global ni reducir el valor industrial de estas piedras.

    Según estimaciones difundidas por la Academia Rusa de Ciencias, las reservas serían tan inmensas que podrían superar ampliamente todos los depósitos conocidos del planeta. Algunos estudios hablan de billones de quilates ocultos bajo el suelo helado siberiano. Pero existe otra sorpresa todavía más importante: estos diamantes no están destinados principalmente a anillos ni collares.

    Las reservas serían tan inmensas que podrían superar ampliamente todos los depósitos conocidos del planeta.

    Más duros que los diamantes normales: el tesoro que quiere la industria

    Aunque el imaginario colectivo relaciona el diamante con la joyería, la verdadera batalla económica se libra en la industria tecnológica y metalúrgica. Y ahí Popigai podría convertirse en un actor decisivo. Los diamantes del cráter presentan propiedades excepcionales de dureza y resistencia al desgaste, lo que los hace extremadamente valiosos para herramientas de corte, perforación industrial y dispositivos electrónicos avanzados. Algunos investigadores creen incluso que podrían superar a muchos materiales sintéticos actuales.

    En otras palabras: el verdadero oro de Popigai no estaría en escaparates de lujo, sino en fábricas, laboratorios y maquinaria de alta precisión. Y mientras la Tierra revela reservas casi inimaginables, el universo parece recordarnos que los diamantes quizá no sean tan raros como creemos.

    En 2012, astrónomos anunciaron que el exoplaneta 55 Cancri e podría contener enormes cantidades de carbono cristalizado. Algunas estimaciones sugerían que hasta un tercio de su masa estaría formado por diamante y grafito. Aquella hipótesis convirtió al planeta en una especie de fantasía mineral flotando en el cosmos.

    Astrónomos anunciaron que el exoplaneta 55 Cancri e podría contener enormes cantidades de carbono cristalizado.

    La idea resulta casi poética: piedras que aquí se venden bajo luces de terciopelo podrían existir por montañas enteras en otros mundos. Pero también plantea una pregunta incómoda: ¿cuánto vale realmente algo cuando deja de ser escaso?

    El mito del diamante eterno empieza a resquebrajarse

    Durante décadas, la industria joyera construyó uno de los relatos publicitarios más eficaces de la historia: el diamante como símbolo eterno del amor y la permanencia. Sin embargo, la ciencia ofrece una visión mucho menos romántica.

    Un diamante no es indestructible ni eterno. En realidad, no deja de ser carbono sometido a presión extrema y tiempo geológico. Incluso expuesto a la radiación solar, pierde lentamente átomos de carbono, aunque el proceso sea imperceptible para el ojo humano.

    Los cálculos indican que harían falta unos mil años para que desapareciera apenas un microgramo de diamante bajo ciertas condiciones naturales. Una cifra enorme para nosotros, pero insignificante para las escalas del universo. Aun así, el deseo por estas piedras continúa intacto. Las minas del norte de Canadá, especialmente en la región de Lac du Gras, siguen produciendo algunos de los diamantes más codiciados del planeta desde su descubrimiento en 1991.

    Los cálculos indican que harían falta unos mil años para que desapareciera apenas un microgramo de diamante bajo ciertas condiciones naturales.

    Y las subastas continúan alimentando el mito. Diamantes rosas gigantescos alcanzan precios astronómicos en ciudades como Ginebra, mientras ejemplares excepcionales encontrados en la mina Argyle, en Australia Occidental, mantienen viva la fascinación mundial.

    Pero bajo ese brillo permanece una verdad incómoda: quizá los diamantes nunca fueron tan escasos como creíamos. Tal vez solo estaban escondidos bajo kilómetros de hielo, esperando a que la ciencia levantara el velo. Como estrellas atrapadas en roca antigua, estas piedras siguen fascinando a la humanidad. No porque sean eternas, sino porque reflejan algo mucho más profundo: nuestra obsesión por convertir lo raro en símbolo, y lo inaccesible en deseo.

    Referencias

    • Masaitis, Victor L. “Impact Diamonds from the Popigai Crater.” European Journal of Mineralogy 10, no. 4 (1998): 767–774.
    • Wilson, David, et al. “A Diamond-Rich Interior of Super-Earth 55 Cancri e.” The Astrophysical Journal Letters 759, no. 2 (2012).
  • Esta es la razón por la qué jamás conoceremos todas las sustancias químicas del universo: ya existen más de 55 millones registradas

    Esta es la razón por la qué jamás conoceremos todas las sustancias químicas del universo: ya existen más de 55 millones registradas

    Un equipo de químicos y expertos en materiales ha confirmado que el número de sustancias químicas posibles en el universo podría ser prácticamente inabarcable. Aunque la tabla periódica ya está completa y conocemos todos los elementos naturales existentes, la combinación entre ellos genera una cantidad tan descomunal de compuestos que ni siquiera el cosmos tendría espacio suficiente para contenerlos todos físicamente.

    La cifra desconcierta incluso a los propios científicos: algunas estimaciones calculan que podrían existir hasta 10²⁰⁰ sustancias químicas diferentes. Para hacerse una idea, ese número supera millones de veces la cantidad total de partículas presentes en el universo observable.

    Y, sin embargo, la maquinaria química del planeta no se detiene. Cada día se incorporan más de 12.000 nuevas sustancias al registro internacional de la Chemical Abstracts Society (CAS), el organismo encargado de catalogar los compuestos descubiertos o sintetizados por la humanidad. El catálogo ya supera los 55 millones de sustancias registradas.

    Cada día se incorporan más de 12.000 nuevas sustancias al registro internacional de la Chemical Abstracts Society.

    En una pequeña isla rocosa al este de Estocolmo se encuentra uno de los lugares más influyentes de la historia de la química moderna. La mina de Ytterby, situada en la isla de Resarö, no parece especialmente espectacular a simple vista. Pero bajo sus vetas minerales se escondía una auténtica revolución científica.

    Nada menos que 19 elementos químicos fueron identificados por primera vez en Suecia, y varios de ellos guardan una relación directa con esta histórica mina. De hecho, cuatro elementos —itrio, iterbio, erbio y terbio— deben su nombre al propio enclave de Ytterby, convertido hoy en una especie de santuario para químicos y mineralogistas.

    El escritor y divulgador Hugh Aldersey-Williams relató en su obra La tabla de los elementos que, pese al cierre definitivo de la mina en 1933, numerosos investigadores continúan peregrinando hasta allí. El lugar representa uno de los mayores símbolos del descubrimiento químico contemporáneo.

    Nada menos que 19 elementos químicos fueron identificados por primera vez en Suecia.

    Pero existe un detalle fascinante: el lugar donde más elementos se descubrieron no coincide necesariamente con el lugar más rico en recursos minerales. La gigantesca mina Escondida, en Chile, continúa siendo la mayor explotación de cobre del planeta. También destacan las Minas de Fosfato de Jordania o las enormes reservas de potasa de Moab, en Utah.

    La historia de Ytterby revela algo casi poético sobre la ciencia: a veces, una pequeña grieta en la roca puede alterar nuestra comprensión completa de la materia.

    Durante siglos, los científicos soñaron con completar la tabla periódica. Cada nuevo elemento descubierto era una pieza más de un gigantesco puzle que intentaba explicar la estructura íntima del universo. Hoy, ese objetivo ya se ha alcanzado. No quedan huecos naturales por rellenar en la tabla periódica. Los elementos conocidos abarcan todo lo que puede existir de forma estable en la naturaleza. Los nuevos elementos que eventualmente puedan sintetizarse serán artificiales y extremadamente inestables.

    Porque los elementos químicos funcionan como letras de un alfabeto prácticamente infinito.

    Sin embargo, aquí comienza el verdadero vértigo científico. Porque los elementos químicos funcionan como letras de un alfabeto prácticamente infinito. El carbono, el hidrógeno, el oxígeno o el nitrógeno pueden reorganizarse de incontables maneras para generar sustancias completamente distintas. Cambiar la posición de unos pocos átomos basta para crear un compuesto nuevo con propiedades radicalmente diferentes.

    Y esa capacidad combinatoria multiplica el número de sustancias posibles hasta cifras que rozan lo inimaginable. Algunas estimaciones conservadoras hablan de 10¹⁸ compuestos potenciales, una cifra cercana al número de granos de arena presentes en la Tierra. Pero otros cálculos elevan el número hasta 10²⁰⁰.

    El contraste resulta tan brutal que los científicos reconocen que muchas de esas sustancias jamás existirán físicamente. El universo simplemente no dispone de suficiente materia ni tiempo para producirlas todas. Pero hay otro detalle que inquieta a los químicos.

    Incluso aunque solo una fracción mínima de esos compuestos llegue a existir, el ritmo de creación sigue acelerándose. Laboratorios de todo el mundo sintetizan nuevas moléculas constantemente: medicamentos, materiales superconductores, polímeros ultrarresistentes, compuestos orgánicos complejos o estructuras nanotecnológicas.

    Cantera.

    La química moderna vive una explosión silenciosa. Mientras la mayoría de personas apenas percibe estos avances, miles de laboratorios trabajan simultáneamente diseñando sustancias inéditas. La institución encargada de registrar oficialmente estos compuestos es la Chemical Abstracts Society, dependiente de la American Chemical Society. Cada nueva molécula relevante recibe un identificador único conocido como número CAS.

    Actualmente, el registro ya contiene más de 55 millones de sustancias químicas distintas, y la cifra sigue creciendo de manera casi exponencial. Cada jornada se añaden más de 12.000 nuevas entradas. La magnitud de este crecimiento convierte a la química en una de las disciplinas más complejas del conocimiento humano. No se trata únicamente de memorizar elementos o fórmulas. La verdadera dificultad aparece en la estequiometría, la rama encargada de estudiar cómo reaccionan las sustancias y en qué proporciones lo hacen.

    Actualmente, el registro ya contiene más de 55 millones de sustancias químicas distintas.

    Para muchos estudiantes, enfrentarse a estas combinaciones resulta intimidante. Y no es extraño: cada reacción química abre potencialmente la puerta a nuevas estructuras moleculares. La propia naturaleza funciona como un gigantesco laboratorio. Las estrellas generan elementos pesados mediante fusión nuclear; los océanos producen minerales y sales; los seres vivos ensamblan proteínas, azúcares y ácidos nucleicos con una precisión casi milagrosa.

    Cada respiración, cada hoja que cae y cada destello de una estrella forman parte de una inmensa coreografía química que todavía estamos muy lejos de comprender completamente. Quizá por eso la química sigue siendo una ciencia profundamente fascinante: porque cuanto más descubrimos sobre la materia, más evidente resulta la inmensidad de lo desconocido. La tabla periódica puede estar terminada, sí, pero el universo de las sustancias posibles apenas acaba de abrir una pequeña rendija ante nosotros.

    Referencias

    • Aldersey-Williams, Hugh. La tabla de los elementos. Barcelona: Ariel, 2012.
    • Chemical Abstracts Society. “CAS Registry”. Accessed May 19, 2026.https://www.cas.org/.
  • El metal más caro del mundo no es el oro: el elemento gris que llegó a valer más de 20.000 euros por 40 gramos

    El metal más caro del mundo no es el oro: el elemento gris que llegó a valer más de 20.000 euros por 40 gramos

    Un equipo de analistas del mercado de metales preciosos ha confirmado que el rodio, un elemento casi desconocido para el gran público, ha llegado a cotizar por encima de los 20.000 euros por onza (30 gramos) en algunos momentos recientes, pulverizando el valor del oro y del platino. Su precio no depende del lujo tradicional, sino de una mezcla inquietante de rareza geológica y dependencia tecnológica global.

    Durante siglos, el oro fue el símbolo absoluto de riqueza. Civilizaciones enteras levantaron imperios alrededor de su brillo hipnótico, desde las antiguas tumbas de Varna, en Bulgaria, hasta los bancos centrales modernos. Pero el siglo XXI ha alterado esa jerarquía ancestral. Hoy, algunos metales industriales prácticamente invisibles pueden valer mucho más que el material que durante milenios obsesionó a reyes, comerciantes y conquistadores.

    Y hay un detalle que desconcierta incluso a los expertos: el metal más caro del planeta apenas aparece en joyas y casi nadie sabría reconocerlo a simple vista.

    Agunos metales industriales prácticamente invisibles pueden valer mucho más que el material que durante milenios obsesionó a reyes, comerciantes y conquistadores.

    El rodio pertenece al grupo del platino y es extraordinariamente escaso. Se estima que más del 80 % de su producción mundial procede de Sudáfrica y Rusia, dos regiones cuya inestabilidad geopolítica puede disparar los precios en cuestión de semanas. Esa fragilidad del suministro convierte al rodio en un auténtico cuello de botella de la industria moderna.

    A diferencia del oro, cuya demanda está ligada sobre todo a la inversión y la joyería, el rodio se utiliza principalmente en convertidores catalíticos de automóviles. Su función es reducir emisiones contaminantes extremadamente tóxicas, algo que lo convirtió en un recurso estratégico cuando las normativas medioambientales comenzaron a endurecerse en Europa, China y Estados Unidos.

    Pero hay otro problema todavía más complejo: aislar rodio resulta muy difícil. No se encuentra en vetas puras, sino mezclado con otros metales del grupo del platino, y su extracción exige procesos industriales largos y costosos. Su elevadísimo punto de fusión añade otra capa de dificultad tecnológica.

    Se estima que más del 80 % de su producción mundial procede de Sudáfrica y Rusia.

    La paradoja es fascinante. El oro despierta deseo inmediato; el rodio, en cambio, sostiene silenciosamente parte de la infraestructura química del planeta. Uno simboliza riqueza; el otro permite que ciertas tecnologías sigan funcionando. No es casualidad que incluso el Libro Guinness de los Récords entregara a Paul McCartney un disco de rodio en lugar de oro o platino para reconocer sus ventas históricas.

    El oro sigue dominando el imaginario humano desde hace 6.000 años

    Aunque el rodio pueda superar ampliamente al oro en precio, el metal amarillo conserva algo mucho más poderoso: estabilidad psicológica y simbólica. El oro sigue siendo el refugio emocional y financiero de la humanidad.

    Su historia comienza hace más de 6.000 años. En la necrópolis de Varna, considerada uno de los tesoros arqueológicos más antiguos relacionados con el oro, ya aparecían sofisticados objetos elaborados alrededor del 4700 a.C. Desde entonces, el metal precioso ha acompañado prácticamente todas las civilizaciones importantes.

    La India representa uno de los ejemplos más impresionantes de esa fascinación colectiva. El país concentra cerca del 10 % de las reservas mundiales privadas de oro y continúa siendo uno de los mayores compradores del planeta. Gran parte de ese metal termina convertido en joyería ceremonial, bodas y símbolos familiares transmitidos durante generaciones.

    La India representa uno de los ejemplos más impresionantes de esa fascinación colectiva. El país concentra cerca del 10 % de las reservas mundiales privadas de oro.

    El filósofo francés Yves Michaud resumió esa obsesión en su obra El lujo, donde explica que las primeras formas universales de prestigio estuvieron ligadas a materiales raros y brillantes: oro, plata, piedras preciosas, marfil o perlas. Pero existe una razón física que explica parcialmente el hechizo del oro. No se oxida, apenas se deteriora y mantiene su brillo durante siglos. 

    Es casi una anomalía química. Mientras otros metales envejecen y se corroen, el oro parece desafiar el paso del tiempo. Tal vez por eso funciona tan bien como símbolo de permanencia en cerebros humanos obsesionados con la estabilidad. Sin embargo, incluso el prestigio del oro ha sido moldeado por las modas. A finales del siglo XIX, el joyero Louis Cartier popularizó el platino porque permitía engastes casi invisibles para diamantes. 

    Aquella decisión estética alteró durante décadas la percepción del lujo mundial. Y hay un detalle histórico extraordinario: Napoleón III utilizaba cubiertos de aluminio para sus invitados más distinguidos, mientras que los menos importantes debían conformarse con vajillas de oro. En aquella época, extraer aluminio era muchísimo más difícil que hoy.

    La historia de los metales preciosos revela una idea mucho más profunda que una simple lista de precios. El valor no reside únicamente en la rareza física, sino en la relación entre tecnología, deseo humano y utilidad estratégica. El osmio, por ejemplo, es el elemento natural más denso conocido. En su forma cristalina puede alcanzar precios elevadísimos debido a su rareza y complejidad de manipulación. Sostener un pequeño fragmento de osmio produce una sensación casi inquietante: pesa mucho más de lo que el cerebro espera.

    Pero todavía existen materiales más extremos. El isótopo artificial californio-252 puede alcanzar precios de decenas de millones de dólares por gramo debido a su producción extremadamente compleja en reactores nucleares. Aquí el concepto clásico de “mercado” prácticamente desaparece. Lo que se paga no es solo la materia, sino años de infraestructura científica, energía y tecnología nuclear avanzada.

    El isótopo artificial californio-252 puede alcanzar precios de decenas de millones de dólares por gramo debido a su producción extremadamente compleja en reactores nucleares

    Y aun así, los rankings cambian constantemente. En determinados momentos, el lutecio —utilizado como catalizador en la industria petrolera— ha llegado a duplicar el valor del platino. Todo depende de una combinación volátil entre oferta, demanda, conflictos geopolíticos y necesidades industriales.

    El metal más caro del mundo, en realidad, cambia con nuestra propia civilización. Cuando una tecnología depende desesperadamente de un elemento concreto, ese átomo se convierte en oro moderno. Cuando una sociedad necesita símbolos estables para combatir la incertidumbre, vuelve a mirar hacia el brillo ancestral del oro.

    Quizá por eso los metales preciosos siguen fascinándonos tanto. No son solo materia comprimida bajo la corteza terrestre. Son espejos de nuestras obsesiones: permanencia, poder, escasez y supervivencia. Y en ese reflejo metálico, brillante o grisáceo, todavía seguimos buscando una forma tangible de medir aquello que consideramos valioso.

    Referencias

    • Aldersey-Williams, Hugh. La tabla periódica: una curiosa historia de los elementos. Barcelona: Ariel, 2012.
    • Michaud, Yves. El lujo: ensayo sobre la fascinación de lo superfluo. Madrid: Taurus, 2005.
    • U.S. Geological Survey. “Platinum-Group Metals Statistics and Information.” Accessed May 19, 2026.USGS
    • Royal Society of Chemistry. “Rhodium.” Accessed May 19, 2026.Royal Society of Chemistry
  • Este es el mineral más abundante de la Tierra pero nadie ha logrado tocarlo ni verlo aún

    Este es el mineral más abundante de la Tierra pero nadie ha logrado tocarlo ni verlo aún

    Un equipo de científicos confirmó que el 38 % del volumen de la Tierra está compuesto por un mineral que hasta hace apenas unos años ni siquiera tenía nombre. El hallazgo resulta tan desconcertante como fascinante: la sustancia más abundante del planeta permaneció invisible para la ciencia porque jamás habíamos conseguido extraer una muestra directa del interior profundo terrestre.

    La historia parece salida de una novela de ciencia ficción geológica. Durante décadas, los investigadores sabían que algo dominaba las entrañas del manto terrestre, pero solo podían describirlo mediante una fórmula fría y provisional: MgSiO3. Todo cambió gracias a un meteorito caído en Australia en 1879. En su interior viajaba una diminuta muestra microscópica que permitió bautizar finalmente al coloso oculto del planeta: la bridgmanita.

    Durante décadas, los científicos supieron que algo dominaba el manto terrestre, pero la imposibilidad de obtener una muestra física impedía incluso darle un nombre oficial. 

    Y hay un detalle todavía más asombroso: ningún ser humano ha tocado jamás una roca procedente directamente de la zona donde este mineral reina de forma absoluta. El corazón profundo de la Tierra sigue siendo un territorio casi prohibido.

    La bridgmanita no es rara. Todo lo contrario. Es, literalmente, el mineral más abundante de nuestro planeta, formando cerca de la mitad del manto inferior terrestre. Sin embargo, durante siglos pasó desapercibida por una razón demoledora: se encuentra a más de 670 kilómetros de profundidad.

    Para entender esa distancia basta una comparación inquietante. Si la Tierra fuese una manzana, los seres humanos apenas habríamos perforado una pequeña fracción de su piel. El agujero más profundo jamás excavado, el famoso pozo superprofundo de Kola, en Rusia, apenas alcanzó unos 13 kilómetros. Ni siquiera representa el 2 % de la profundidad necesaria para acceder a la región donde domina la bridgmanita.

    El pozo superprofundo de Kola reveló agua líquida y temperaturas inesperadas bajo tierra, pero aun así quedó absurdamente lejos del verdadero reino de la bridgmanita. 

    Ese proyecto soviético, iniciado en 1962, reveló fenómenos inesperados. Los científicos descubrieron que el agua podía mantenerse líquida a profundidades extremas y comprobaron que la temperatura interna terrestre aumentaba mucho más rápido de lo previsto. Pero incluso aquel esfuerzo monumental quedó absurdamente lejos del auténtico reino del mineral más abundante del mundo.

    Lo más desconcertante es que, pese a no poder acceder físicamente al manto, los geólogos saben bastante sobre él. ¿Cómo? Gracias a técnicas indirectas basadas en ondas sísmicas. Cuando un terremoto atraviesa el interior terrestre, las vibraciones cambian de velocidad según los materiales que encuentran a su paso. Analizando esas alteraciones, los investigadores pueden reconstruir la densidad, temperatura y composición aproximada de las capas profundas del planeta.

    Pero había un problema: la Asociación Mineralógica Internacional no permite bautizar oficialmente un mineral sin poseer una muestra física. Y durante décadas, nadie pudo conseguirla.

    Crédito: Sergio Parra / ChatGPT

    La solución llegó desde el espacio. En 1879, un meteorito cayó en Queensland, Australia. A simple vista parecía una roca extraterrestre más, pero escondía un tesoro microscópico. En su interior había pequeñas cantidades cristalizadas de MgSiO3 sometidas a presiones extremas, exactamente las condiciones que existen en el manto terrestre profundo.

    Aquella diminuta muestra bastó para que la ciencia pudiera, por fin, reconocer oficialmente el mineral. El nombre elegido fue “bridgmanita”, en honor al físico estadounidense Percy Williams Bridgman, pionero en el estudio de materiales sometidos a presiones extremas y ganador del Premio Nobel de Física.

    La humanidad necesitó una roca llegada desde el espacio para identificar el material más abundante de su propio planeta. 

    La elección no fue casual. Bridgman dedicó gran parte de su carrera a investigar cómo se comporta la materia bajo presiones colosales, precisamente las mismas condiciones que gobiernan el interior profundo de la Tierra. Sin sus investigaciones, probablemente nunca habríamos comprendido cómo puede existir este mineral gigantesco escondido bajo nuestros pies.

    Pero hay otro aspecto que convierte este hallazgo en algo todavía más extraordinario: la bridgmanita podría revolucionar la tecnología moderna. Algunos investigadores creen que sus propiedades podrían ayudar al desarrollo de superconductores capaces de funcionar a temperaturas normales. 

    Actualmente, muchos superconductores solo operan cerca de los –135 °C, una limitación gigantesca para su uso masivo. Si se lograran materiales inspirados en la bridgmanita, podrían surgir ordenadores mucho más eficientes, redes eléctricas casi sin pérdidas energéticas o trenes de levitación magnética radicalmente más avanzados. En otras palabras: el mineral más abundante de la Tierra podría convertirse también en uno de los más valiosos para el futuro tecnológico de la humanidad.

    Si las propiedades de la bridgmanita pudieran replicarse tecnológicamente, podrían surgir redes eléctricas casi perfectas y ordenadores mucho más eficientes que los actuales. 

    Un mundo oculto bajo nuestros pies que todavía no comprendemos

    A pesar de todos los avances científicos, el manto terrestre sigue siendo un territorio misterioso. Se extiende entre aproximadamente 600 y 2.900 kilómetros de profundidad y separa la corteza terrestre del núcleo planetario. Lo sorprendente es que todavía existen debates sobre si ciertas regiones del manto se comportan como sólidos extremadamente lentos o como fluidos densísimos en movimiento constante.

    La bridgmanita no está sola ahí abajo. Los científicos creen que comparte el dominio del manto con otros minerales como la magnesiowüstita, un óxido rico en magnesio identificado también gracias al estudio de meteoritos.

    Y aquí aparece otro detalle fascinante: los meteoritos son auténticas cápsulas del tiempo geológicas. Muchas veces contienen materiales imposibles de recuperar directamente desde la Tierra profunda. Por eso se han convertido en piezas extremadamente valiosas para la ciencia… y también para el mercado. Un simple gramo de meteorito puede superar fácilmente los 1.000 euros, muy por encima del precio del oro.

    La paradoja resulta casi poética. Para descubrir el material más abundante de nuestro propio planeta, la humanidad necesitó mirar al cielo. Como si la Tierra hubiese guardado durante miles de millones de años uno de sus mayores secretos bajo una coraza inaccesible, esperando a que una roca caída desde el espacio nos entregara accidentalmente la llave. Porque a veces el universo funciona así: lo más gigantesco permanece oculto, silencioso e invisible… justo debajo de nuestros pies.

    Referencias

    • Tschauner, Oliver, Chi Ma, John R. Beckett, George R. Rossman, Carl A. McCammon y Linden T. El Goresy. “Discovery of Bridgmanite, the Most Abundant Mineral in Earth, in a Shocked Meteorite.” Nature 523 (2014): 89–92. https://doi.org/10.1038/nature12736.
    • International Mineralogical Association. IMA 2014-017: Bridgmanite Approval Proposal. Commission on New Minerals, Nomenclature and Classification, 2014.
    • Bridgman, Percy Williams. The Physics of High Pressure. London: G. Bell and Sons, 1931.
  • Descubren que el asteroide que extinguió a los dinosaurios provocó una explosión global de hongos hace 66 millones de años

    Descubren que el asteroide que extinguió a los dinosaurios provocó una explosión global de hongos hace 66 millones de años

    Un equipo de científicos ha confirmado que el impacto del asteroide que extinguió a los dinosaurios hace 66 millones de años estuvo acompañado por una gigantesca proliferación mundial de hongos, un fenómeno biológico que podría haber comenzado incluso 30.000 años antes de la colisión. El hallazgo, publicado en la revista PNAS, sugiere que la Tierra atravesó una larga fase de colapso ecológico antes y después del evento que borró a los dinosaurios del mapa.

    Los investigadores Rosanna P. Baker y Arturo Casadevall, de la Johns Hopkins Bloomberg School of Public Health, analizaron sedimentos fósiles de Colorado y Dakota del Norte y encontraron algo inesperado: los hongos ya estaban expandiéndose masivamente antes del impacto del asteroide. Y después del choque, el fenómeno se disparó todavía más.

    Los hongos no aparecieron solo después del desastre: el estudio indica que comenzaron a expandirse miles de años antes, coincidiendo con un planeta ya debilitado por cambios climáticos extremos. 

    La imagen que aflora es inquietante. Un planeta oscurecido por cenizas, incendios y un invierno global donde millones de toneladas de materia orgánica muerta alimentaron una auténtica edad dorada para los hongos. Mientras los dinosaurios desaparecían, los descomponedores conquistaban la Tierra.

    Un planeta cubierto por hongos antes del fin de los dinosaurios

    Este nuevo trabajo cambia por completo la visión científica sobre las explosiones fúngicas del final del Cretácico. Hasta ahora, para esa época solo existían indicios aislados encontrados en Nueva Zelanda.

    Baker y Casadevall utilizaron un método sin ácidos agresivos que permitió conservar esporas diminutas normalmente destruidas en los análisis tradicionales. Ese detalle técnico resultó decisivo para reconstruir el fenómeno.

    La clave del descubrimiento no estuvo solo en los fósiles encontrados, sino en la técnica utilizada: las esporas más pequeñas habían desaparecido en estudios anteriores por culpa de métodos químicos demasiado agresivos.

    Los sedimentos revelaron tres grandes picos de proliferación fúngica relacionados con momentos de estrés climático extremo. El primero comenzó entre 30.000 y 10.000 años antes del impacto del asteroide Chicxulub.

    Los autores relacionan ese primer pico con las gigantescas erupciones volcánicas de las Trampas del Decán. Aquellas erupciones expulsaron enormes cantidades de dióxido de azufre y cenizas a la atmósfera.

    Abundancia de hongos en la sección de Bowring Pit. (A) Fotografía a la izquierda que muestra la litoestratigrafía con el límite K/Pg indicado por una línea amarilla discontinua alineada con un gráfico de barras (derecha) del porcentaje de formas fúngicas entre el recuento total de microfósiles en cada muestra. (B) Imágenes representativas de los morfotipos fúngicos más abundantes en los tres picos fúngicos. Crédito: Proceedings of the National Academy of Sciences (2026). DOI: 10.1073/pnas.2536899123

    El enfriamiento climático alteró ecosistemas enteros y creó condiciones ideales para la expansión de los hongos. Donde hay muerte vegetal masiva, los descomponedores encuentran un banquete perfecto.

    Los investigadores sospechan que los hongos actuaron como un “termómetro biológico” del colapso planetario, creciendo precisamente cuando el clima alcanzaba sus momentos más críticos.

    El invierno de impacto creó el escenario perfecto para los descomponedores

    El asteroide Chicxulub impactó contra la Tierra y desencadenó incendios globales, tsunamis gigantescos y una nube de polvo que bloqueó la luz solar. La energía liberada equivalió a miles de millones de bombas atómicas.

    El invierno de impacto paralizó la fotosíntesis y dejó enormes cantidades de materia orgánica en descomposición. Bosques enteros murieron en muy poco tiempo.

    Tras el impacto se produjo un segundo pico fúngico todavía más intenso que el anterior. Los investigadores sostienen que el fenómeno probablemente fue global.

    La nueva hipótesis transforma el apocalipsis dinosauriano en un prolongado proceso de decadencia ecológica dominado por hongos. Durante un tiempo, la Tierra pudo haber quedado cubierta por redes invisibles de descomposición.

    El fin de los dinosaurios no habría sido solo un instante de destrucción, sino una larga transición ecológica donde los ecosistemas terrestres se convirtieron en enormes paisajes de materia muerta y oscuridad.

    Los hongos podrían explicar cómo la vida logró recuperarse

    Los investigadores recuerdan que los hongos desempeñaron un papel esencial reciclando la inmensa cantidad de materia orgánica acumulada tras la catástrofe. Sin ellos, la recuperación ecológica habría sido mucho más difícil.

    La expansión de los hongos pudo facilitar posteriormente el auge evolutivo de mamíferos, aves y plantas modernas. Mientras los grandes reptiles desaparecían, otros organismos encontraron nuevas oportunidades.

    El estudio advierte que las grandes alteraciones climáticas suelen ir acompañadas de cambios radicales en el equilibrio biológico del planeta. Y los hongos responden con enorme rapidez a esos colapsos ambientales.

    Hace 66 millones de años, los hongos heredaron temporalmente un planeta cubierto de cenizas, oscuridad y bosques muertos. Quizá esa sea la lección más desconcertante del descubrimiento: cuando la vida parece derrumbarse, siempre existen organismos preparados para prosperar entre las ruinas.

    Referencias

    • Baker, Rosanna P., y Arturo Casadevall. “Fungal proliferation before and after the Cretaceous–Paleogene mass extinction event in North America.” Proceedings of the National Academy of Sciences (2026). https://doi.org/10.1073/pnas.2536899123.
  • Los cabezazos en el fútbol pueden dañar el cerebro antes de que la cabeza se mueva siquiera, y algunos balones lo multiplican hasta 55 veces

    Los cabezazos en el fútbol pueden dañar el cerebro antes de que la cabeza se mueva siquiera, y algunos balones lo multiplican hasta 55 veces

    El daño empieza antes del golpe, cuando la cabeza aún no se ha desplazado ni un milímetro. Investigadores del Sports Technology Institute de la Universidad de Loughborough han publicado en el Proceedings of the Institution of Mechanical Engineers los resultados de un experimento diseñado para responder una pregunta concreta: si los golpes de cabeza en el fútbol producen daño cerebral, ¿cuándo comienza exactamente ese proceso? La respuesta contradice lo que pensábamos. El mecanismo no arranca cuando la cabeza golpea el balón, sino en los cien microsegundos previos, cuando una onda de presión ya ha atravesado el gel que imita el tejido cerebral hacia la parte frontal del cráneo.

    Y es que, la pregunta lleva años sobre la mesa. Un estudio en siete mil futbolistas escoceses retirados ha encontrado que los jugadores de élite presentan tasas de demencia 3,5 veces superiores a la población general. El vínculo epidemiológico es claro; el mecanismo físico que lo explica, no tanto.

    Antes del golpe

    El experimento liderado por Ieuan Phillips prescinde de voluntarios y de escáneres. En vez de eso, el equipo ha construido una cabeza simulada con gel imitador de tejido cerebral, insertando en su interior un hidrófono, un sensor capaz de registrar diez millones de lecturas por segundo. Contra esa cabeza se lanzan veinte tipos de balones distintos, desde los de cuero tradicional hasta los últimos modelos sintéticos moldeados, en condiciones secas y mojadas, a velocidades realistas de partido. En total, cuatrocientos treinta impactos registrados por Ieuan Phillips, Séan Mitchell, Paul Lepper y Andy Harland.

    La señal aparece siempre en el mismo instante. En menos de cien microsegundos desde el primer contacto entre balón y superficie, la onda de presión ya ha llegado a la parte frontal del gel, antes de que la cabeza comience a moverse. La transferencia de energía completa se produce en menos de medio milisegundo. El movimiento de la cabeza, la aceleración craneal que los estudios anteriores usaban para medir el riesgo, llega después. El primer evento no es mecánico (en el sentido del impacto) sino hidráulico: una onda de compresión que viaja a través del gel como lo hace en tejido blando sometido a una onda expansiva, sin necesidad de que el cráneo se desplace.

    El mecanismo es anterior a todo lo que la biomecánica del golpe de cabeza había medido hasta ahora. La aceleración de la cabeza no es el primer evento: es el segundo.

    Los balones no son iguales

    Aquí aparece el segundo hecho sorprendente, y que, además, tiene implicaciones directas sobre el reglamento deportivo. Al comparar resultados entre los distintos tipos de balón, el equipo encontró una dispersión que no esperaba en materiales que cumplen los mismos estándares técnicos. Entre el modelo que transmitía menos presión y el que transmitía más, la diferencia en presión pico alcanzaba un factor de 9,1, y la diferencia en transferencia de energía llegaba a 54,7 veces. Los balones sintéticos moldeados, los dominantes en el fútbol profesional actual, generan las presiones más altas. Los de cuero tradicional en seco produjeron, durante el estudio, las más bajas. Todos ellos son reglamentarios. Ninguno supera ningún límite porque ningún límite contempla la transmisión de ondas de presión hacia el interior del cráneo.

    (a) Vista en planta del montaje experimental para las pruebas de impacto por onda de presión. (b) Sección transversal del modelo de cráneo, con el medio de propagación en la cavidad craneal y el hidrófono posicionado respecto al punto de impacto. (c) Fotograma de vídeo con el instante exacto de primer contacto entre el balón y la cabeza simulada. (d) Curvas de presión y de índice de tensión de presión pico (PPSI) en función del tiempo, con las métricas de extracción anotadas. Fuente: Phillips et al. (2026) / Proceedings of the Institution of Mechanical Engineers.
    (a) Vista en planta del montaje experimental para las pruebas de impacto por onda de presión. (b) Sección transversal del modelo de cráneo, con el medio de propagación en la cavidad craneal y el hidrófono posicionado respecto al punto de impacto. (c) Fotograma de vídeo con el instante exacto de primer contacto entre el balón y la cabeza simulada. (d) Curvas de presión y de índice de tensión de presión pico (PPSI) en función del tiempo, con las métricas de extracción anotadas. Fuente: Phillips et al. (2026) / Proceedings of the Institution of Mechanical Engineers.

    El efecto de las condiciones también fue significativo. El cuero mojado puede amplificar la presión transmitida hasta cuatro, dos veces respecto al mismo balón en seco. Un partido bajo lluvia no es equivalente, en términos de presión intracraneal, a un partido en condiciones secas. Y en ambos casos, el evento de riesgo ya ha ocurrido antes de que la cabeza comience a moverse.

    Que dos balones que superan las mismas pruebas reglamentarias transmitan casi 55 veces más energía al tejido cerebral el uno que el otro es la variable que la regulación deportiva no había medido.

    Lo que el estudio aún no puede responder

    ¡Ojo! La cabeza simulada de Loughborough no tiene neuronas, es decir, no tiene axones que puedan romperse bajo cizalladura ni mecanismos de autorregulación intracraneal. El hidrófono mide presión en gel, no daño cerebral en tejido nervioso humano. El estudio detecta y cuantifica el mecanismo, pero no puede confirmar que estas ondas de presión produzcan lesión neurológica en jugadores reales, ni en qué condiciones ese umbral se supera.

    La relación entre el mecanismo encontrado y las tasas de demencia documentadas en futbolistas de élite sigue siendo inferencial (recordemos que causalidad y casualidad, así como correlación, son tres cosas bien distintas). El estudio hace la hipótesis más plausible, no la prueba. Tampoco identifica qué propiedad específica de cada balón determina que la transferencia de energía sea nueve veces mayor o cincuenta y cuatro veces mayor: esa pieza falta, y sin ella no hay base para una regulación técnica concreta. Los propios autores señalan que sus conclusiones son compatibles con los reglamentos actuales, y que la solución, si existe, pasaría por los materiales y la construcción del balón, no por prohibir el gesto.

    El estudio no prueba que el golpe de cabeza cause demencia. Prueba que hay un mecanismo físico que ocurre antes de lo que creíamos y que varía hasta 55 veces según el balón. Las dos preguntas son distintas, y confundirlas es el error que el papel evita cometer.

    El evento que nadie había medido

    Durante décadas, la evaluación del riesgo de los cabezazos ha descansado sobre la aceleración craneal: a más g en el impacto, más riesgo asumido. El trabajo de Phillips y sus colegas introduce un evento anterior que ese sistema no capturaba, porque ocurre antes de que la aceleración empiece. Si la onda de presión es el mecanismo lesivo relevante, las escalas que han regulado los golpes de cabeza en el fútbol juvenil en Inglaterra o que han servido para diseñar equipamiento de protección estaban midiendo el evento equivocado. La biología del pájaro carpintero, que encaja impactos de hasta 1.200 g sin daño cerebral gracias a adaptaciones específicas en su cráneo, lleva décadas siendo estudiada con exactamente ese fin: entender cómo amortiguar la energía antes de que llegue al tejido nervioso. El fútbol, que no tiene esas adaptaciones biológicas, acaba de descubrir que el problema empieza antes de donde lo buscaba.

    La pregunta técnica que queda abierta es qué propiedad concreta de la construcción de un balón determina la magnitud de esa onda, y si existe un diseño que la reduzca sin comprometer el rendimiento de juego. Esa respuesta, que el estudio abre sin cerrar, determina si el fútbol tiene en el diseño de sus balones una palanca de seguridad que lleva décadas sin usar.

  • Siempre se culpó al cerebro de que el 90% seamos diestros, pero Oxford acaba de encontrar la causa en otro lugar

    Siempre se culpó al cerebro de que el 90% seamos diestros, pero Oxford acaba de encontrar la causa en otro lugar

    El dato no deja margen: el 90% de los seres humanos prefiere la mano derecha, en todas las culturas documentadas y a lo largo de toda la historia registrada. Ninguna otra especie muestra nada parecido a escala poblacional. El equipo de Thomas Püschel, investigador del Institute of Human Sciences de la Universidad de Oxford, junto a Rachel Hurwitz y Chris Venditti, de la Universidad de Reading, ha publicado en PLOS Biology el análisis comparativo más amplio realizado hasta la fecha sobre la preferencia manual en primates: 2.025 individuos de 41 especies, con métodos filogenéticos bayesianos. La respuesta que encuentran obliga a mirar más abajo del cerebro.

    La intuición dominante era que la mano dominante tiene que ver con la asimetría cerebral: el hemisferio izquierdo controla el habla y también el lado derecho del cuerpo, y esa lateralización funcional se habría traducido en que casi toda la especie prefiere la derecha. Es una explicación parcialmente cierta, pero incompleta. Si el cerebro fuera el único motor, otros grandes simios con cerebros complejos mostrarían el mismo sesgo universal, y no lo muestran. Los chimpancés, los gorilas y los bonobos tienen preferencias individuales, pero a nivel de especie la distribución es mucho más equilibrada. Solo los humanos son todos, o casi, diestros.

    Ninguna otra especie de primate presenta un sesgo de mano tan universal. Que ese rasgo sea exclusivamente humano y que durante décadas no hayamos sabido explicarlo bien es, de por sí, uno de los grandes enigmas de la biología.

    La explicación que nunca cuadró del todo

    Para desmontar la explicación incompleta, Püschel y su equipo separaron dos cosas que habitualmente se mezclan: la intensidad de la preferencia y su dirección. ¿Qué tan marcada es esa preferencia a nivel de especie? ¿Y hacia qué lado se inclina? Son dos preguntas distintas y, según el análisis, tienen respuestas evolutivas distintas. Midieron la intensidad con el Mean Absolute Handedness Index y la dirección con el Mean Handedness Index, y para cada una buscaron qué rasgo anatómico o conductual de las 41 especies era el predictor más potente.

    La asimetría cerebral, medida a través del volumen endocraneano, resultó ser el factor que mejor explica la dirección: por qué el sesgo tiende hacia la derecha y no hacia la izquierda. Pero para explicar la intensidad, el predictor más potente no era el cerebro. Era el índice intermembral, la proporción entre la longitud de los brazos y la de las piernas, un indicador directo de la postura locomotora del animal.

    Primero caminar, luego elegir

    En los primates cuadrúpedos, los miembros anteriores participan en el desplazamiento y soportan parte del peso corporal. Eso genera una presión de uso sobre ambas manos que tiende a equilibrar la preferencia. Cuando el linaje humano adoptó el bipedismo, las manos quedaron liberadas de la locomoción por completo, disponibles para tareas manipulativas con una especialización que ningún cuadrúpedo puede permitirse. Esa liberación creó una presión selectiva inédita en cualquier otro linaje de primates, disparando la intensidad del sesgo hasta los niveles que hoy observamos en los humanos. “Caminar erguido llegó primero, liberando las manos del trabajo de la locomoción”, explica Püschel.

    Caminar erguido fue lo que hizo posible que la mano derecha importara tanto. El cerebro, después, eligió el lado; pero primero tuvo que haber algo que convirtiera esa elección en algo con consecuencias reales para la supervivencia.

    El mecanismo, dicho de otro modo, no fue uno sino dos, en serie. Caminar erguido encendió la intensidad: hizo que el sesgo fuera fuerte. La encefalización, que vino después en la historia evolutiva del linaje Homo, fijó la dirección: hizo que ese sesgo fuerte apuntara hacia la derecha. Sin la liberación locomotora previa, la presión cerebral hacia el hemisferio izquierdo no habría tenido sobre qué actuar con tanta fuerza. Los dos factores son necesarios; ninguno es suficiente por sí solo.

    Árbol filogenético de máxima credibilidad de los 41 primates antropoides analizados en el estudio, con los rasgos codificados por color de menor a mayor valor. Entre las variables representadas: índice de preferencia manual (MHI), índice absoluto de preferencia (MABSHI), volumen endocraneano, índice intermembral, uso de herramientas y sistema social, entre otros. Los grupos Cercopithecoidea, Hominoidea y Platyrrhini aparecen diferenciados por silueta y color. Figura: Püschel et al. / PLOS Biology (CC BY 4.0).
    Árbol filogenético de máxima credibilidad de los 41 primates antropoides analizados en el estudio, con los rasgos codificados por color de menor a mayor valor. Entre las variables representadas: índice de preferencia manual (MHI), índice absoluto de preferencia (MABSHI), volumen endocraneano, índice intermembral, uso de herramientas y sistema social, entre otros. Los grupos Cercopithecoidea, Hominoidea y Platyrrhini aparecen diferenciados por silueta y color. Figura: Püschel et al. / PLOS Biology (CC BY 4.0).

    El hobbit como prueba

    El modelo tiene una validación imprevista: Homo floresiensis, la especie de reducido volumen craneal conocida popularmente como “el hobbit”. Los zurdos representan alrededor del 10% de la población humana en cualquier cultura del mundo, pero el sesgo diestro dominante está bien documentado desde el Paleolítico. Homo floresiensis, sin embargo, con su cerebro considerablemente más pequeño, muestra una preferencia diestra mucho más débil, exactamente lo que el modelo predice: menos encefalización, menos presión hacia la dirección derecha. No es una excepción al modelo; es su confirmación más limpia.

    Homo floresiensis tenía menos cerebro y también menos sesgo diestro. No es una rareza al margen de la explicación, sino el caso de control que cualquier modelo evolutivo querría tener.

    ¡Ojo! El estudio es comparativo y filogenético, no experimental. El equipo ha encontrado el modelo más parsimónico para dar cuenta de los datos de 41 especies, pero no puede reconstruir en el laboratorio la secuencia exacta de lo ocurrido en el Plioceno. La correlación entre bipedismo, encefalización y preferencia manual es estadísticamente robusta. La cadena causal completa sigue siendo la mejor inferencia disponible, no una demostración directa.

    La pregunta que sigue abierta

    Lo que el estudio no responde del todo es cuándo, exactamente dentro del linaje Homo, se consolidó el sesgo diestro en la forma que hoy conocemos. Las herramientas de piedra fabricadas hace entre uno y dos millones de años guardan marcas del ángulo de golpeo y del filo preferido que permiten inferir qué mano las hizo. Rastrear ese sesgo en el registro arqueológico y cruzarlo con el volumen craneal de los homínidos que fabricaron cada pieza es la siguiente etapa del puzle. Los primates no dejan notas. Pero sus herramientas, a veces, sí.

  • Un alimento cambió el ADN de los indígenas andinos hace 10.000 años y les dio un sorprendente “superpoder” digestivo

    Un alimento cambió el ADN de los indígenas andinos hace 10.000 años y les dio un sorprendente “superpoder” digestivo

    Hay alimentos que cambian la historia. Y otros que, además, parecen haber cambiado el propio cuerpo humano. Eso es lo que sugiere una investigación internacional que acaba de revelar un fenómeno genético extraordinario en poblaciones indígenas de los Andes peruanos: sus descendientes actuales poseen el mayor número conocido en el mundo de copias de un gen relacionado con la digestión del almidón.

    El hallazgo, publicado en Nature Communications, no solo conecta genética y alimentación de una manera sorprendente. También abre una ventana fascinante a cómo las antiguas costumbres culinarias pudieron dejar huellas permanentes en nuestro ADN miles de años antes de la llegada de la escritura, las ciudades o incluso los imperios andinos.

    La investigación, tal y como ha revelado el equipo liderado por la Universidad de California en Los Ángeles (UCLA) y la Universidad de Buffalo, analizó el ADN de más de 3.700 personas pertenecientes a 85 poblaciones de América, Europa, Asia y África. Entre ellas había comunidades indígenas quechuas de Perú, habitantes históricos de las alturas andinas donde el aire escasea y donde la agricultura obligó a desarrollar soluciones extremas para sobrevivir.

    Los científicos ya sabían que las poblaciones andinas presentaban adaptaciones relacionadas con la altitud, como una mejor respuesta a la falta de oxígeno. Sin embargo, esta vez el foco no estaba en los pulmones ni en la sangre, sino en algo mucho más cotidiano: la saliva.

    Una señal escondida en la boca

    Todo gira alrededor del gen AMY1, responsable de producir amilasa salival, una enzima que empieza a descomponer el almidón mientras todavía masticamos. Cuantas más copias de este gen tiene una persona, mayor suele ser la producción de esa enzima.

    En la mayoría de poblaciones humanas actuales, el número de copias varía enormemente. Hay individuos con apenas dos y otros que superan la decena. Pero lo que llamó la atención de los investigadores fue que los indígenas andinos modernos presentaban cifras excepcionalmente altas.

    Los datos mostraron que muchos habitantes de origen quechua en Perú poseen alrededor de 10 copias del gen AMY1, una cifra que supera entre dos y cuatro copias a la media observada en la mayoría de poblaciones analizadas. Según el estudio, ninguna otra comunidad estudiada alcanza niveles tan elevados de forma sistemática.

    Un agricultor sostiene un alimento tradicional en Perú
    Un agricultor sostiene un alimento tradicional en Perú. Un estudio de UCLA y la Universidad de Buffalo ha revelado que los indígenas andinos poseen la mayor cantidad conocida de genes vinculados a la digestión del almidón. Foto: Universidad de Buffalo

    El fenómeno intrigaba especialmente porque otras poblaciones americanas con un origen ancestral similar no mostraban la misma característica genética. El contraste más llamativo apareció al comparar a los quechuas peruanos con comunidades mayas de México. Ambos grupos comparten parte de su historia evolutiva en América, pero los mayas presentan una media mucho menor de copias del gen.

    Aquello obligaba a buscar una explicación más profunda.

    Los científicos creen que esta adaptación genética comenzó a expandirse justo cuando las poblaciones andinas empezaron a cultivar este alimento en las alturas hace entre 6.000 y 10.000 años.

    La pista que llevaba hasta la patata

    La clave apareció al cruzar genética, arqueología y cronología. Tal y como indica el trabajo científico, el incremento de estas variantes genéticas coincide con el periodo en el que las poblaciones andinas comenzaron a domesticar uno de los alimentos más importantes de la historia humana: la patata.

    Los Andes fueron el primer lugar del planeta donde este tubérculo empezó a cultivarse de forma sistemática hace entre 6.000 y 10.000 años. Mucho antes de llegar a Europa o convertirse en la base de platos universales, la patata ya era esencial para sobrevivir en las montañas sudamericanas.

    En esas altitudes extremas, donde cultivar cereales resultaba complicado, la patata ofrecía una fuente estable de calorías y almidón. Y ahí es donde la evolución parece haber actuado.

    Los investigadores descubrieron señales muy claras de selección natural positiva sobre las variantes asociadas a un mayor número de copias del AMY1. En otras palabras: las personas capaces de digerir mejor el almidón habrían tenido más probabilidades de sobrevivir y dejar descendencia.

    El estudio calcula incluso que quienes poseían estas variantes disfrutaron de una ventaja reproductiva o de supervivencia cercana al 1,24% por generación. Puede parecer poco, pero sostenido durante miles de años basta para transformar el perfil genético de toda una población.

    La evolución no crea desde cero

    Uno de los aspectos más interesantes del trabajo es que desmonta una idea muy extendida sobre la evolución humana. Los científicos explican que los antiguos habitantes andinos no “desarrollaron” nuevas copias del gen al empezar a comer patatas. Las variantes ya existían previamente dentro de la población.

    Lo que ocurrió fue algo mucho más lento y silencioso. Aquellos individuos con más copias del AMY1 probablemente procesaban mejor dietas ricas en almidón y terminaron dejando más descendientes. Con el tiempo, esas variantes se volvieron cada vez más frecuentes.

    Para demostrarlo, el equipo utilizó tecnologías de secuenciación genética ultralarga capaces de reconstruir regiones extremadamente complejas del ADN humano. Gracias a ello pudieron descartar que el fenómeno fuese simplemente consecuencia del colapso demográfico sufrido por los pueblos indígenas tras la llegada europea en el siglo XV.

    Ese punto era esencial. Las epidemias, guerras y hambrunas posteriores a la colonización redujeron drásticamente la diversidad genética americana. Los investigadores querían saber si la desaparición aleatoria de ciertos linajes podía explicar las diferencias actuales. Pero los análisis mostraron que la expansión de las variantes asociadas al AMY1 era muchísimo más antigua y ya estaba consolidada miles de años antes del contacto europeo.

    Vista de la cordillera de los Andes cerca de Huamachuco, en el norte de Perú, una de las regiones históricas de las tierras altas andinas
    Vista de la cordillera de los Andes cerca de Huamachuco, en el norte de Perú, una de las regiones históricas de las tierras altas andinas. Foto: David Baggins

    Según el trabajo publicado en Nature Communications, quienes tenían más copias del gen habrían disfrutado de una ventaja evolutiva durante generaciones.

    Lo que podría significar para el futuro

    Más allá de la curiosidad histórica, el hallazgo plantea preguntas sorprendentes sobre el presente. Si la alimentación fue capaz de moldear el genoma humano en apenas unos milenios, ¿qué efectos podrían tener las dietas modernas globalizadas?

    Los propios autores sugieren que en el futuro podrían diseñarse recomendaciones nutricionales personalizadas según la genética de cada individuo. No todas las personas metabolizan igual los alimentos ricos en almidón, y genes como AMY1 podrían ayudar a entender mejor por qué algunas dietas funcionan de manera distinta según la población.

    La investigación también desmonta parcialmente la idea de que el cuerpo humano sigue “anclado” al Paleolítico. Tal y como ha adelantado el equipo científico, nuestra biología sí ha seguido evolucionando con la agricultura y con los cambios alimentarios recientes.

    Y quizá ahí reside la parte más fascinante del descubrimiento: mientras las antiguas comunidades andinas cultivaban patatas en las montañas sin sospecharlo, la selección natural estaba transformando silenciosamente su organismo generación tras generación. Incluso antes de que existieran las patatas fritas, la evolución ya estaba escribiendo su historia dentro de la boca humana.

  • Descubren que los indígenas andinos tienen un “superpoder” digestivo: este alimento cambió su ADN hace 10.000 años

    Descubren que los indígenas andinos tienen un “superpoder” digestivo: este alimento cambió su ADN hace 10.000 años

    Hay alimentos que cambian la historia. Y otros que, además, parecen haber cambiado el propio cuerpo humano. Eso es lo que sugiere una investigación internacional que acaba de revelar un fenómeno genético extraordinario en poblaciones indígenas de los Andes peruanos: sus descendientes actuales poseen el mayor número conocido en el mundo de copias de un gen relacionado con la digestión del almidón.

    El hallazgo, publicado en Nature Communications, no solo conecta genética y alimentación de una manera sorprendente. También abre una ventana fascinante a cómo las antiguas costumbres culinarias pudieron dejar huellas permanentes en nuestro ADN miles de años antes de la llegada de la escritura, las ciudades o incluso los imperios andinos.

    La investigación, tal y como ha revelado el equipo liderado por la Universidad de California en Los Ángeles (UCLA) y la Universidad de Buffalo, analizó el ADN de más de 3.700 personas pertenecientes a 85 poblaciones de América, Europa, Asia y África. Entre ellas había comunidades indígenas quechuas de Perú, habitantes históricos de las alturas andinas donde el aire escasea y donde la agricultura obligó a desarrollar soluciones extremas para sobrevivir.

    Los científicos ya sabían que las poblaciones andinas presentaban adaptaciones relacionadas con la altitud, como una mejor respuesta a la falta de oxígeno. Sin embargo, esta vez el foco no estaba en los pulmones ni en la sangre, sino en algo mucho más cotidiano: la saliva.

    Una señal escondida en la boca

    Todo gira alrededor del gen AMY1, responsable de producir amilasa salival, una enzima que empieza a descomponer el almidón mientras todavía masticamos. Cuantas más copias de este gen tiene una persona, mayor suele ser la producción de esa enzima.

    En la mayoría de poblaciones humanas actuales, el número de copias varía enormemente. Hay individuos con apenas dos y otros que superan la decena. Pero lo que llamó la atención de los investigadores fue que los indígenas andinos modernos presentaban cifras excepcionalmente altas.

    Los datos mostraron que muchos habitantes de origen quechua en Perú poseen alrededor de 10 copias del gen AMY1, una cifra que supera entre dos y cuatro copias a la media observada en la mayoría de poblaciones analizadas. Según el estudio, ninguna otra comunidad estudiada alcanza niveles tan elevados de forma sistemática.

    Un agricultor sostiene un alimento tradicional en Perú
    Un agricultor sostiene un alimento tradicional en Perú. Un estudio de UCLA y la Universidad de Buffalo ha revelado que los indígenas andinos poseen la mayor cantidad conocida de genes vinculados a la digestión del almidón. Foto: Universidad de Buffalo

    El fenómeno intrigaba especialmente porque otras poblaciones americanas con un origen ancestral similar no mostraban la misma característica genética. El contraste más llamativo apareció al comparar a los quechuas peruanos con comunidades mayas de México. Ambos grupos comparten parte de su historia evolutiva en América, pero los mayas presentan una media mucho menor de copias del gen.

    Aquello obligaba a buscar una explicación más profunda.

    Los científicos creen que esta adaptación genética comenzó a expandirse justo cuando las poblaciones andinas empezaron a cultivar este alimento en las alturas hace entre 6.000 y 10.000 años.

    La pista que llevaba hasta la patata

    La clave apareció al cruzar genética, arqueología y cronología. Tal y como indica el trabajo científico, el incremento de estas variantes genéticas coincide con el periodo en el que las poblaciones andinas comenzaron a domesticar uno de los alimentos más importantes de la historia humana: la patata.

    Los Andes fueron el primer lugar del planeta donde este tubérculo empezó a cultivarse de forma sistemática hace entre 6.000 y 10.000 años. Mucho antes de llegar a Europa o convertirse en la base de platos universales, la patata ya era esencial para sobrevivir en las montañas sudamericanas.

    En esas altitudes extremas, donde cultivar cereales resultaba complicado, la patata ofrecía una fuente estable de calorías y almidón. Y ahí es donde la evolución parece haber actuado.

    Los investigadores descubrieron señales muy claras de selección natural positiva sobre las variantes asociadas a un mayor número de copias del AMY1. En otras palabras: las personas capaces de digerir mejor el almidón habrían tenido más probabilidades de sobrevivir y dejar descendencia.

    El estudio calcula incluso que quienes poseían estas variantes disfrutaron de una ventaja reproductiva o de supervivencia cercana al 1,24% por generación. Puede parecer poco, pero sostenido durante miles de años basta para transformar el perfil genético de toda una población.

    La evolución no crea desde cero

    Uno de los aspectos más interesantes del trabajo es que desmonta una idea muy extendida sobre la evolución humana. Los científicos explican que los antiguos habitantes andinos no “desarrollaron” nuevas copias del gen al empezar a comer patatas. Las variantes ya existían previamente dentro de la población.

    Lo que ocurrió fue algo mucho más lento y silencioso. Aquellos individuos con más copias del AMY1 probablemente procesaban mejor dietas ricas en almidón y terminaron dejando más descendientes. Con el tiempo, esas variantes se volvieron cada vez más frecuentes.

    Para demostrarlo, el equipo utilizó tecnologías de secuenciación genética ultralarga capaces de reconstruir regiones extremadamente complejas del ADN humano. Gracias a ello pudieron descartar que el fenómeno fuese simplemente consecuencia del colapso demográfico sufrido por los pueblos indígenas tras la llegada europea en el siglo XV.

    Ese punto era esencial. Las epidemias, guerras y hambrunas posteriores a la colonización redujeron drásticamente la diversidad genética americana. Los investigadores querían saber si la desaparición aleatoria de ciertos linajes podía explicar las diferencias actuales. Pero los análisis mostraron que la expansión de las variantes asociadas al AMY1 era muchísimo más antigua y ya estaba consolidada miles de años antes del contacto europeo.

    Vista de la cordillera de los Andes cerca de Huamachuco, en el norte de Perú, una de las regiones históricas de las tierras altas andinas
    Vista de la cordillera de los Andes cerca de Huamachuco, en el norte de Perú, una de las regiones históricas de las tierras altas andinas. Foto: David Baggins

    Según el trabajo publicado en Nature Communications, quienes tenían más copias del gen habrían disfrutado de una ventaja evolutiva durante generaciones.

    Lo que podría significar para el futuro

    Más allá de la curiosidad histórica, el hallazgo plantea preguntas sorprendentes sobre el presente. Si la alimentación fue capaz de moldear el genoma humano en apenas unos milenios, ¿qué efectos podrían tener las dietas modernas globalizadas?

    Los propios autores sugieren que en el futuro podrían diseñarse recomendaciones nutricionales personalizadas según la genética de cada individuo. No todas las personas metabolizan igual los alimentos ricos en almidón, y genes como AMY1 podrían ayudar a entender mejor por qué algunas dietas funcionan de manera distinta según la población.

    La investigación también desmonta parcialmente la idea de que el cuerpo humano sigue “anclado” al Paleolítico. Tal y como ha adelantado el equipo científico, nuestra biología sí ha seguido evolucionando con la agricultura y con los cambios alimentarios recientes.

    Y quizá ahí reside la parte más fascinante del descubrimiento: mientras las antiguas comunidades andinas cultivaban patatas en las montañas sin sospecharlo, la selección natural estaba transformando silenciosamente su organismo generación tras generación. Incluso antes de que existieran las patatas fritas, la evolución ya estaba escribiendo su historia dentro de la boca humana.

  • David Pastor Vico, filósofo: “No vivimos en relaciones justas, sino en relaciones posibles”

    David Pastor Vico, filósofo: “No vivimos en relaciones justas, sino en relaciones posibles”

    Todos, en mayor o en menor medida, hemos experimentado dolor en nuestra vida. Unos más y otros menos, pero como solo podemos experimentar plenamente el propio, por muy empáticos que nos creamos, nuestro punto de quiebre está en el máximo dolor que hemos vivido. Y ahora que ya estás mirando hacia dentro con una ceja levantada, olvídate de eso porque no vamos a hablar de ese tipo de dolor, vamos a hablar de ética; de lo que pasa entre nosotros.

    Hay un refrán mexicano que dice: “No soy monedita de oro, para caerle bien a todos” y tiene su gracia si lo piensas. ¿A quién no le cae bien una moneda de oro? Pero el refrán esconde algo más serio. Nuestro valor social no lo fijamos nosotros, lo hacen los otros. Estará, por tanto, en ellos la capacidad de tasarnos, de aceptarnos, de rechazarnos o, incluso, el de ignorarnos. La madre del cordero está cuando nuestras expectativas —lo que esperamos de los demás— no sucede. Ahí es donde duele.

    Y es que esa diferencia entre lo que esperamos y lo que ocurre no es baladí. Es una ruptura en la relación. Y es en ese quiebre, dentro del modo de relación de los animales humanos; en la ética, donde aparece lo que llamamos dolor social.

    Como ya hemos visto, las morales son el marco que usamos para establecer los límites necesarios de la convivencia, para minimizar la incertidumbre de una realidad contingente y una relación -la nuestra- compleja, de la que rara vez podemos obtener toda la información que quisiéramos.

    Y este entramado ético, cultural e íntimamente consuetudinario necesita, sí o sí, de la relación entre confianza y responsabilidad como pilar fundamental. Sí, también hemos hablado de esto antes, pero hoy hablamos de la letra pequeña de un contrato que no solemos leer nunca con atención.

    El dolor social nace en ese espacio incómodo entre lo que esperamos de los demás y lo que realmente recibimos
    El dolor social nace en ese espacio incómodo entre lo que esperamos de los demás y lo que realmente recibimos. Recreación artística. Foto: ChatGPT-4o/Christian Pérez

    Confiar es saber que el otro, o los otros, harán lo que tú esperas que hagan. Pero en ese “esperar” hay implícita una expectativa. No es gratuito que esperar y esperanza tengan la misma raíz etimológica. En latín sperare es el verbo esperar y sperantia, el participio de presente “lo que está esperando”, hoy el sustantivo “esperanza”. No es casualidad, no.

    Y frente a la confianza, e indisolublemente unida a ella, la responsabilidad. Que ya hemos definido como hacer aquello que los demás esperan que hagas. Esto es: responder a la esperanza que el otro deposita sobre ti. Pero, ¿y si esa esperanza no obtiene la respuesta esperada? ¿Y si no hay respuesta alguna? Ahí se abre la herida. Ese es el tema.

    El dolor social no aparece solo cuando alguien nos rechaza. También surge cuando descubrimos que la relación no era tan sólida como imaginábamos.

    Repito. Será ese desequilibrio, esa asimetría entre expectativa y respuesta, el que detone el malestar social. Y, como todo lo de esta botica, será cultural, sujeto a espacio y tiempo, y por tanto relativo. Y, además, una vez ya definido, puede tener distintas explicaciones.

    Sabemos que la respuesta a lo que el otro espera de nosotros se rige por las reglas del código moral que compartimos. Pero hay un matiz: la responsabilidad es social por definición (responde a los demás), mientras que la acción de responder es individual. Y es en este frente donde podemos chocar estrepitosamente. ¿Qué pasa realmente por la cabeza de los demás?

    Cuando entramos en un baño público a hacer uso de él, antes de salir nos lavamos y secamos las manos y más si hay más personas en el mismo baño… ¿y si no hay nadie? ¿y si nos podemos ahorrar el gesto de lavarnos porque nadie puede juzgarnos? Pues en esto hay de dos sopas: los que al leer estas palabras sienten asco ante la suciedad del gesto y los que tuercen la boca burlona… ¿qué has hecho tú?

    En realidad, me da igual lo que respondas. Porque en esa acción —o en esa omisión— está todo concentrado: no cuando te miran, ahí es fácil, sino cuando nadie puede exigirte nada. Ahí decides si respondes… o si rompes el contrato. ¿Respetas el semáforo bajo tu casa a las 3 de la madrugada? ¿Realmente puedes desgravarte esa factura de gasolina? … Y cada vez que lo rompes, aunque nadie lo vea, algo o alguien se resiente. Y eso —precisamente eso— es dolor social.

    También es cierto, estarás pensando ahora, que no todo dolor social nace del que falla. Puede surgir del que espera mal, ¿no? ¿Qué ocurre cuando quien confía se equivoca en su propia medida? ¿Cuando cree merecer una respuesta que los demás, sencillamente, no le deben? Porque no todo silencio es traición, ni toda ausencia es abandono. A veces, el dolor no está en que el otro falle… sino que quizá esperábamos más de lo que la relación podía dar.

    Y es que la maldita autoestima, ese valor subjetivo que nos otorgamos a nosotros mismos, no tiene por qué coincidir con la tasación que de nosotros han hecho los demás. Es más, muy raramente coincide porque el primero surge de azar, la costumbre y los aspectos propios de lo subjetivo, y el otro, el juicio social, de la experiencia objetiva, de lo que has hecho o dejado de hacer, de tus logros, tus fracasos o tu pasotismo.

    “Conócete a ti mismo” y, sabiendo en qué eres bueno, poder así ayudar a los demás nos recordaría Aristóteles, y en esto no hay autoestima, sino experiencia, razón y autoconfianza basada en hechos constatables.  Pero claro, ¿estamos dispuestos a este grado de exposición, de juicio?

    Toda relación ética lleva aparejada su dosis de dolor social, es imposible eludirla.

    Ser ignorados, rechazados o juzgados puede dejar heridas invisibles tan profundas como cualquier dolor físico
    Ser ignorados, rechazados o juzgados puede dejar heridas invisibles tan profundas como cualquier dolor físico. Recreación artística. Foto: ChatGPT-4o/Christian Pérez

    Pero que sea una constante no significa que sea irrelevante o relativa y por tanto obviable. Al contrario. La forma en que gestionamos ese dolor —cómo lo entendemos, cómo lo asumimos— es lo que define la calidad de nuestras relaciones y, en última instancia, la salud de nuestra vida en común. Porque no se trata de eliminar la expectativa —sin ella no hay vínculo—, sino de afinarla. Tampoco es menester exigir siempre una respuesta (eso es tiranía), ni desentenderse de lo que los otros esperan de nosotros (eso es irresponsabilidad).

    El problema no siempre está en quien falla: a veces está en las expectativas imposibles que construimos sobre los demás.

    La ética, en este sentido, no es un refugio cómodo, sino un espacio de tensión permanente. Entre lo que doy y lo que esperan de mí. Entre lo que espero y lo que el otro realmente pueda dar. Vivir en sociedad es aceptar ese desequilibrio como condición de posibilidad, no como error del sistema.

    Quizá por eso el dolor social resulte tan incómodo: porque no siempre señala al otro. A veces nos señala a nosotros. A nuestras expectativas infladas, a nuestras respuestas insuficientes, a nuestra incapacidad para ajustar bien el contrato que sostenemos con los demás. Y eso no se corrige con normas más estrictas ni con discursos más amables, sino con algo bastante menos popular: atención, criterio y responsabilidad.

    Porque al final, y aunque nos cueste reconocerlo, no vivimos en relaciones justas, sino en relaciones posibles. Y es ahí —en ese ajuste continuo, imperfecto y profundamente humano— donde se juega todo. También el dolor.

    No soy monedita de oro,
    Pa’ caerle bien a todos.
    Así nací y así soy.
    Si no me quieren, ni modo.

    Cuco Sánchez (1954)